LA IDENTIDAD DE GÉNERO DE PADRES Y MADRES DOCENTES. 

 

Celia Luévanos Aguirre*

 

La identidad de género se define como el proceso a través del cual se incorporan, cuestionan y/o manifiestan deseos, percepciones, valoraciones, actitudes y acciones respecto a los procesos y productos (económicos, políticos, sociales y culturales) de una sociedad dada, pertenecientes y -en contrapartida- excluyentes para el género femenino y para el masculino, o para las terceras clasificaciones.

En este trabajo se tratan las diferencias de género desde una perspectiva sociocultural enfocada a los procesos de socialización familiar y escolar a través de las historias de vida de padres y madres de familia que son docentes de educación primaria, lo cual los sitúa en un papel estratégico y protagonista en dichos procesos de socialización de niños, niñas y adolescentes. Esta perspectiva se centra en las valoraciones que los sujetos, las instituciones y las sociedades promueven, asumen, reproducen o transforman acerca de los procesos y productos sociales, específicamente en este caso, los que se refieren a la construcción de la identidad de género y a las relaciones entre ellos.

En este estudio de casos (siete mujeres y cinco hombres) —los cuales se caracterizan por ser pocos numéricamente, pero significativos por su posicionamiento social y por la profundidad en su análisis—, se toma en consideración sólo la visión de uno de los actores del proceso de socialización: padre o madre de familia y profesor o profesora de educación primaria; pero aun con esta limitación, resulta significativo su estudio, dado que tanto en la familia como en la escuela sostienen un papel fundamental con sus opiniones, actitudes, acciones y omisiones en torno a la construcción de la identidad de género. Proceso donde cada historia personal no es individual sino social y en cada estructura social objetiva se entrelazan múltiples subjetividades que la generaron.

 

 

El género en la familia y en la escuela

La identidad de género se incorpora y se manifiesta en las situaciones cotidianas familiares y escolares: tareas asignadas y asumidas donde sobresalen para la mujer las relacionadas con las labores domésticas y el cuidado de los hijos, y para los hombres las que suponen mayor esfuerzo físico, como arreglos mecánicos, reparaciones a la casa, así como las que se realizan fuera del hogar, por ejemplo pagos y provisiones. Sin embargo, también existen muchas actividades y ámbitos compartidos, como salir de compras, transportar a los hijos, y sobre todo realizar un trabajo remunerado.

Podemos afirmar que, por lo menos en los casos estudiados, es completamente asumido por mujeres y hombres la necesidad o conveniencia de que ambos trabajen, incluso en los casos en que ello no sucede se espera que en el futuro se realice. Asimismo, todos los hombres colaboran en mayor o menor medida en algunas de las labores domésticas y en el cuidado de los hijos, aun cuando las esposas no trabajen fuera del hogar.

Los integrantes de estas familias tienen sus principales y casi exclusivas relaciones sociales entre ellos mismos. El cónyuge y los hijos son el centro de las expectativas, deseos, frustraciones, desde los cuales se vive el presente y se proyecta el futuro; son casi inexistentes otros ámbitos y sujetos de interacción que pudiesen servir como catalizadores de los conflictos internos y externos de los padres-docentes. Cabe preguntarnos si como gremio magisterial pudiesen implementarse espacios de identificación personal y profesional, y aun de atención a casos especiales que demandan apoyo (la mayoría de los entrevistados, tanto hombres como mujeres, al ahondar en sus relaciones pensaron en esta posibilidad). Ello seguramente contribuiría a mejorar las relaciones familiares y escolares, particularmente respecto a la convivencia ínter-géneros.

Todos los hombres ingresaron al magisterio por su situación económica poco solvente, o como carrera intermedia para acceder a otra; ya en la práctica le encuentran aspectos positivos que les ha propiciado continuar en ella y tenerle aprecio, pero a la vez, y sobre todo a partir de sus estudios de licenciatura en educación, han sentido ese espacio muy importante en cuanto a su función pero muy limitado para desarrollar sus proyectos personales y profesionales.

