Desigualdad social y ordenador doméstico

 

Jean‑Guy Lacroix

 

Una investigación demuestra no sólo las desigualdades sociales en el equipamiento informático, sino también las diferentes concepciones, usos y usuarios del ordenador doméstico.

 

1. PROBLEMÁTICA

 

Tal y como Oliver Pastre expo­ne en “La informatización y el empleo”, la informatización so­cial es algo más que la suma de la informática y de las téc­nicas “fordianas” de produc­ción y dé consumo. Se trata de la incorporación, generalizada, de la infor­mática al conjunto de la dialéctica social (1). Hay, pues, una reorganización del conjunto del proceso social del trabajo y de las condiciones de existencia (2). En este contexto, hay, igual­mente, tanto una urgencia en plasmar nuevas normas sociales de producción y de consumo (3), como en concretar nuevos productos y nue­vas prácticas.

Los productos informáticos ‑concretamente, el microordenador doméstico y los logicales­ desempeñan un papel estratégico en esta reor­ganización social porque revolucionan las prác­ticas que abordan. La introducción del microor­denador obliga, en efecto, a una redistribución del tiempo y afecta, tanto a la familia, como a la fábrica, o al despacho (4). De este modo, el tiempo empleado en la utilización del microor­denador: merma el reservado a otros momentos de ocio (5), permite transferir a la vida privada tanto los aprendizajes como algunas tareas liga­das al trabajo profesional (6), y favorece la rein­versión del tiempo ganado en el trabajo (7). En definitiva, la tecnología microinformática atenúa el corte, la separación, entre el tiempo de tra­bajo y el tiempo consagrado al “ocio” (8).

Sin embargo, la existencia social de objetos técnicos depende ‑además de su creación, de su concepción, de su producción, de su distri­bución‑ de la acogida (9) que las diferentes clases sociales le reservan.

 

1.1. El papel de la demanda en la formación de usos sociales

 

Varios investigadores han subrayado que es preciso no olvidar el papel de los usuarios en la constitución de usos reales, es decir, los usos sociales de los nuevos productos.

Bernard Miége precisa que los usos sociales de los nuevos productos culturales sólo se han formado e impuesto después de un proceso complejo y contradictorio, en el que se oponen estrategias de firmas rivales, pero en el que se expresan, igualmente, las resistencias y pro­puestas de los consumidores (10).

De esta manera, la formación del mercado de los nuevos productos viene determinada por una dialéctica entre la oferta y la demanda so­cial, en la que el peso de las costumbres anti­guas es muy importante. Ello tiene una doble implicación. Es frecuente, aunque no sistemáti­camente, una distancia entre el uso previsto por la oferta tecnomercantil y el uso efectivo que se produce. En general, puede decirse que esto constriñe a la oferta a ajustarse y a los produc­tores a modificar la facturación de productos y los usos previstos para que correspondan a los empleos reales que se elaboran, a menudo, so­bre las viejas prácticas. Así, la utilización “pasiva” del magnetoscopio viene determinada, en gran parte, por el hábito de la recepción unidi­reccional de la televisión. Parece ser que las costumbres tradicionales modelan, en cierta forma, la oferta (11). Por otro lado, se da el caso de que los consumidores son activos, como lo han subrayado muchos investigadores (12), y que el consumo de bienes materiales (los apa­ratos) y simbólicos (los contenidos, los progra­mas) supone siempre, como lo ha demostrado Pierre Bourdieu, un trabajo de apropiación, de representación (13).

 

1.2. La importancia de la representación en la acogida

 

Las representaciones que garantizan el ajuste recíproco de las necesidades y de los deseos (14) constituyen el elemento fundamental del establecimiento de una nueva norma social de consumo. Definen los usos reales y objetivos en el sentido en que todo consumo implica, como lo señala Bourdieu, un trabajo de apropiación, de localización, de desciframiento (15). En este trabajo, las representaciones determinan la eva­luación que el individuo hace de los productos ofrecidos y la expresión de sus deseos. Éstas fundamentan, pues, el comportamiento.

El producto, tal como existe social y objetiva­mente, se constituye, pues, en la relación entre el objeto ofrecido y las disposiciones de los in­dividuos, es decir, según sus esquemas de per­cepción de apreciación y de acción, los cuales conforman su utilidad objetiva materializada en un uso práctico, determinado por la experien­cia, que se diferenciará según su posición en el espacio económico.

