El sector audiovisual

Grandes expectativas, profundas incertidumbres

 

Enrique Bustamante

 

El sector audiovisual ha sufrido en una década (1982‑1992) conmociones que lo hacen irreconocible. Los amplios interrogantes que lo aquejan señalan sin embargo que está en una era de transición.

 

INTRODUCCIÓN

 

La década de los 80, pero más aún el período político abierto en 1982 pasará a la historia como un tiempo de conmo­ción del sistema audiovisual español, que se había man­tenido estable en sus rasgos básicos desde la posguerra y, especialmente, desde la constitución del sistema radiofónico mixto y el monopolio estatal de televisión en la segunda mitad de los años cincuenta.

Un sistema audiovisual relativamente ho­mogéneo con la tradición europea, al me­nos en la televisión (un cine privado y una televisión estatal en régimen de monopo­lio), pero con especificidades propias (la censura y las subvenciones políticas en el cine, la ausencia de canon y la extrema manipulación gubernamental de la televi­sión) corre a homologarse con otros países europeos en un acelerado proceso de desregulación. Pero esta ambigua importa­ción terminológica, que implica en nuestro país un notable incremento de la normativa legal sobre el audiovisual, lleva consigo no sólo la apertura a la iniciativa privada (tradi­cional ya en la radio) y la ruptura del mono­polio estatal sino también y sobre todo el paso de una lógica fundamentalmente política a una dinámica prioritariamente econó­mica y de beneficios. En otros términos, no sólo significa la búsqueda de un nuevo equili­brio público‑privado ‑Estado‑mercado‑ en el campo audiovisual sino también la conta­minación del primero por los principios co­merciales. El audiovisual, sin dejar de ser un escenario e instrumento fundamental de la política, se inviste de la neutralidad del mer­cado y se arropa en los gustos y las preferen­cias del público ("el público lo quiere").

El cambio es así, primero y antes que nada, una transformación de la oferta por la vía de su expansión y proliferación en la mayoría de los medios y sectores, que va modificando la calidad más que la cantidad de la demanda. El motor se centra mucho más en los intereses y presiones de las empresas‑anunciantes que en las exigencias poco explícitas del público. De la multiplicación de los mismos programas e imágenes se pasa, lentamente, a la frag­mentación de los públicos y, en pequeña medida, a la especialización de los contenidos.

En las formas se trata de una desregulación paulatina y controlada, sobre cuyas fases y sucesión ordenada ha girado el discurso ofi­cial: tras la consolidación de la televisión pú­blica se abriría paso a la iniciativa privada por ondas, a cuyo equilibrio sucedería la televi­sión por satélite para dar la señal de salida posteriormente a la televisión por cable, a la que seguiría lejanamente la TV local. En la realidad de los hechos, los pasos se acumu­lan atropelladamente bajo la presión del mer­cado y de las coyunturas políticas, los dese­quilibrios se amontonan y alimentan entre sí y las normas se incumplen, se olvidan e incluso marchan en sentido contrapuesto a la reali­dad. La impresión es que la desregulación ha abierto una caja de Pandora que sólo obede­ce a los avatares mercantiles y que, frente a las transformaciones y aceleraciones econó­micas y tecnológicas, el Estado se muestra incapaz de reaccionar, prever y ordenar.

La enorme carga de esperanzas, expectati­vas y promesas depositada sobre el audiovisual y sobre las industrias de la infor­mación en general acentúa esa impotencia. Los envites tecnológicos, industriales y eco­nómicos se imponen difuminando los retos sociales y culturales. Aunque en ocasiones este olvido del usuario (de la demanda en términos económicos) no sólo acarree conse­cuencias sociales sino también estrepitosos fracasos económicos. Además, la inercia del pensamiento europeo marca un tratamiento desigual: el cine, mantenido en su vitrina de actividad cultural reconocida, olvida sus im­perativos económicos; la televisión, converti­da en business casi puro, ignora sus impli­caciones culturales. En un audiovisual cada vez más integrado e interdependiente, esa política desequilibrada hace estragos impi­diendo la realimentación mutua del sistema audiovisual, su imprescindible apuesta con­junta de supervivencia.

Con cierto retraso comienza a perfilarse tam­bién en España un sistema futuro hecho de modelos y funciones acumulativas ‑no sus­titutivas‑ aunque a veces competitivas en los diversos medios y sectores. La televisión de masas, dirigida al ocio y financiada por la publicidad, no parece caminar hacia su desa­parición aunque fragmente sus públicos y muestre sus limitaciones estructurales. Las imágenes de pago inician su camino aun en medio de la recesión económica, apuntando hacia un futuro de segmentación cultural y económica de los públicos. Nuevas funciones del audiovisual, para la formación, el trabajo, los servicios en general se abren paso lenta­mente. La televisión interactiva continúa mos­trándose como una promesa difícil de consu­mar. Las fronteras con el resto de la familia de las telecomunicaciones nunca parecieron tan tenues y convencionales, tan dependientes de hábitos, culturas y normas contingentes (1).