En las mujeres también influye la situación económica, pero desde que ingresaron le ven varias ventajas, como tener más tiempo para el cuidado de los hijos, poder estar con ellos en la misma escuela, fines de semana, vacaciones, etc., contar con las licencias de maternidad, entre otras relacionadas con su familia.

En el hogar el hombre ayuda a la mujer; en el trabajo —ingreso económico— la mujer ayuda al hombre. La mayoría de las mujeres desean liberarse de cargas de trabajo para dedicarse más al hogar, mientras los hombres desean cambiar de trabajo para tener otro mejor remunerado y de mejor prestigio social.

Tanto en hombres como en mujeres sigue prevaleciendo la idea de que los juguetes, juegos y oficios más adecuados para el hombre son los que se relacionan más con una interacción con el mundo, y para las mujeres los que posibilitan más las relaciones humanas, por ejemplo enfermera, médica, trabajadora social, maestra, etc. En general, tanto a hombres como a mujeres no les gusta la idea de que sus hijos e hijas fuesen profesores de educación básica la consideran una profesión noble pero con pocas posibilidades de ascenso socioeconómico.

Respecto a la educación sexual, todos han hablado con sus hijos y alumnos sobre estos temas, a diferencia de sus familias de origen y de sus tiempos de estudiantes, pero consideran que la libertad sexual no es adecuada para las mujeres; un elemento de cambio significativo es que tampoco la consideran deseable en el hombre.

En varios casos de las mujeres maestras, el esposo casi no aporta al ingreso familiar, incluso a veces es agresivo con la familia; sin embargo, ellas expresan que no se quieren separar de él porque les da mucha tristeza que sus hijos no tengan padre. La figura paterna es muy valorada por ambos.

En su desempeño profesional todos aseguran no hacer diferenciaciones en el trato a niñas y niños; apenas reconocen que debe haber ciertas diferencias en las actividades deportivas donde las más fuertes y agresivas son propias de los hombres. Sin embargo, tanto en estudios enfocados al análisis de los textos escolares como en los etnográficos que evidencian las prácticas cotidianas de la escuela, se han documentado marcadas distinciones de género en los procesos educativos tanto de enseñanza-aprendizaje como de interacción social.

La situación socioeconómica de las últimas décadas ha propiciado numerosos cambios en las dinámicas familiares y escolares, y en las concepciones que sobre el género se tenían tradicionalmente, al requerirse que la mujer trabaje y perciba la necesidad de superarse para acceder a puestos mejores. Ello ha generado asimismo que las tareas domésticas también sean compartidas por ambos géneros, por lo menos en estos casos analizados.

De la misma manera, en términos generales las decisiones respecto a permisos, compras, salidas, educación de los hijos, son compartidas, aunque sigue prevaleciendo la idea y las prácticas de que las actividades públicas son más propias para el hombre y las privadas (dentro del hogar) para la mujer. Uno de los aspectos que conserva la casi exclusividad masculina son los puestos de representación política, respecto a los cuales ambos géneros consideran que en nuestro contexto es muy difícil cambiar esta situación, aun cuando en el magisterio la mayoría de trabajadores son mujeres.

 

 

El género como factor y producto social

En las historias de vida de estos profesores y profesoras podemos destacar algunos factores que han intervenido en la conformación de su identidad de género, identidad que no se ha construido en ninguno de los casos exenta de creencias, conflictos, contradicciones y deseos, dado que por una parte su pasado familiar los impregnó de estereotipos tradicionales respecto al género, y por otra, los movimientos ideológicos y sociales en favor de la reivindicación de la mujer por la igualdad de derechos, así como las necesidades socioeconómicas para su participación activa en el ámbito público los han llevado a replantearse sus convicciones anteriores.