Estas experiencias no dependen, necesaria­mente, de las vivencias directas. Vienen deter­minadas, como ha demostrado Bourdieu, por las características que dan sentido a los productos y prácticas, en función de categorías de per­cepción y de apreciación, generadas, a su vez, por las condiciones objetivas de clase (16). Di­cho de otra manera, condiciones de existencia diferentes producirán características diferentes (17), y características diferentes producirán re­presentaciones distintas, porque el mundo so­cial representado se constituye a partir de dos capacidades propias de aquellas: la capacidad de producir prácticas y productos, y la capaci­dad de diferenciarlos y apreciarlos (18). La ca­racterística ejerce, pues, un efecto de barrer debido a los rasgos específicos del universo social vivido, delimitando, según la clase social, el universo de las posibilidades (19). Esto no quie­re decir que las representaciones y los compor­tamientos vengan determinados mecánica y uniformemente por el conjunto de individuos de una clase social, sino que las posibilidades para los individuos de una clase están encerradas en un campo de respuestas posibles, que determi­nan, como ha señalado Goldmann (20), su cons­ciencia.

El consumo diferencial de los nuevos produc­tos es, por lo tanto, un índice muy claro de la reproducción social; a las diferencias económi­cas, se añaden, en efecto, las diferencias tecno­lógicas (21).

 

2. LOS PARÁMETROS METODOLÓGICOS DE LA INVESTIGACIÓN

 

El objetivo de nuestra investigación era des­cribir y analizar la acogida que las diferentes clases sociales reservaban a la gama de los nuevos productos televisuales (cable distribu­ción, telepago, magnetoscopio y microordena­dor) (22).

Para los fines de nuestra encuesta, hemos defini­do la acogida como el conjunto de comportamien­tos: de apropiación física (compra, alquile!, prés­tamo, etc.) de los aparatos, así como de los conte­nidos; comportamientos de utilización y de apro­piación simbólica (evaluación y representación).

La pertenencia de clase de los sujetos entre­vistados se determinó a partir de su puesto en la división técnica del trabajo, así como la indi­cada por su profesión y/o su oficio.

Para realizar nuestra encuesta, empleamos una metodología cualitativa que era la única que nos permitía obtener una información en profundidad sobre un proceso en curso, pues el desarrollo de los usos sociales de los nuevos productos caracteriza la formación de una nue­va norma social de consumo.

Para obtener las informaciones necesarias para nuestro análisis, efectuamos 27 entrevistas en profundidad, cuya duración oscilaba entre 45 minutos y dos horas. Las entrevistas fueron grabadas sobre bandas magnéticas. El texto de las entrevistas ha constituido nuestro corpus de análisis (563 páginas, a un espacio, en formato normal). Por último, la encuesta se cerró des­pués de un examen de la saturación de las in­formaciones contenidas en los formularios (los textos) de la entrevista.

Las entrevistas se efectuaron, entre octubre y noviembre de 1986, entre las familias que te­nían uno o dos hijos que vivían, todavía, en casa. Los encuestados eran, muy frecuentemen­te, dos o uno de los familiares. En algunas oca­siones, los hijos intervinieron en el transcurso de la entrevista.

La muestra de las familias entrevistadas fue la siguiente: cinco familias pertenecientes al me­dio de personas que reciben asistencia social; cinco al de trabajadores no cualificados; ocho al de trabajadores cualificados y nueve al nivel de profesionales y administradores. Tuvimos que efectuar más entrevistas en los dos últimos nive­les, porque el examen de saturación nos reveló que los comportamientos y representaciones estaban allí más diversificados.

Se seleccionó a las familias encuestadas des­pués de una preencuesta realizada en cada me­dio social. Nos aseguramos, también, de que los estratos de la muestra eran diferentes entre sí y de que cada uno era suficientemente homo­géneo.

El análisis que sigue se refiere, esencialmen­te, a la acogida que se da al microordenador.

 

3. LAS FAMILIAS QUE POSEEN UN MICROORDENADOR

 

Entre las familias entrevistadas, ninguna de las que pertenecían al medio de asistidos so­ciales e, igualmente, del medio correspondien­te a obreros cualificados poseía un microorde­nador.

Entre las 27 familias de nuestra muestra, ocho habían comprado este equipo, tres de las cua­les pertenecían a la clase de obreros cualifica­dos y cinco a profesionales y cargos directivos. Los primeros habían adquirido, entre 1982‑1985, aparatos sin demasiada capacidad (16, 20 y 64 K), y, en el momento de la encuesta, una de las familias no utilizaba ya su ordenador desde ha­cia dos años. Es preciso señalar, también, que ninguna familia había adquirido equipamiento periférico.