Estas últimas evoluciones, explícitas sólo en el despegue del sector videográfico y en las modalidades de imágenes de pago por abo­no (vídeo comunitario, Canal +, redes de te­levisión por cable y abono) pero que encie­rran la auténtica revolución del sistema audiovisual ‑en su financiación y en sus prác­ticas sociales‑ permanecen por el momento en la década analizada como una parte com­plementaria aunque marginal al grueso del sistema audiovisual. Pero sobre ellas se cen­tran las múltiples esperanzas de una amorti­zación rápida de nuevas redes y servicios que necesitan encontrar a su público.

Los usuarios mientras tanto pugnan por aco­modarse a la superación de la penuria, y co­mienzan a aprender a administrar la abun­dancia. Los hábitos de consumo resultan bien elocuentes en ese sentido (uso del vídeo, zapping en sus diversas modalidades, pago por abono...), aunque las estadísticas domi­nantes de objetivos comerciales y a corto pla­zo no permitan aún una base suficiente de análisis. Quizás ese sea el handicap funda­mental para reconocer la etapa abierta en los años 80 como una mera escala de transición hacia nuevos sistemas más complejos.

La panorámica que sigue intenta mostrar toda esta evolución de 1982 a 1992, en una síntesis apretada que fuerza el espacio dispo­nible. Con dos condicionamientos que es pre­ciso advertir: de entrada, decidir la propia composición del audiovisual y sus límites no es nada fácil, las fronteras tecnológicas son confusas pero además resultan insuficientes; al fin y al cabo, lo audiovisual se ha constituido antes como discurso político que como reali­dad unitaria indiscutible (limitaremos así nues­tro estudio al cine como medio integral y pri­mera generación, y a la televisión clásica o segunda generación con sus prolongaciones en nuevas tecnologías y soportes). La segun­da advertencia tiene necesariamente que re­ferirse a un aparato estadístico defectuoso en general e incluso inexistente en ocasiones, ya provenga de las instituciones públicas o de las sociedades privadas y que, contra todo pro­nóstico, no ha mejorado sustancialmente con la instauración del mercado como ley funda­mental.

 

LA REVOLUCIÓN DE LA OFERTA

 

El factor fundamental del cambio audiovisual reside sin duda en la multiplicación y la ex­pansión de la oferta, primero en los medios, soportes y modelos clásicos, como la televi­sión estatal y privada, luego en la prolifera­ción de nuevos soportes, varios de los cuales como la televisión por satélite o por cable apenas están en el principio de su desarrollo. Prioritariamente se trata, en el caso de la tele­visión y por el momento, de una proliferación de las emisiones generalistas, pero como el ejemplo de la radio demostró hace años y la televisión está ya verificando, tras la multipli­cación de canales se abre paso la dinámica de especialización de los contenidos y los públicos. La experiencia de la radio puede atemperar el entusiasmo sobre estas poten­cialidades con su abanico predeterminado de formatos. Pero en cualquier caso, estamos en el comienzo del paso de la era de la escasez a la de la abundancia audiovisual. Y, lo que quizás sea más importante con el vídeo do­méstico como pionero, la oferta televisiva se despega del factor tiempo y de sus dictadu­ras de programación para permitir una al menos relativa regulación de la dieta de imá­genes por parte de cada espectador.

Esa multiplicación de la oferta audiovisual es sin embargo parcial y selectiva en cuanto a los medios y soportes, se centra en el hogar como objetivo generalizado y penaliza por tanto a la primera generación audiovisual, al cine como medio íntegro de comunicación con visionado en salas (2).

La evolución de la oferta cinematográfica es en esos años casi simétricamente opuesta a la notoria expansión de la televisión en sus di­versos soportes. En 1980 existían en España 4.096 pantallas cinematográficas en funciona­miento (desde 6.459 en 1960) que se reducen a 3.820 en 1985 y a menos de la mitad en una década (1.806 en 1991). Se trata de un declive generalizado ciertamente en muchos países desarrollados, pero que en nuestro país se da de una forma mucho más acusada (un 50 por ciento frente a una media del 22 por ciento en Europa en esa década). El destacado fenóme­no de creación de multisalas (26 en Madrid y 25 en Barcelona en 1990, por ejemplo) no logra contrarrestar esta tendencia.

 

El proceso seguido por la exhibición (ver cuadro 1) tiene ciertamente relación con la curva descendente de la demanda cinemato­gráfica, como veremos más adelante, pero no es ajeno tampoco a la evolución de la distri­bución en esa década, caracterizada por un aumento fuerte de la concentración del mer­cado en paralelo a la penetración intensiva y directa de las grandes distribuidoras filiales de las majors estadounidenses, con sus técni­cas de exhibición intensiva (si en 1980, las 10 distribuidoras más importantes representa­ban el 55,05 por ciento de la recaudación total, en 1991 acumulaban el 87,46 por ciento, de las cuales apenas cuatro de vinculación estadounidense reunían más del 50 por ciento de la facturación en salas) (3).