Aunado a ello, esta nueva situación implica asimismo reacomodos en el ámbito del hogar; la mujer se sobrecarga de responsabilidades, pero también de una revalorización de su persona, y así su vida cotidiana oscila entre el cansancio, el resentimiento, el enojo, los reclamos, el ejercicio de otra clase de poder, el anhelo de preservar la estructura familiar y la armonía en el hogar. Su pareja no se queda al margen de estas situaciones, sino al contrario, forma parte de ellas; entonces también él oscila entre el coraje, la violencia, el ejercicio de poder, la compasión, la culpabilidad y, asimismo, el anhelo de preservar la estructura familiar y la armonía del hogar.

Este anhelo común, centrado fundamentalmente por lo menos de manera explícita en los hijos, va generando la necesidad de reconsiderar actitudes y acciones que posibiliten llegar a un entendimiento, o por lo menos a una tolerancia de la situación, que supone el reacomodo no sólo de sus roles y funciones dentro de la familia y fuera de ella, sino también de la toma de decisiones respecto a los hijos, el dinero, las opiniones y las relaciones entre todos.

Es importante considerar que estamos hablando de casos donde normalmente trabajan ambos cónyuges, donde los dos o por lo menos un miembro de la pareja tienen estudios de licenciatura, y también por lo menos uno de ellos es docente en servicio, factores que seguramente intervienen para que su vida cotidiana presente aspectos significativos de transición respecto a la postura tradicional de relación entre géneros.

Transición que en algunos ámbitos socioculturales aún es incipiente, o en otros muy alejada de una realidad donde se ejercen prácticas autoritarias y aun la violencia hacia la mujer y los hijos. Y no se diga en otros países donde el hecho de ser mujer conlleva un desprecio en sí mismo, llegando a prácticas instituidas tan crueles que nos es imposible comprenderlas.

Así pues, la lógica de construcción de la identidad de género ha supuesto un código valoral en constante cambio: un pasado que valora lo público para el hombre y lo privado para la mujer y la situación económica pobre como parte de lo que se tiene que sufrir en la familia, pero también una apertura a que por lo menos sus hijos se preparen, el hombre para que tenga un trabajo menos pesado y mejor remunerado, y la mujer para que sepa valerse por sí misma si no se casa o si el esposo no cubre las expectativas.

Un presente que cuestiona y transforma las fronteras entre lo público y lo privado, y que valora positivamente la participación de la mujer en el ámbito laboral y la del hombre en el hogar, así como una situación económica en ascenso en relación con la pasada, y la convicción de mejorarla.

Y una visión futura, por lo menos para los hijos y las hijas, de romper las barreras de la diferencia encaminada a la sumisión de unas y a la agresión de otros, de la convicción de igualdad de potencialidades y capacidades, por tanto de oportunidades, para ambos sexos, y de una situación socioeconómica y profesional por lo menos media alta.

Los valores que en torno al género sostienen las actitudes, opiniones y acciones de los docentes se nutren de sus procesos de socialización primaria: la relación entre sus padres caracterizada por pocas muestras de afecto, proveedor el padre y cuidadora de la familia la madre (la madre en muchas ocasiones o períodos de tiempo trabaja fuera de su hogar, pero en el de otras personas, y aporta dinero, pero esto se menciona sin explícitar sus implicaciones económicas o de autoridad, sólo como una responsabilidad más de la madre, relacionada con el descuido de sus labores domésticas o con la sobrecarga de este tipo de trabajo.

Asimismo, el acceder a estudios profesionales aun en una carrera considerada modesta, el mejorar sus ingresos económicos y al mismo tiempo ampliar sus necesidades de consumo tanto materiales como culturales, el desarrollarse en un contexto de fuertes presiones sociales por cambiar la perspectiva de roles, aun cuando básicamente el de la mujer, y el proyectar para sus hijos e hijas una igualdad de derechos y responsabilidades, les ha propiciado construir una identidad de género mucho más compleja, conflictiva y dinámica que las de sus padres o las de ellos mismos en su historia pasada. Situación que se caracteriza por la "potencialidad" para la transición, para modificar el orden de las cosas, para diluir las clasificaciones.

Se puede afirmar que la complejización de factores, las necesidades de sobrevivencia y los cambios acelerados que viven el mundo y nuestro país, resultado de la llamada modernización, se manifiesta en y se nutre de las contradicciones y modificaciones vividas en los ámbitos más cotidianos de cada sujeto, pareja, familia e institución.