Entre los cargos directivos y profesionales, la adquisición de microordenadores se realizó en dos tandas. Entre 1982 y 1983, parece ser que se compraron aparatos de poca potencia (de 20 a 100 K); sólo después de 1984 se compraron aparatos de alta escala (512, 640 K). Cuatro de estas cinco familias poseían dos aparatos y to­das habían realizado la adquisición de una im­presora. Una familia, incluso, se había compra­do un lector óptico.

Estos primeros datos nos permiten constatar que la penetración de la microinformática en los hogares es, cuantitativa y cualitativamente, muy desigual según las clases sociales. Éstas nos permiten observar, también, que el proceso no es, temporalmente, continuo ni lineal.

 

4. LOS MOTIVOS DE LA ADQUISICIÓN DE UN MICROORDENADOR Y LA UTILIZACIÓN QUE DE ÉL SE HACE

 

4.1. El medio de los trabajadores cualificados

 

En este medio es, sobre todo, la presencia de niños la que ha motivado la compra de un mi­croordenador. A este respecto, contaba una madre:

 

“(...) hemos comprado un microordenador, sobre todo, por los niños. Para nosotros los padres, no ha cambiado nada. No hemos tocado el microor­denador”.

 

En general, en este medio, los padres no uti­lizan, o lo hacen muy poco, el aparato; incluso, algunos afirman ser incapaces de ello, porque no poseen las bases necesarias; y esto es lo que una madre da a entender con el siguiente comentario:

 

“Tengo la impresión de que alguién que conoz­ca el tema será capaz de hacer cosas con esto. Yo no entiendo nada de este asunto. Sería nece­sario tomar el libro y ver qué se puede hacer. Pero es necesario tener una base y cuando no la posees...”

 

Así, la ausencia de conocimientos de base li­gados y/o conectados con la informática, pero, también, de conocimientos de códigos simbóli­cos que permiten adquirirlos, dificulta que los individuos de ese medio utilicen la nueva tec­nología tal y como lo explica este carpintero:

 

“No he seguido ningún curso. Tenía sólo un libro en inglés y no soy bilingüe. He aprendido a pro­gramar yo solo.”

 

Estas limitaciones de partida, explican por qué varios entrevistados de este medio no ven muy bien cuál podría ser, para ellos, la utilidad de un microordenador:

 

“(...) personalmente no comprendo para qué puede servir esto. No digo que no quiera jugar con ello. Estos temas terminan siempre por inte­resarme. Pero, actualmente, no veo la utilidad de poseer uno, excepto por el hecho de teclear­lo por gusto (...)”.

 

Estas limitaciones son, igualmente, activas en el uso, exclusivo y frecuente en este medio, del microordenador para diversión:

 

“Una persona como yo no ha aprendido este lenguaje, tiene dificultades. Puede desanimarse más fácilmente. Se dirá: éstos son los aparatos que no se han hecho para mí. Tengo confianza en estos aparatos si los utilizan personas que se­pan hacerlo. Pero aquellos que desconocen su uso deben adaptarse a ellos.”

 

Ésta es una de las razones por las que el en­trevistado se desembarazó de su microordena­dor. El aparato le parecía demasiado costoso para el uso tan limitado que hacía de él.

 

“(...) estos son instrumentos bastante caros. Es preciso servirse de ellos cuando se han compra­do. No estoy de acuerdo en adquirir aparatos sólo para jugar con ellos.”

 

Finalmente, decir que los límites de los apa­ratos comprados por estas familias parecen, igualmente, explicar el desinterés que ha surgi­do, después de la euforia del principio:

 

“No estoy equipado para utilizar mi micro. No tengo impresora ni los demás accesorios que la acompañan. Cómo quieres que lo utilice para realizar un trabajo decente (...)”.

 

Y otro añade:

 

“Hay aparatos mucho más complicados que éste; habría que modificarlo. Ya no le hacemos caso. (... )”.

 

4.2. El medio de los profesionales y cargos directivos

 

En general, en este medio la motivación pa­rar comprar un microordenador es de orden profesional, como lo demuestran los siguientes extractos de entrevistas realizadas a un arqui­tecto y a un urbanista:

 

“Se juega algunas veces con ellos, pero se utili­zan, esencialmente, por motivos de trabajo (...). El micro ha conducido a una mayor eficacia a nivel de trabajo. El micro ha tenido un efecto más secundario a nivel de diversión”.

 

Sin embargo, este uso doméstico de un apa­rato considerado como una herramienta de tra­bajo tiene una incidencia, importante, sobre el tiempo del trabajo. Según la opinión de un en­cuestado, la utilización de un microordenador:

 

“(...) se sitúa entre el juego y el trabajo. Me doy cuenta cuando veo a la gente que lo usa. En la manera de trabajar, hay un aspecto que se pa­rece a un juego y, debido a esta razón, la gente deseará trabajar más en casa. Esto encadena a las personas a trabajar horas y horas sin que se den cuenta, sobre todo, a causa de la fascina­ción de la máquina y de su capacidad de produ­cir (... )”.