 

CUADRO I

CINE. EVOLUCIÓN DE LAS PANTALLAS

EN FUNCIONAMIENTO 1983‑1991

 

Año

Pantallas

1983

1984

1985

1986

1987

1988

1989

1990

1991

3.820

3.510

3.109

2.640

2.234

1.882

1.802

1.773

1.806

 

Fuente: Ministerio de Cultura/ICAA.

 

Exhibición y distribución, junto a factores como las oscilaciones de la política estatal cinematográfica, determinan por su parte la caída de la producción de largometrajes es­pañoles (de 146 en 1982 a 52 en 1992), en coincidencia con giros radicales en la protec­ción desde el Estado. Y el ciclo de un sistema cinematográfico, en donde la oferta determi­na en buena parte la demanda y la conforma para el porvenir, se cierra con la disminución en más de un 50 por ciento de los filmes españoles exhibidos cada año en las pantallas españolas (1.400 en 1980, 606 en 1991), mien­tras el número de largometrajes estadouni­denses exhibidos cada año en nuestros cines se mantiene con una gran estabilidad (en tor­no a los 1.100 títulos).

El visionado de largometrajes en el vídeo doméstico, un fenómeno de increíble expan­sión en los años 80, viene a sustituir incluso con creces el retroceso de la oferta cinemato­gráfica, prolongando el impacto comunicati­vo y las fuentes de financiación de las pelícu­las. La explosión del nuevo medio en España queda significativamente marcada en las ta­sas de copias de cintas pregrabadas que sa­len en esos años al mercado español: de 28.778 en 1984 llegan a 8.805.243 en 1989 y, aunque sufren un notable retroceso en coinci­dencia con la multiplicación de la oferta televisiva de ficción a partir de ese año, des­cendiendo a 3.102.461 títulos en 1991, arrojan un total de 33 millones de cintas disponibles en el mercado español a finales de ese año, unos 40 millones con el añadido de la tasa estimada para la piratería, con unos 26.347 títulos contabilizados en total (4). Sin embar­go, es necesario puntualizar que la prolonga­ción e incluso expansión de la dominación estadounidense en la distribución cinemato­gráfica, antes mencionada, condiciona en el campo del vídeo que apenas cinco distribuidoras (Warner, CIC Video, Walt Disnney, MGM‑UA y CBS‑Fox) controlen el 80 por ciento del mercado, en tanto que la hegemonía de la cinematografía estadouni­dense sobre la española es aún más fuerte en este sector. En cuanto a puntos de alquiler y venta, las estimaciones son muy variadas se­gún las fuentes, oscilando en el período cul­minante de 1989 entre 11.000 y 8.500. La crisis ocasionada por la aparición de la televi­sión privada y la consolidación del mapa de canales autonómicos habría determinado un brusco descenso de más del 50 por ciento, hasta llegar a unos 4.000 videoclubs en 1991.

Junto al vídeo, el elemento más trascenden­tal del cambio audiovisual es sin duda la eli­minación paulatina del monopolio legal (de programación primero, de difusión más tar­de) que TVE, como otras muchas televisiones públicas en Europa, venía disfrutando desde el nacimiento en España del medio televisivo en 1956. Los antecedentes de esta apertura a nuevos actores se inician en la misma transi­ción democrática (solicitudes formales de empresas aspirantes a canales televisivos pri­vados desde 1976, pronunciamientos de agen­tes sociales importantes ‑CEÓE, AEA‑ en fa­vor de la TV privada desde 1981), incluso con proposiciones y proyectos de ley frustrados (bajo UCD en1981‑82). La decisión del Tribu­nal Constitucional de 1982 vino a cerrar la vía italiana intentada por algunas empresas (el aprovechamiento de los vacíos legislativos a través de los tribunales) y a remitir la crea­ción de un modelo mixto a la aritmética y las opciones de las fuerzas parlamentarias; o, lo que es lo mismo a partir de 1982, a las oscila­ciones e indecisiones de la política de comu­nicación del Gobierno socialista.

Esta situación determinará un retraso de varios años en la llegada de las cadenas pri­vadas y la original ruptura del monopolio de TVE por las televisiones públicas autonómi­cas, que nacen desde 1982 a 1989 sin marco legal inicial (la Ley de Terceros Canales es de enero de 1984) o superando después sus ex­cesivos corsés. Desde 1982, con la aparición pionera de Televisión Cardedeu, comienza el fenómeno de las televisiones locales, espe­cialmente intenso en Cataluña, en donde llega­rá a sumar medio centenar de emisoras con periodos diversos de emisión, a finales de la década (5).

