EDITORIAL

¿Existe la sociedad de la información?

 

Nos complacemos cada vez más en las descripciones simplistas y la­pidarias de nuestro universo hu­mano. Parece como si ya no nos cupiera una mínima satisfacción mental sin alusión frecuente a la supuesta estructura, perfil y hasta esencia de la sociedad en la que vi­vimos. Así muchos creen que  pronunciar las expresiones “sociedad tecnológica avanzada”, “sociedad masa”, “sociedad posmoderna”, sociedad de la información” (entre otras varias) explica algo. Tal vez consigamos con ello alguna compensación emocional de urgencia ante la enmarañada complejidad con que nos enfrentamos, desprovistos como estamos cada vez más de explicaciones escatológicas y , sobre todo, del supuesto de que el mundo que vemos y en el que vivimos pertenece a un ámbito más amplio y misterioso, poblado de voluntades sobrenaturales.

Uno podría ser más caritativo y considerar que éstos y otros epítetos (así como los esquemas que tras ellos se agazapan) son fórmulas necesariamente sencillas, que se usan con la debida ironía, a sabiendas de sus limitaciones, y sólo para entendernos. Lo malo es que no es ése siempre el caso. Cada nueva definición o alusión atrae a un alud de entusiastas, muchos de los cuales, sin mayores deliberaciones, la elevan a la categoría de "modelo", cuando no a la de "paradigma". Lástima grande que tales modelos y paradigmas sean tan efímeros, tengan tan poca fuerza predictiva, y se desgasten y perezcan con tanta facilidad.

La última de estas expresiones es la de "sociedad de la información'. Como todas las que le precedieron, merece ser ponderada y sometida a examen, sobre todo precisamente por quienes indagan el conjunto de fenómeno cuya existencia justifica el nuevo epíteto y la reordenación del orden político, técnico, cultural y económico a que implícitamente alude. Y ello aún más si se considera que la expresión "sociedad de la información" ha conseguido desplazar en buena medida otras relativamente recientes ("sociedad posindustrial" es una de ellas) y ha contribuido a arrinconar aún más las que tuvieron su momento de gran popularidad, como lo fuera "sociedad capitalista avanzada'. De hecho, claro está, ninguna de ellas ha quedado descartada, con lo cual nos encontramos con un cúmulo creciente de nombres, cada uno de los cuales subraya ‑a veces en detrimento de los demás una faceta distinta de nuestro mundo.

Lo que hay que preguntarse, aparte de la dimensión puramente utilitaria y legítima de la expresión, es si su reciente popularidad entraña el surgimiento de una concepción dotada del bagaje intelectual y el alcance teórico nada desdeñable con que arribaron al pensamiento social moderno concepciones tales como la de la sociedad capitalista o la sociedad masa. Por lo pronto, y salvo que las cosas tomen otro rumbo, parece que no es así. La noción de "sociedad de la información" recoge con bastante desorden ciertas tradiciones teóricas interesantes que versan sobre la primacía contemporánea del conocimiento y su control técnico y político, así como sobre la capacidad de ciertos colectivos e instituciones por hacerlo suyo y generarlo según sus intereses e intenciones. No obstante, ocurre que ello aparezca mezclado con explicaciones fáciles y sensacionalistas (optimistas las unas, pesimistas las otras) sobre el alcance de las neotecnologías, sin que falten especulaciones a veces insensatas sobre un mundo futuro poblado de gentes que ya no serán como nosotros, por obra y gracia de la bioingeniería o por los todopoderosos condicionamientos del nuevo ambiente creado por la nueva panoplia tecnológica y su correspondiente subproducto, la tecnocultura. Todo esto es mucho suponer Implica ignorar realidades demográficas, de reparto de riqueza, geopolíticas y de otra varia índole que dejan fuera del ámbito de la ciencia ficción a la mayor parte de la humanidad. Entraña, además, pensar que las perennes pasiones y capacidades humanas van a doblegarse ante la "sociedad informatizada" como no lo han hecho ante ninguna otra. Si el homo oeconomicus es una abstracción improbable, apenas mejorada por el más refinado homo sociologicus, el homo informaticus, hoy por hoy, surge sólo en el reino de la más yerma candidez.