 

Y un biólogo añade:

 

“(...) la dirección de mi compañía ha comentado la idea de comprar a todos sus cuadros un mi­croordenador. Quiere informatizar el funciona­miento. Lo cual quiere decir que nuestro apren­dizaje y formación la haremos en casa, fuera de horas de oficina. En cierto sentido, al permitirse­nos iniciarnos en esto, se nos consentirá, a su vez, completar algunos trabajos por la tardé”.

 

No obstante, en este medio, como en el de los trabajadores cualificados, la adquisición de un microordenador doméstico fue, igualmente, motivada por la presencia de niños.

 

Un bibliotecario afirmaba:

 

“Son mis hijos quienes me han llevado a com­prar y a coger gusto al microordenador. Los jó­venes vienen empujando. Nos obligan a poner­nos al día”.

 

Un dentista sostenía:

 

“He hecho gestión de empresa. Para permitirnos familiarizarnos con estos nuevos aparatos y estar al corriente de lo que sucede y de lo que se puede obtener a partir de esto (...) Y, sobre todo, esto es para los jóvenes como mi hijo (...)”.

 

Contrariamente a lo que sucede en el medio de trabajadores cualificados, hay en este am­biente un conjunto de condiciones que favorecen el dominio del aprendizaje de la informática:

 

“(...) Mi hijo y sus amigos tienen cada uno su or­denador o casi. Son los padres, a menudo, quie­nes lo poseen; es un medio en el que todos tie­nen una formación universitaria. Algunos, inclu­so, enseñan en la universidad (...) A menudo, hay padres más enterados que otros, esto crea una especie de pequeño grupo social, dentro del cual pueden evolucionar. Por otro lado, los niños siguen, casi todos, cursos optativos de in­formática en la escuela. Todo ello contribuye a darles una pequeña ventaja...”

 

Pero el control de estos aparatos no está, to­davía, generalizado en este medio. Así, una de las familias del nivel de profesionales que po­seían un microordenador no había alcanzado este grado de dominio y no había explotado to­das las posibilidades del mismo:

 

“Todavía no me he formado un banco de datos. He tecleado un poco cuando he asistido a cur­sos. Pero es preciso que dedique a esta tarea más tiempo, con el fin de familiarizarme con el aparato, no he aprendido a dominar los elemen­tos de base.”

 

Sin embargo, la misma persona precisa que el desinterés frente al instrumento es debido a la falta de versatilidad de aquél:

 

“Ha surgido un problema con la impresora. El X (un 64 K) no era compatible con otros aparatos. Para tener un acceso semejante, hizo falta re­programar el aparato. Éste fue uno de los ele­mentos que produjeron una especie de desafec­tación, de decepción frente al aparato (...)”.

 

4.3.  Para concluir acerca de los motivos de adquisición y sobre la utilización de un microordenador

 

Los extractos de las entrevistas que acaba­mos de citar, muestran una doble desigualdad frente a la informática.

Por una parte, las familias encuestadas que proceden de los medios sociales menos acomo­dados, desde un punto de vista económico, no han adquirido un microordenador; no tienen, por tanto, conocimiento directo. Parece ser que para una gran parte de la población, este apa­rato es inaccesible y que la informática domés­tica no llega más que a una parte muy escasa de la población, aspecto que ya han demostra­do numerosos sondeos y encuestas.

Por otra parte, hay una desigualdad de acce­so, de apropiación y de dominio de la microin­formática entre las familias que han hecho la adquisición de un aparato semejante.

Entre los trabajadores cualificados, se desta­ca el hecho de que no tengan conocimientos de base o, por lo menos, no los suficientes para sacar partido, realmente, al microordenador, para que el uso que hacen de él sea, verdaderamen­te, válido, útil. Además, la capacidad de la inte­gración doméstica del microordenador, no está, de ninguna manera, en la mayor parte de los casos, ligada a su trabajo y no corresponde a una necesidad interna del medio, excepto en lo que se refiere a los niños, e, incluso, en lo que a ellos concierne, la utilidad permanece lejana para el futuro.

Entre los profesionales y cargos directivos, los resultados, son, completamente, diferentes. La utilidad del microordenador está, directa­mente, ligada al trabajo; y los códigos simbóli­cos necesarios para dominarlo están, en gene­ral, presentes.