Esta primera ampliación, por parcial y esta­tal que fuera, determina ya cambios impor­tantes en el panorama de la oferta televisiva, especialmente en conexión con una rápida desaparición de las subvenciones públicas a RTVE y de su financiación casi exclusivamen­te publicitaria a partir de 1983. Durante la década de los 70, el volumen de oferta de horas de emisión televisiva se había manteni­do estable en torno a las 5.000‑5.500 horas anuales, llegando en 1982 a 6.545. Pero en dos años, 1982‑84, el volumen de la progra­mación en España se duplica, y ello sin contar con un proceso de creciente desconexión de TVE con sus centros regionales, que permiti­rá nuevos horarios de emisión autónomos y, en consecuencia, nuevos soportes comerciales. Como recordatorio de la famosa reforma de la ORTF francesa de 1974, las subvencio­nes públicas mayoritarias en los canales auto­nómicos crean un simulacro de competencia (sobre la falsa hipótesis de una autofinanciación publicitaria) que agudiza pre­maturamente el modelo comercial.

Las consecuencias de este inicio de competitividad van más allá del simple núme­ro de horas de programación. De esta época data en efecto el alargamiento de las emisio­nes de TVE a nuevos horarios, como los mati­nales o los de sobremesa, antes vacíos. Pero sobre todo, se constata un giro en las orienta­ciones de la programación que diseñan ya el futuro (6). los contenidos recreativos se ex­panden, especialmente en horarios de máxi­ma audiencia, en detrimento de la oferta de programas informativos, formativos y divul­gativos que son eliminados o expulsados a horarios de audiencia escasa.

La expansión del volumen de emisión en esos años y hasta 1988 se debe, con la sola aparición de ETB‑2, a la ampliación de las emisiones de los canales autonómicos exis­tentes y de las de TVE. Los horarios noctur­nos, en particular los fines de semana, co­mienzan a llenarse desde 1986 en esta diná­mica competitiva que tiende a colmar todo el día acomodando el ritmo de la televisión al de la totalidad de la vida cotidiana. El nacimiento a lo largo de 1989 de tres televisiones públi­cas regionales más (Canal Sur, de Andalucía, Telemadrid, y Canal 9 de Valencia) completa en buena medida el mapa autonómico, mien­tras la televisión catalana duplica sus emisio­nes con Canal 33. La aparición de los canales generalistas privados a finales de 1989 y prin­cipios de 1990 (Antena 3 TV y Telecinco) y de la televisión de pago por ondas (Canal +) cierra por el momento el mapa de la televi­sión hertziana, con un peculiar sistema públi­co‑privado que consta de dos canales públi­cos y dos privados gratuitos de ámbito esta­tal, junto a ocho canales públicos de ámbito autonómico en seis regiones y un canal codi­ficado y de pago por ondas.

En conjunto y en esos once años reflejados en el cuadro 2 el volumen horario de emisio­nes televisivas ha pasado de 6.545 a 79.150, en un fenómeno habitual en esos períodos en muchos países europeos. Tomando 1982 como base 100, las horas de emisión de 1992 para los doce canales de programación géne­ralista representarían una tasa de 1.209. Natu­ralmente, se cuentan en ese crecimiento las programaciones de las cadenas regionales que emiten en principio para sus límites ad­ministrativos, aunque estos se vean desbor­dados con frecuencia hacia zonas e incluso regiones enteras limítrofes. En cambio, no están incluidas las emisiones del canal de pago Canal +, cuya programación representarían anualmente más de 7.000 horas.

 

CUADRO 2

TELEVISIÓN GENERALISTA.

HORAS DE EMISIÓN

 

Años

Horas de emisión

1982

1983

1984

1985

1986

1987

1988

1989

1990

1991

1992

6.545

9.019

11.012

14.895

21.430

23.147

26.183

28.177

64.350

74.834

79.150

 

Fuente: Anuarios y canales de televisión. Ecotel y Sofres.

 

La lógica comercial actúa sin duda en favor de los programas de entretenimiento y diver­sión en general y en desmedro de los progra­mas formativos, incluyendo los de formación política y debates sobre asuntos de trascen­dencia ciudadana. Pero las tendencias, em­pujadas frecuentemente por las modas inter­nacionales, aceleran su rotación con cada vez mayor rapidez según la conocida ley de las pepitas de oro: encontrado un filón de éxito todas las cadenas se apresuran a explotar la veta, acelerando así su agotamiento.

Un análisis significativo en este sentido es el que atañe a la evolución de la presencia del filme en la programación televisiva. El largo­metraje, aun realizado en teoría para otro me­dio y no acomodado en su formato a la natura­leza serial y fragmentada de un medio de flujo como la televisión, se sigue presentando como paradigmático de un modelo de televisión de entretenimiento y como elemento cardinal de la competitividad comercial, al resguardo en buena medida de las modas, tanto para la publicidad como para el pago del abonado. Pues bien, si hasta 1983 Televisión Española (TVE) emitía por año poco más de cuatrocien­tos pases, en 1989 el número de emisiones de filmes asciende ya a 1.270 que se eleva en

 

1991 a más de 9.000 para sobrepasar las 10.000 en 1992. Redifusiones y multidifusiones no consiguen más que paliar escasamente este enorme incremento: con base 100 en 1983, el número de emisiones de filmes en 1991 esta­ría en un índice de 2.129, muy por delante de la expansión de las emisiones en general (ver cuadro 3). Sin contar con que el incremento de esas emisiones en períodos de peine time es mayor aún.