Resulta significativo que, si bien las mujeres estudiaron por si no se casaban o para mantener el hogar si el esposo fallaba o fallecía, y ya casadas continuaron trabajando principalmente por la necesidad económica, con el tiempo han logrado construir una perspectiva de su trabajo mucho más amplia y dinámica: fuente de ingreso económico pero también de autonomía, de poder, de satisfacciones profesionales, de convivencia social, de autoestima, de enriquecimiento materno, de oportunidades, de seguridades, de conflictos y de responsabilidades ; una liberación forzada que se va convirtiendo en una liberación real, haciendo de la necesidad virtud y de los límites posibilidades.

Enmedio de esta confusión pero también de esta riqueza personal y social, mujeres y hombres van construyendo una nueva identidad, cargada de conflictos pero sobre todo de potencialidades para un desarrollo más integral, más equilibrado, entre las cualidades consideradas tradicionalmente masculinas: fortaleza, osadía, apoyo, y las consideradas femeninas: paciencia, ternura, conciliación; y entre los ámbitos público y privado, con la convicción de que todos necesitan de ambas en una relación de corresponsabilidad.

Esta nueva postura de potencialidad tiene los elementos necesarios para acceder a una etapa de transición, la cual implica conflictos y, en un momento dado, crisis, que posteriormente posibilitarán la transformación hacia un nuevo equilibrio, el cual puede caracterizarse por un reacomodo de roles en algunas parejas, o en una resignificación de los roles ya desempeñados en otras más, dado que, es importante resaltarlo, en ésta como en todas las interacciones sociales no hay recetas a seguir ni lineamientos que funcionen para todos: en cada situación social y aun con patrones históricos, socioeconómicos y culturales semejantes, cada actor social, y en este caso cada pareja o familia, tendrá sus propias estrategias de incorporación y de innovación.

En las historias de vida, los aspectos sobre la identidad de género que tienden a la transformación se asumen como tales siempre y cuando no se descuiden, o peor, se olviden, las cualidades que han caracterizado en nuestra sociedad la imagen de un hombre/esposo/padre/maestro ideal y de una mujer/esposa/madre/maestra ideal. El salirse de esos ideales sí que conlleva conflictos y hasta crisis en la familia.

 

 

Los cautiverios del género

Retomo el concepto de cautiverio para ejemplificar que las mujeres, efectivamente los tienen, pero también los hombres, y que estas situaciones, en su vida cotidiana, tienen presencia y sentido en la medida que son cautiverios compartidos entre mujeres y hombres, a través de relaciones de omisión, acción o aceptación.

Esto significa una complementariedad de cautiverios, pues mientras la mujer es cautiva de las labores domésticas, el hombre lo es de las labores públicas; mientras que la mujer de la sumisión, el hombre de la agresión; la mujer del cuidado de los hijos, el hombre de la soledad; la mujer del acoso sexual, el hombre de demostrar su virilidad; la mujer de ser fiel sexualmente, el hombre de no negarse a la sexualidad; la mujer de mostrar su sentimentalismo, el hombre de esconderlo; la mujer de su apariencia, el hombre de poseer esa apariencia; y así sucesivamente, pues las relaciones entre géneros de acuerdo a las clasificaciones tradicionales se complementan mutuamente.

El que existan cautiverios para ambos no excluye la necesidad del análisis interno de éstos: sus niveles y matices, sus implicaciones en la vida cotidiana del ser humano y sus posibilidades de transformación. Por ejemplo, no significa lo mismo, para fines prácticos, vivir el cautiverio de la sumisión y el temor que el de la agresión, o sufrir acoso sexual que ejercerlo, o no tener libertad de decisión (aun en cuestiones muy personales) que "tener que" decidir todo.