El conjunto de estas comprobaciones nos conduce, pues, a pensar que nuestra hipótesis de trabajo, referida a la apropiación diferencial de la microinformática según las clases sociales, se verifica. Nos permite, también, constatar que el acceso a la microinformática y el dominio de aquélla están condicionados, tal y como Bour­dieu lo ha señalado para la cultura en general, por los rasgos específicos de los universos so­ciales y culturales vividos según la posición en el espacio socioeconómico. La comparación de las representaciones de la utilidad social del microordenador según la pertenencia de clase, confirma, por otra parte, esta conclusión.

 

5. LAS REPRESENTACIONES REFERENTES AL MICROORDENADOR

 

Las representaciones de la utilidad social del microordenador atañen a dos ámbitos: la escue­la y el trabajo (el empleo). Estos temas han sido tratados a lo largo de las entrevistas, lo cual in­dica, claramente, alrededor de qué preocupa­ciones se forjan las representaciones de los en­cuestados con los que nos hemos entrevistado. Sin embargo, la forma de abordar estos temas varía, profundamente, de un medio social a otro.

 

5.1.  Entre las personas asistidas socialmente y los trabajadores no especializados

 

Las representaciones de nuestros entrevista­dos pertenecientes a estos niveles se pueden resumir en pocas palabras. Conocen los mi­croordenadores por su aparición en la escuela, pero sus hijos no tan tenido, todavía, acceso a ellos. Además, no ven cuáles podrían ser para ellos las aplicaciones domésticas, verdadera­mente útiles. Sin embargo, manifiestan la inten­ción de adquirir un microordenador cuando sus hijos sean mayores. A este respecto, un obrero no especializado dijo:

 

“De todas formas, en un momento dado, habrá que tener uno, cuando los niños quieran ir a la escuela. Cada uno tendría que tener su ordena­dor. Pero por el momento no me interesa.”

 

Se comprueba de este modo, que la campaña de promoción que hizo hincapié en las aplica­ciones escolares, 1982‑1984, encontrará eco fa­vorable entre estas clases sociales. Parece ser que los niños juegan un papel importante en cuanto a la introducción del microordenador en el hogar. Pero el precio de los micro les pare­ce, actualmente, demasiado elevado para po­der adquirir uno: esto no sería más que soñar. Para los entrevistados de estos medios socia­les modestos, la familiarización de los niños con el microordenador a través de la escuela va a permitir a aquéllos familiarizarse con la informá­tica muy pronto y a hacer frente, mejor, a los cambios ineludibles que provoca.

El microordenador, según la opinión de cier­tos encuestador, debería, igualmente, llevarlos a evolucionar más rápidamente que a la gene­ración anterior, aquella de la que ellos forman parte. Les parece que el futuro está comprome­tido, pues la adaptación a las nuevas tecnolo­gías se les revela más difícil que para otros in­dividuos de la sociedad. Aunque no se oponen a los cambios anunciados, subrayan que la in­troducción de las nuevas tecnologías debería obligar a una preparación:

 

“(...) es necesario que nos dejen tiempo para disponernos para estos cambios. Hasta que esto no se ajuste, es preciso tiempo. Será necesario preparar a la gente para el cambio, con el fin de no violentarles”.

 

Ante la creciente informatización, el futuro, les parece, pues, incierto. Están, por otro lado, indecisos ante el tema de la incidencia de la in­formatización en el empleo. Algunos entrevista­dos, entre otros, aquellos que se han visto en­frentados, en su trabajo, a la introducción de nuevas tecnologías de información y comunica­ción, tienen, más bien, tendencia a creer que numerosos empleos están amenazados. No obs­tante, no se oponen drásticamente a los cam­bios que comienzan, se asimila la reducción de empleos, que les va a afectar, al precio del pro­greso y se reacciona ante ello con resignación:

 

“¿Pero qué se le va a hacer? Es el progreso. Tiene inconvenientes”.

 

5.2. Entre los trabajadores especializados

 

Para éstos, la desaparición de empleos debi­da a la informatización no es más que una cues­tión de tiempo y de ajuste del mercado del em­pleo.

Contrariamente a los encuestados que perte­necían a niveles sociales más desfavorecidos, los trabajadores especializados reaccionan ante las transformaciones tecnológicas con mucha menos resignación.

Para ellos, vivimos ya en “ la era informática” y es preciso adaptarse. Así lo sostiene un grafista:

 

“En estos terrenos, si no avanzas, retrocedes. Entonces, es mejor avanzar”.

 

Y este otro añade:

 

“Es preciso seguir al progreso. No puedes per­mitirte quedarte atrás”.