CUADRO 3

FILMES EMITIDOS EN TELEVISIÓN 1983‑1991

 

Años

TVE-1

TVE-2

TT.AA.

TV5

A3

C+

Total

1983

1984

1985

1986

1987

1988

1989

1990

1991 (2)

219

204

210

190

255

486

705

472

455

209

208

186

253

191

199

218

550

884

 

92(1)

192(1)

220(1)

239(1)

281(1)

347(1)

   2.795

   3.692

 

 

 

 

 

 

 

377

728

 

 

 

 

 

 

 

481

741

  

 

 

 

 

 

 

689

2.613

428

504

588

663

685

966

1.270

5.364

9.113

 

Fuente: Anuarios de RTVE y estimaciones propias. (1) Sólo se cuenta en esos años con los datos de TV3. (2) Estimaciones sobre muestras de las cuatro temporadas/año de programación.

 

EL CONSUMO

 

Algunas indicaciones interesantes surgían de un estudio de los primeros años 80 sobre el uso de los medios por los españoles. Por ejem­plo, el hecho de que un 49 por ciento de los encuestador elegía la televisión como medio preferido si hubiera que elegir uno sólo, fren­te a un 23 por ciento de la radio, un 12 por ciento que se inclinaba por la prensa diaria y un 3 por ciento por las revistas de información general (7).

Una encuesta de 1985 del Ministerio de Cul­tura es mucho más reveladora sobre el consu­mo del medio cine, en salas cinematográficas, que de la televisión al partir desgraciadamente de un muy discutible concepto de áreas cultu­rales en función de las prácticas culturales que le son propias, que conduce a considerar que la televisión o la radio no son áreas comunicativas sino instrumentos decisivos en el de­sarrollo de las distintas áreas de expresión cul­tural En cualquier caso, guarda interés para definir al espectador español de cine en esos años tanto cuantitativamente como desde un punto de vista sociodemográfico. Entre los es­pañoles de más de seis años, el 31 por ciento asistía a las salas al menos una vez cada tres meses y un total de 1, 6 veces por mes; para los mayores de 14 años la asistencia se incrementaba con 2,5 veces por mes. El perfil del espectador de cine típico español se dibujaba mucho más cualitativamente: joven, de elevado nivel de estudios y perteneciente a la clase social media‑alta (8).

Al provenir de una fuente estable e ins­titucional (la Dirección General de Cinemato­grafía, el ICAA después), disponemos de se­ries homogéneas y prolongadas de datos so­bre la asistencia de los espectadores españoles al cine y su evolución. Otra cuestión es el grado de fiabilidad de esas cifras, sometidas siempre a la sospecha del nunca conseguido control automático de taquillas por medios informáticos, y del consiguiente fraude en las cifras que algunos profesionales y expertos han llegado a cifrar en un 20 a 30 por ciento del total. En el cuadro 4 se sintetizan los datos en una evolución a grandes rasgos desde 1975. Los 255 millones de espectadores de ese año se han reducido en 1980 a 175 (un 68,8 por ciento), y a 101 en 1985 (un 39 por ciento del total en diez años). En 1990 eran ya 78 millones de espectadores, y en 1992, por cuarto año consecutivo desde 1989, se com­prueba un incremento anual desde los 69 mi­llones de 1988 hasta los 83,3. Otra cosa es el reparto de esa asistencia a las salas entre películas españolas y extranjeras, ya que los espectadores de las primeras bajan en por­centaje sobre el total desde el 30,81 por cien­to de 1975 hasta situarse en 1992 en un es­cuálido 9,63, la tasa más baja alcanzada nun­ca si se exceptúa el bache récord de 1989 en coincidencia con un descenso brusco de la producción ligado al giro de la política cine­matográfica.

 

CUADRO 4

CINE. ASISTENCIA A SALAS

(Miles de espectadores)

 

Años

Total

% Películas

españolas

% Películas

extranjeras

1975

1980

1985

1987

1988

1989

1990

1991

1992

255.785

175.995

101.117

85.720

69.633

78.057

78.511

79.095

83.301

30,81

20,74

17,60

14,74

11,67

7,70

19,02

11,14

9,63

      69,19

      79,26

      82,40

      85,26

      88,36

      92,30

      88,94

      88,86

      90,37

 

Fuente: Control de taquilla. Ministerio de Cultura/ICAA.