Mas todo esto no debe arredrar demasiado. Sabemos que la información podrá no serlo a menudo, o degenerar en desinformación. También que el tecnoconocimiento no es siempre conocimiento, y mucho menos saber si sabiduría. Por su parte la tecnocultura es sólo una faceta de la cultura humana general. Pero en su conjunto el haz de fenómenos que evoca la expresión "sociedad de la información" es de tal alcance que es necesario preguntarse si, bajo ese nombre u otro afín o sinónimo que surja, se está fraguando lo que tradicionalmente se solía llamar un modo de producción, un modo de dominación y un orden cultural distintos. Tengo para mí que es prematuro y además equívoco hablar de un "modo informático de producción', por ejemplo, o hasta, como hiciera un muy digno teórico de estas cosas, libre de toda veleidad radical, de una "clase de conocimiento" que dominaría a las demás, una ruling knowledge class. No lo es, en cambio, explorar el posible nacimiento del nuevo orden sin asumir desde el principio que el tecnocono­cimiento, la tecnocultura y la informática hayan de acaparar todos los resortes de la mudanza histórica y todos los de la es­tructuración social.

La fortuna que ha cabido a las más im­portantes concepciones generales de la sociedad moderna ‑su surgimento, auge y declive‑ aconseja prudencia en lo que se refiere al entendimiento del mundo que ahora alborea como sociedad de la información. Comprendámosla con la de­bida cautela como dimensión analítica­mente aislable de un mundo más intrinca­do, irreducible a ella. Ello significaría en­tender el haz de fenómenos que engloba ‑la telemática, la informática, la microe­lectrónica, la robótica, la inteligencia arti­ficial‑ como un candidato más, entre otros igualmente atractivos, a la definición de aquello que es esencial a las fases ve­nideras de la modernidad. El estudio de la interfaz entre la esfera del tecnoconoci­miento, la información y la tecnocultura, por un lado, y las demás esferas de la vida social ‑las estructuras de desigual­dad, la constitución del poder y la autori­dad, los movimientos sociales, y así sucesivamente‑ se libraría así de la obsesión con la exploración unilateral de los llama­dos efectos sociales de la tecnología y la información, como si éstos surgieran en el vacío y fueran una variable independien­te, un verdadero y literal deus ex machi­na. La indagación de los procesos contra­rios está por hacer.

Lo que sugiero tiene sus desventajas. Así el esfuerzo interdisciplinar que repre­senta combinar el análisis tradicional de la economía mundial con el de las redes de comunicación tecnológica en constan­te innovación, o el que acarrea desentra­ñar la interacción entre tecnocultura y movimientos religiosos e ideológicos (por poner sólo dos ejemplos) es considera­ble. No sólo requiere un conocimiento medianamente competente de saberes externos a la informática, la semiótica, las técnicas audiovisuales y demás discipli­nas, sino un respeto hacia su valía y un convencimiento del peso de otros facto­res en la creación de la realidad humana. Afortunadamente los especialistas más exigentes en los campos que constituyen las ciencias de la información muestran un descontento creciente ante una cierta vaciedad que las penetra en cuanto a cul­tura histórica, política y económica. La eu­foria con que algunos practicantes de la tecnología informática y sobre todo sus ideólogos nos anuncian el advenimiento de la sociedad de la información esconde apenas sus frecuentes carencias cultura­les. Lo que es peor, pone en peligro la calidad de la esfera de conocimiento que han acotado para sí.

El porvenir de la interpretación del mundo contemporáneo en términos de "sociedad de la información" depende pues en muy buena medida de que ésta no pretenda constituirse en una teoría sustancial y totalmente autónoma de las que van haciéndose en otros terrenos. Los puentes teóricos y prácticos con la epistemología, la historia, la economía po­lítica, la sociología y, sobre todo, con la ética, no deben quebrarse. Darse cuenta de ello podría ayudar a poner fin a los modelos totalizadores pero reduccionistas y unilaterales que han agobiado y empo­brecido hasta hoy nuestros esfuerzos por entendernos y por hacer más interesante y decente la vida común.

 

Salvador Giner