 

Para incorporarse a este mundo en plena evolución, los encuestados en este medio, pien­san que los niños deben, inevitablemente, “in­vertir” en la informática. Algunos sostienen, in­cluso, que la escuela desempeña un papel de primer orden en la adquisición de conocimien­tos necesarios para la vida social del mañana:

 

“Quizá habría que insistir más en estos temas con los niños”. “Es a partir de los niños como todo sistema fun­cionará más tarde (...) Crecerán con esta tecno­logía”.

 

En este medio, la introducción del microor­denador en la escuela actúa, pues, como una motivación de compra. Una madre de dos jóve­nes comenta al respecto:

 

“Ahora ellos los tienen en las escuelas. Yo me digo que va a ser necesario que los niños ten­gan uno aquí. No hay elección. Si hay que hacer trabajos prácticos, los habrá, también, en casa”.

 

Incluso entre los entrevistados que están poco familiarizados con las aplicaciones del mi­croordenador, la generalización de este aparato parece no dejar ninguna duda:

 

“Tengo la impresión de que el hecho de que haya ordenadores por todas partes no está muy lejos. Desconozco el tema, pero pienso que el proceso va muy deprisa, más deprisa de lo que se piensa”.

 

Y según una entrevistada, el desarrollo del mercado podría tomar el mismo camino que el del televisor:

 

“Veo un inconveniente, tener sólo un microorde­nador. Es un problema para una familia numero­sa. Tarde o temprano habrá alguna cosa que buscar, entonces se deseará utilizar el aparato en ese momento, pero estará ocupado”.

 

Por último, decir que aunque la gente se muestra muy crítica ante una situación que no puede controlar, se manifiesta, profundamente, convencida de que la utilización del microorde­nador se generalizará rápidamente, como suce­dió con el teléfono.

 

5.3. Entre los profesionales y cargos directivos

 

En este nivel, la generalización de la infor­mática no pertenece al futuro, es ya una reali­dad. Constituye para estos hombres familiari­zados con el microordenador una realidad co­tidiana:

 

“Es un hecho, todos tenemos un microordena­dor”, afirma un biólogo.

 

Pero esta realidad afecta, esencialmente, al trabajo.

Los entrevistados de este medio parecen ma­ravillados por las posibilidades del microorde­nador y tienen de él, a menudo, una visión apo­logética:

 

“Es la revolución tecnológica postindustrial más fantástica. Tanto, que forma parte de lo cotidia­no sin que uno se dé cuenta”.

 

Para ellos, las nuevas tecnologías de informa­ción y de comunicación encarnan el progreso científico, y la información más asequible y me­jor distribuida constituirá, en lo sucesivo, la ma­teria más importante:

 

“Me aporta más información y más rápidamente. Me conduce a ver el aspecto rentable de una cosa. Éste es un poco el papel del ordenador: compatibilizar las cosas y hacerlas más funcio­nales, más rentables, más rápidas. Estoy seguro de que esto nos permitirá ir más lejos. Nuestro tiempo es precioso (...) con un instrumento como éste se puede hacer más, durante el mismo tiempo”.

 

Los profesionales y cargos directivos que han participado en nuestra encuesta aseguraban, en efecto, que la introducción de la informática ha modificado algunos aspectos de su trabajo. Re­conocen que aquélla genera una reducción de los empleos menos interesantes, lo cual no les afecta; al contrario, esto implica, un enriqueci­miento de su trabajo.

Según ellos, el microordenador permite in­crementar la flexibilidad de sus tareas y de su horario, lo cual constituye un progreso. Sin em­bargo, esto contribuye, como algunos comenta­rios han señalado, a aumentar la carga de tra­bajo, dándoles, a un tiempo, la impresión de que tienen mejor dominio del conjunto del pro­ceso.

Un administrador declaraba:

 

“Esto aumenta el trabajo en casa. Controlas todo el procesó de producción, desde la concepción a la impresión. Lo puedes hacer en tu casa (...) La fascinación de la máquina y su capacidad de producir arrastran a la gente a trabajar durante horas sin darse cuenta (...) Uno se deja seducir por este juego. Todo el período de aprendizaje es extremadamente interesante para una institu­ción, porque el individuo lo hace a su costa (...) tienes, entonces, a un individuo que resulta más rentable...”

 

5.4.  Para concluir con respecto al tema de las representaciones que conciernen al microordenador

 

Lo que se deduce del testimonio de nuestros entrevistados es que, a pesar de los inconve­nientes, la introducción/generalización de la in­formática, globalmente, se percibe como positi­va. En general, nuestros entrevistados están persuadidos, en efecto, de que la sociedad no puede substraerse a este progreso y que la ge­neralización próxima de las nuevas tecnologías de información y de comunicación no ofrece ninguna duda.