Se entiende como fines prácticos el hecho de vivir de manera cotidiana y necesariamente con estas limitaciones, porque en una perspectiva del desarrollo humano se puede concebir al agresor o al que limita y somete a otros como una persona con más carencias y con un proyecto de vida más esclavizado, aunque la mayoría de las veces no tenga conciencia de ello.

Curiosamente, uno de los cautiverios tradicionales masculinos y que pudiese considerarse realmente agobiante para el hombre : ser el proveedor de la familia, es uno de los que manifiesta transformaciones decisivas, si no en las opiniones o en el deber ser, sí en las prácticas, al grado de que, como ya se observó, en muchas familias esta responsabilidad la mujer cada vez más la asume.

Otra cosa sería hablar de relaciones alternativas, basadas en el respeto a sí mismo, al otro y a las diferencias, el intercambio de roles y no el de cautiverios, y sobre todo el fomento en ambos de las cualidades femeninas y masculinas, que en última instancia, simplemente serían valores humanos. De esta manera, la identidad de género es una construcción no acabada, pues así como se nutre de valores tradicionales y de situaciones consumadas muy persistentes, también lo hace de acontecimientos nuevos y de valoraciones inéditas; por ello, como sociedad, no deberíamos adelantar ideales para uno u otro género, pues estaríamos de nuevo haciendo clasificaciones y diferenciaciones que, con el tiempo o para ciertas personas, resultaran un habitus limitante o un cautiverio social.

Como sociedad y como actores sociales, lo que correspondería respecto al hombre, a la mujer y a esas terceras identidades (que son una realidad), sería fomentar en todos los valores que implican la convivencia, la tolerancia, el amor, la corresponsabilidad, la capacidad de reconocer las circunstancias, dónde estás y hacia dónde quieres llegar, y la valentía de avanzar.

Las normas y valores que sostienen la identidad de género producen aislamientos entre categorías que van propiciando una concepción del mundo donde lo cultural se ve como natural: ternura-mujer, fortaleza-hombre; lo contingente como necesario: ámbito privado-mujer, ámbito público-hombre; lo pasado como presente: autoritarismo-hombre, sumisión-mujer; y lo presente como futuro: apoyo emocional-mujer, apoyo material-hombre. Percepción que generalmente va asociada a valoraciones que destacan los rasgos de poder, fortaleza y adición para los hombres, y de sumisión, debilidad y sustracción para las mujeres; y que muchas veces hace perder la perspectiva de praxis: la potencialidad para mover, entrelazar, eliminar, sumar e integrar esas o nuevas categorías al pensar, sentir, actuar y proyectar.

 

 

El género en el tiempo

En sus relatos, el eje temporal del discurso de los padres y madres docentes respecto a su concepción de género podría definirse así:

Como vemos, las perspectivas futuras tienden a coincidir en ambos géneros, las barreras se van diluyendo. Entre los cautiverios compartidos por el hombre, la mujer y la sociedad, y el futuro deseable por y para todos ellos, hay un camino de transición, de conflicto, de crisis quizás, pero también de enriquecimiento mutuo, de oportunidad para crear y resignificar, de potencialidad para transformar. En síntesis, de ejercitar la capacidad de conciliación y decisión, lo cual no es privativo de lo masculino, lo femenino o de terceras opciones, sino lo que nos debería caracterizar como seres humanos y sociales. Una utopía que dentro de los marcos del poder y de la situación actual se antoja subjetiva e idealista, pero que desde una perspectiva del desarrollo de la humanidad significa ver más allá, romper parámetros e intentar nuevos paradigmas de interpretación, ello como insumo indispensable en la construcción de nuevas realidades e identidades.

 

Nota

1. Este trabajo es producto de la tesis de Maestría en Sociología: "Identidad de género en los procesos socioculturales de la familia y la escuela. Historias de vida con padres y madres docentes de educación primaria".

U de G, 1997.

 


 

* Asesora de la Coordinación de Formación y Actualización de Docentes de la Secretaría de Educación Jalisco.


 

Artículo publicado en la revista Educar

Número 7 Género y Educación

http://www.jalisco.gob.mx/srias/educacion/consulta/educar/dirrseed.html