 

La encuesta de consumo de 1990 concluía que el cine era el espectáculo de contenido cultural más popular; pero al último gran es­pectáculo colectivo como ha sido también de­finido, sólo había asistido en un año un 42,1 por ciento de los españoles varones y un 36,1 por ciento de las mujeres; la variable más influyente continuaba siendo la edad: el 82,6 por ciento de los jóvenes de 18‑19 años había ido alguna vez, el 78 por ciento de entre 20 y 24 años, el 59,4 por ciento de entre 25 y 44 años, pero después la asistencia caía en pica­do. Por estudios, el 75,6 por ciento de los que poseían titulación de tercer grado habían asis­tido, frente al 68 por ciento de los de segundo grado y el 12 por ciento sin estudios; por hábitat, el 53,6 por ciento iba en ciudades de más de 500.000 habitantes, pero sólo el 22 por ciento en poblaciones de hasta 2.000 per­sonas. Más significativa aún aparecía la agru­pación por frecuencia en la asistencia a las salas, ya que tan sólo el 22 por ciento del total del público había asistido más de diez veces en el año. Se confirmaba así, como en otros países desarrollados, que una parte pequeña del público del cine asegura una parte mayo­ritaria de la asistencia y cimenta el éxito rápi­do de algunos filmes, con las consecuencias imaginables sobre el tipo de cine, origen, géneros, estilos y tendencias así como sobre las estrategias publicitarias de estreno (9).

El vídeo es en cambio un capítulo escasa e insuficientemente estudiado, sujeto muchas veces a estimaciones de las asociaciones del sector, con las dudas suscitadas por sus inte­reses específicos. En 1987 y según EGM, cada español (con un 23 por ciento de penetración en ese momento) veía el vídeo durante 11 minutos cada día, dedicando el 81 por ciento de ese tiempo al visionado de películas alqui­ladas. En el estudio citado del Ministerio de Cultura sobre 1990 las indicaciones eran es­casas: el 6 por ciento de los que disponían de magnetoscopio veían películas todos los días y el 49 por ciento una o varias veces por semana. En otro estudio sobre ese mismo año, se calculaba que tres millones de espa­ñoles veían el vídeo al día de media, con un tiempo de audiencia de 13 minutos por espa­ñol (119 minutos/día para cada usuario) (10).

En un análisis basado en una encuesta na­cional sobre las doce ciudades más impor­tantes en enero de 1991 se afirmaba que de cada diez veces que se ponía en marcha un magnetoscopio en nuestro país, 7,3 se dedi­caban a grabar programas de televisión (en un 70 por ciento de las veces filmes y series de ficción) y tan sólo 2,4 correspondían a pelícu­las pregrabadas, alquiladas o compradas (11).

En 1986 y según EGM casi 24,5 millones de personas de más de 14 años veían la televi­sión diariamente. En un estudio realizado con­juntamente por RTVE y el CIS en 1987, la te­levisión se revelaba ya como la actividad de ocio, e incluso la actividad a secas a la que los españoles dedicaban más tiempo. Para el 52 por ciento de los encuestados se trataba del primer medio de entretenimiento y para el 77 por ciento de uno de los dos primeros; y se concluía que "como difusor de la cultura se sitúa por encima de todos los demás medios de comunicación, incluidos los libros" (12). En 1992 y según Sofres eran 28.630.000 los es­pectadores diarios de media con más de cua­tro años de edad, con una escucha diaria de 196 minutos por individuo y día. Claro que entre ambas cifras mediaban diferentes uni­versos considerados y que en los incremen­tos medidos de escucha media individual en los últimos años (un 5,5 por ciento de audien­cia más que en 1991, 174 minutos sólo en 1988) podían intervenir también factores como esas redefiniciones de los universos contem­plados y perfeccionamientos como la toma en consideración de los segundos televisores. En todo caso, y como muestra de las diferen­tes estimaciones incluso sobre esas cifras globales, el EGM cifraba ya la escucha de la televisión en España en 1987 en 215 minutos, y el citado estudio RTVE‑CIS en 211 minutos/ día (13).

Más allá de las polémicas sobre la cantidad de audiencia e incluso de las variables socio­demográficas, los datos parecían apuntar un fenómeno ya conocido en otros países, el ase­guramiento por una minoría de los especta­dores de una parte importante de la audien­cia: en 1991, el 10 por ciento de adictos ase­guraba el 26 por ciento del consumo con más de 6 horas 43 minutos de escucha diaria, fren­te a un 10 por ciento en el extremo contrario que apenas veía la televisión diariamente unos 18 minutos, suponiendo el 0,3 por ciento del consumo (14). Aunque harían falta nuevos datos y análisis mucho más completos sobre el comportamiento dé los telespectadores es­pañoles, ese dato hacía pensar en una teoría verificada en otros países de una parte de espectadores que aseguran el grueso de la audiencia de la mayoría de los programas, cualquiera que sea su contenido y público objetivo; frente a otro porcentaje que ve mu­cho menos televisión pero en proporción pa­recida de los géneros y tipos de programas.

