Signos . Teoria y práctica de la educación , 12  Página 3  Abril-Junio de 1994 ISSN 1131-8600

Editorial

 

Televisión y educación . Según datos del Consejo de Europa, los niños y las niñas de nuestro ámbito geopolítico pasan por término medio de veinticinco a treinta horas semanales ante el tótem doméstico por excelencia, ante el aula sin muros de la ventana electrónica  del televisor. O sea, tanto tiempo como permanecen sentados en sus pupitres en el aula con muros de escuela. Nadie ignora, además que las formas con que se presentan los mensajes televisivos  son, a los ojos de esos depredadores audiovisuales que habitan en las aulas, bastante más divertidas, fascinantes y por tanto eficaces que las formas con las que se trasmiten los contenidos educativos en nuestras escuelas e institutos. Las imágenes televisivas contienen, por su semejanza formal con las personas y objetos representados, el estatuto de lo obvio y de lo verdadero y crean en consecuencia en los espectadores la ilusión de lo real, un efecto de realidad ( esa realidad que se confunde con las imágenes que se construyen de la realidad) que a la postre actúa como eficacísimo recurso de manipulación ideológica.

Más allá de las estériles  actitudes apocalípticas de antaño ante los mensajes de la cultura de masas , tan combatidas hace ya tres décadas por Umberto Eco (quien, sin embargo, no ignoraba que "la cultura de masas en su mayor parte es producida por grupos de poder económico  con el fin de obtener beneficios y por grupos de poder político con finalidad de persuasión y dominio") conviene subrayar sin embargo nuestra indignación por el contenido de la mayoría de los programas televisivos emitidos en nuestro país en el horario destinado al segmento infantil y juvenil de la población. En efecto, si analizamos las cosas que se dicen y que se hacen en ese aluvión de concursos, teleseries, videoclips, culebrones, dibujos animados y anuncios publicitarios que consumen de un modo incansable e hipnótico esos teleniños que tenemos en las aulas de la escolaridad obligatoria, comprobaremos una vez más el abismo que se abre entre lo que ocurre en la vida de las aulas y lo que ocurre en la vida del televisor, entre los fines emancipatorios de la educación y las formas concretas mediante las cuales industrias culturales como la televisión instruyen de forma eficacísima a la infancia, a la adolescencia y a la juventud que acude de lunes a viernes a nuestros centros de enseñanza.

Quizá algunos justifiquen el descaro de los contenidos de la programación televisiva desde la lógica del sistema de mercado y del libre intercambio de las opiniones y de las mercancías. Otros por el contrario pensamos en que es hora de que se ponga coto a tales desmanes éticos y estéticos si es que deseamos de veras ir avanzando desde la educación en la construcción de una sociedad más libre, más justa y más solidaria.