En este sentido se puede afirmar que el dis­curso de los promotores políticos y económicos ha impregnado el conjunto de los medios socia­les y ha triunfado. Sin embargo, se comprueba, también, que la pertenencia de clase de los en­trevistados influye, sustancialmente, en su adhe­sión a este discurso.

En el medio de las personas que reciben asistencia social y en el de los trabajadores no cualificados, parece asistirse a la introducción de nuevas tecnologías con aprensión y resigna­ción. Por el contrario, los trabajadores especia­lizados han decidido, con firmeza, aceptar el cambio.

Por último, señalar que para los profesionales y cargos directivos, la informatización provoca una auténtica revolución económica y social, cu­yos efectos, desde ahora, experimentan ya coti­dianamente. Estos entrevistados se identifican, en general, con las transformaciones tecnológi­cas en curso y con las exigencias de eficacia y rentabilidad económica que las acompañan. De forma general, tienen del microordenador y de la informática una visión apologética o casi apo­logética.

 

CONCLUSIÓN

 

Los datos de nuestra encuesta indican que la penetración del microordenador doméstico es muy desigual según las clases sociales. Ade­más, en donde irrumpe aquél, el dominio, la apropiación de este instrumento y de esta tec­nología es muy desigual, lo cual nos ha conduci­do a hablar de una doble desigualdad social frente al microordenador.

Si, en general, las familias consultadas se muestran de acuerdo con el discurso que pre­senta la introducción/generalización de la mi­croinformática como un proceso social inevita­ble, la convicción de participar en este progre­so es muy desigual.

Los profesionales y cargos directivos no du­dan, de ningún modo, de ello. Es ya para ellos una realidad cotidiana. Su integración en este proceso ha sido facilitada por el dominio previo de los códigos simbólicos y de los conocimien­tos que permiten la apropiación. Inspirándonos en Goldmann, podemos pensar que el microor­denador forma parte de las posibilidades del universo.

La cuestión es menos evidente para los tra­bajadores especializados; aunque muy favora­bles a la introducción/generalización. de esta tecnología, sufren la dificultad de integrarse y apropiársela. La ausencia o la insuficiencia de los códigos necesarios para esta apropiación se limitan a” utilizaciones someras, elementales, su­perficiales. Si el microordenador forma parte del universo de sus posibilidades, es preciso afirmar que no ofrece las mismas posibilidades que para los profesionales y cargos directivos y que éstas resultan mucho más inciertas y leja­nas.

Para las clases más desposeídas en el plano socioeconómico, la microinformática sigue siendo una realidad muy lejana y casi mítica.

Finalmente, nuestros datos nos permiten for­mular algunas observaciones globales sobre el proceso de introducción/generalización del mi­croordenador doméstico.

Parece que la introducción del microordena­dor debe hacerse en varios tiempos y círculos concéntricos.

En primer lugar “por el centro”, en los medios que, por un lado, poseen ya la formación y los medios económicos que permiten el acceso y la apropiación inmediata de esta tecnología y, por otro lado, a los que encuentren una motivación inmediata ligada a su posición en la división técnica y social del trabajo.

En un segundo tiempo, en los medios en los que el contacto con la tecnología informática es cada vez más corriente en los lugares de traba­jo, sin que haya una necesidad, ligada a aquél, de utilizar el microordenador en el hogar. Final­mente, entre las personas que no tienen en la actualidad contacto con la tecnología.

Estaríamos, pues, situados, ante un proceso en el que la introducción/generalización del producto se realiza primero en algunos medios bastante restringidos, porque su acceso resulta difícil desde el plano económico y tecnológico. En esta primera fase de implantación, el pro­ducto es considerado como un bien de lujo. Pero la generalización en una clase social trans­forma la naturaleza social del producto, que se convierte en socialmente necesario para la for­mación de individuos y para alcanzar el trata­miento de la información, transformada en ma­teria prima, necesaria para la vida. Entonces, llega la segunda fase de la generalización a la que asistiremos dentro de 15 años, cuando una generación de jóvenes que ha sido iniciada en la utilización corriente de esta tecnología llegue al mercado de trabajo. En este momento, una nueva norma social de cualificación será consti­tuida y la asimilación y utilización de esta tecno­logía será una necesidad para todos.

Sin embargo, esta realidad persistirá hoy y, sin duda, mañana, de manera desigual. Todo sucede, en efecto, como si hubiera una dualiza­ción de la apropiación tecnológica. De un lado, hay una apropiación/utilización en profundidad, ligada orgánicamente a la posición en la divi­sión del trabajo. De otro lado, hay y habrá, de forma más general en los próximos años, una apropiación/utilización ligera, superficial, pero exigida por la instauración de una nueva norma social de cualificación.