Al margen de estos aspectos cualitativos, el fenómeno capital, limitado desde 1983 pero arrollador desde 1990 es el de la fragmenta­ción de la audiencia entre las cadenas. Aun dando por bueno el más optimista incremen­to de la escucha media por español mayor de cuatro años (de 174 minutos por día en 1988 a 193 en 1992), es evidente que no resiste la más elemental comparación con el incremen­to de la oferta televisiva que antes hemos descrito. El resultado es, en primer lugar una competencia descarnada entre las cadenas por la máxima cantidad, y fidelidad, de la audiencia, pero también inevitablemente la fragmentación de las audiencias masivas que durante años detentaba Televisión Española: el índice más notorio reside en los porcenta­jes de rating (porcentaje sobre la audiencia potencial total) conseguidos por los progra­mas que ocupan los primeros puestos en el ranking anual televisivo (de tasas del casi 50 por ciento en 1988 a porcentajes del 10 al 20 por ciento en 1993) (ver cuadro 5).

La pugna por las audiencias y el reparto, aún inestable, del público entre cadenas, es otro fenómeno capital pero mucho más cono­cido de esta fase de construcción de un nue­vo sistema televisivo.

Hay sin embargo, importantes aspectos so­ciológicos del comportamiento del especta­dor que continúan estando poco y mal investi­gados, sea porque permanecen al margen de los intereses comerciales a corto plazo o in­cluso porque van a contracorriente de esos mismos objetivos económicos. El ejemplo de la radio ha sido así evocado muchas veces para vaticinar un futuro de televisiones indivi­dualizadas, cuando ningún dato empírico lo demuestra en nuestro país y, por el contrario, los datos parciales existentes así como análisis más profundos en otros países desarrollados hablan de una escucha familiar predomi­nante, objeto de relaciones y tensiones de poder en el seno de la familia incluso ante el fenómeno del multiequipamiento. O como el zapping en todas sus formas (cambio de programación, huida de la publicidad, pase rápi­do de la publicidad en el vídeo...) sobre, el que se carece de estudios serios y sistemáti­cos en nuestro país, tanto sobre su importan­cia como sobre sus formas y sus motivacio­nes.

 

                                            CUADRO 5

PROGRAMACIÓN DE MÁXIMA AUDIENCIA EN TV 1989‑1993

 

 

1989

1990

1991

 

1992

1993

 

Mill. esp.

 %

Mill. esp.

%

Mill. esp.

%

Mill. esp.

%

Mill. esp.

  %

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

12,2

11,6

11,2

11,1

10,8

10,1

10,1

10,1

10,0

10,0

40,6

38,4

37,3

37,0

35,8

33,7

33,7

33,5

33,3

33,1

9,2

9,1

8,9

8,7

8,5

8,5

8,4

8,4

8,4

8,3

30,6

30,1

29,6

28,8

28,4

28,4

28,0

27,9

27,8

27,5

         9,1

         7,9

         7,8

         7,7

         7,6

         7,1

         6,6

         6,5

         6,4

         6,3

27,2

23,7

23,4

23,1

22,9

21,5

19,9

19,7

19,2

19,0

8,1

7,5

6,8

6,6

6,5

6,3

6,0

5,7

5,5

5,1

24,5

22,6

20,6

19,8

19,7

19,1

18,1

17,3

16,7

15,5

8,1

6,1

5,9

5,8

5,7

5,3

5,0

5,0

4,8

4,7

22,7

17,1

16,3

16,1

15,5

14,7

14,0

13,9

13,3

13,1

Tot.

107,2

 

86,4

 

73,0 

 

64,1

 

56,4

 

 

 

(*) Datos correspondientes a los meses de marzo de cada año. Universos considerados: 1989: 31,1 millones de espectadores mayores de 10 años; 1990: 33 millones; 1991 y 1992: 32,2 millones; 1993: 35,9 millones. Fuente: Sofres (Ecotel). En Comunicación social 1993/Tendencrás. Fundesco 1993.

 

LOS NUEVOS SOPORTES, COMO PROMESA

 

Es difícil contabilizar la incidencia en esta oferta de televisión de fenómenos cuya natu­raleza alegal o paralegal y fluctuante situación económica impiden estadísticas siquiera aproximativas, como ocurre con las redes de televisión por cable existentes o con el llama­do vídeo comunitario, e incluso con los cana­les por satélite recibidos en España (en sep­tiembre de 1986, por ejemplo, dejaron de recibirse seis canales europeos por cambios en la orientación de los satélites Intelsat y Eutelsat). Se trata en todo caso de nuevos ca­nales que aún mantienen una situación de fuerte retraso en relación con las medias europeas, pero que prometen crecer rápida­mente, incrementando geométricamente la oferta de imágenes en los hogares españoles.

Dejando de lado la utilización del satélite para usos de telecomunicaciones, sucesivos estudios y decisiones políticas fueron poster­gando el lanzamiento de un sistema español.