Este proceso que algunos han descrito como una informática de expertos, de profesionales, y una informática de vulgarización, de banaliza­ción, contribuye, con toda evidencia, a la repro­ducción de desigualdades sociales, aumentando el acceso diferencial a la información, lo que La Haye ha denominado la doble red de información. Por tanto, si la información es la materia prima, necesaria en la vida social moderna, las diferencias en el acceso y en las posibilidades de tratamiento de esta información se vuelven constitutivas de las diferencias de clase y de su reproducción.

Por ello, la introducción/generalización es un problema político, un problema de democracia. Es necesario, entonces, a este respecto estable­cer una política de acceso, de iniciación y de absorción que permita a todos los individuos de una sociedad entrar de lleno y de manera igual en la nueva era que se abre.

 

                                                              Traducción: Milagros Sánchez ARNos¡

 

NOTAS

 

(1) O. Pastre, “L’ informatisation et l’ emploi”, París, La Découverte, 1983, pp. 114‑118.

(2) J ,G. Lacroix, “L”organisation du travail dans la cáblodistribution au Québec”, Montreal, Gricis, 1985, p. 6.

(3) Consultar a este respecto M. Aglieta, “Régulation et crises du capitalsme”, Belgique, CalmannLévy, 1976, pp. 129‑187.

(4) Acerca de la relación familia‑fábrica, ver D. Bleitrach y A. Chenu, “L’usine et la vie”, París, Maspero, 1979, pp. 63‑75.

(5) P.A. Mercier, F. Plasserd y V. Scardigli, “La societé digitale. Les nouvelles technologies au futur quotiden”. París, Seuil, 1984, p. 47‑48; igualmente: A.H. Caron, L. Giroux y S. Douzou, “Utilization et impact des micro‑ordmateurs dans les foyers québecois”, Montreal, Département de Communication, Université de Montréal, 1985, pp. 14‑18.

(6) P .A. Mercier et alü, Ibíd, p. 86.

(7) S. Proulx y M.B. Tahon, “Temps, travail et micro‑ordinateur”, Comunicación presentada en el 54 congreso de L ‘ACFAS, Université de Montréal, mai 1986, p. 15.

(8) P. A. Mercier, F. Plasserd y V. Scardigli, “La société digitale... “, op. cit. p. 43.

(9) J. Perriault, “Mémories de l’ ombre et du son. Une archéologie de l’ audiovisuel”. París, Flammarion, 1981, p. 9.

(10) B. Miége, Prefacio a la segunda edición de “Captalisme et industries culturelles”, Grenoble, Pug, 1985, p. 206; consultar igual­mente P. Flichy, “Les industries de l’ imaginaire”, Grenoble, Pug 1980, pp. 17‑35; también J.C. Baboulin, J.P. Gaudin y P. Mallein, “Le magnétoscope au quotidien. Un demi-pouce de liberté”, París, Au­bier, 1983, p. 45.

(11) P.A. Mercier et alii, “La société.., op. cit. pp. 59‑60.

(12) Ver a este respecto R. del la Garde, “Langage, culture et té­lévision”. Comunicación presentada en La Asociación Internacional de la Comunicación, mayo 1985, Honolulu, p. 4; P. Champagne, “La télévision et son langage”, Revue française de sociologie, N.” 12, 1971, pp, 406‑408; A.M, Laulan, “La résistence aux systémes d’ infor­mation”, París, Actualité des sciences humaines, 1985, pp. 91‑96; et Y. de La Haye, “Dissonance de la communication”, La pensée sauva­ge, 1984, p. 102.

(13) P. Bourdieu, “La distinction. Critique sociale du jugement”, París, Minuit, 1979, p. 112.

(14) H. Lefebvre, “Critique de la vie quotidenne”, París, Éditions L’ Arche, 1958, Tome 2, p. 65.

(15) P. Bourdieu, “La distinction. Critique sociale du jugement”, París, Minuit, 1979, p. 111‑112.

(16) Ibídem.

(17) Ibíd. p. 190.

(18) Ibídem.

(19) Ibíd. pp. 443‑444.

(20) L. Goldmann, “Epistémologie de la sociologie”, en “Logique et connaissance scientifque”, París, La Pléiade, pp. 992‑1018.

(21) P ,A. Mercier, “La société.., op. cit. p. 137.

(22) “L’accueil des produits télévisuels”, Montreal, Gricis, 1988. En colaboración con Jacques Chapdeine y Lise Santerre.