Hay que esperar al 7 de abril de 1989 para que se apruebe el sistema Hispasat, cuyo pri­mer lanzamiento se llevó a cabo en septiem­bre de 1992 con la puesta en órbita del se­gundo satélite en julio de 1993.

La marcha de la televisión por satélite en España hasta los primeros años 90 ha sido, pues, una historia mayoritariamente ajena. De­jando aparte el proyecto non nato y plena­mente fracasado de Canal 10, lanzado a prin­cipios de 1988 desde Londres y oficialmente cerrado en agosto de ese mismo año, puede destacarse la emisión desde 1987 del canal europeo, simultáneamente con Canal Améri­ca, de TVE, que se transforma desde el 1 de diciembre de 1989 en Canal Internacional de TVE emitido por satélite para Europa y Amé­rica además del Norte de África; asimismo, hay que reseñar, desde el exterior pero en español, las emisiones de Galavisión, que co­mienza a emitir el 5 de diciembre de 1988 desde Londres. En 1993, Canal + anuncia el lanzamiento de cuatro canales de pago por satélite dedicados al cine (Cinemanía y Clneclassic), documentales (Documania) y públi­co infantil (Minimax) respectivamente. Y el acuerdo entre las televisiones para coordinar la comercialización de sus canales en Hispasat es posterior al horizonte temporal contempla­do en este texto (1994).

Hasta esas fechas, la oferta predominante de canales en idiomas extranjeros (más de cuarenta en 1993) y, probablemente, la abun­dancia de la oferta por ondas hertzianas, de­terminó un desarrollo muy limitado del equi­pamiento de recepción y de la audiencia de la televisión por satélite que nos sitúa en los últimos puestos de la Europa comunitaria. En 1992 se estimaba así que existían unas 250.000 antenas individuales que conectaban con otros tantos hogares y unas 35.000 antenas colecti­vas con conexión a 650.000 hogares. Aun su­mando la posibilidad de conexión de los ca­nales por satélite con una parte de las redes de cable (unos 500.000 hogares aproximada­mente) en 1992 apenas 1.400.000 hogares españoles componían la audiencia potencial de los canales de satélite de entre un universo total de 11,1 millones de hogares existentes. (Ver cuadro 6).

 

CUADRO 6

TELEVISIÓN POR SATÉLITE EN ESPAÑA

 

Tipo de

instalación

Instalaciones

    %

Hogares

 

Individuales

Colectivas

Redes de cable

250.000

35.000

100

87,6

12,3

0,1

250.000

650.000

500.000

17,9

46,4

35,7

Total

285.000

100,0

1.400.000

100,0

 

Hogares con TV en España: 11,1 millones

Fuente: Aniel. Noticias de la comunicación.

 

La televisión por cable ha tenido asimismo hasta ahora un escaso desarrollo en España, en buena medida seguramente por su natura­leza paralegal, que ha disuadido a las grandes empresas de realizar inversiones fuertes en ese mercado. Las asociaciones de los llama­dos vídeos comunitarios, en la práctica un dispositivo de difusión que liga a un magne­toscopio central a sus abonados en una o múl­tiples urbanizaciones, llegaron a hablar de un millón de hogares conectados a unas 400 a 500 redes, pero en todo caso la euforia de este fenómeno se clausuró ton la LOT de 1987 y la Ley de Propiedad Intelectual, iniciándose a partir de principios de 1988 los primeros cierres gubernativos de redes. La Asociación de Servicios Distribuidos por Cable (AESDI­CA) evaluaba en 1992 un total de 900.000 vi­viendas tableadas, de las cuales sólo 120.000 estaban realmente conectadas, aunque pro­bablemente estas cifras dejaban fuera a mu­chas redes menores existentes. (Ver cuadro 7).

El protagonismo auténtico en este terreno reside así en la compañía TESA (Telefónica de España) cuyo esfuerzo de digitalización de equipos y redes resulta notable en los últimos años, y que comenzó en 1992 la comercialización de la RDSI en banda estre­cha, anunciando para 1995 la de banda an­cha. La entrada de Telefónica junto a PRISA y socios financieros en una sociedad destinada a trabajar en el terreno del cable (Cable Vi­sión S.A.), junto al papel destacado que le atribuían los borradores de proyectos de ley sobre el cable conocidos en 1992 y 1993 (confirmados en el anteproyecto de 1994), parece asegurarle un papel destacado para el futuro, bien sea como simple red o incluso como operador. Compañías eléctricas y de aguas, bancos y algunos grupos de comuni­cación y telecomunicaciones, de capital espa­ñol y extranjero, anuncian desde 1991 pro­yectos y empresas destinadas a tablear y ofrecer servicios por cable en diversas regio­nes y ciudades: Santander de Cable, Cableeuropa (Bilbao), Cabledis (Guipuztoa), Sevillana de Cable, ...

A la espera de una regulación legal, los pronósticos sobre las potencialidades del mercado de televisión por cable en España resultaban encontrados y diversos. AESDICA

 

 

CUADRO 7

TELEVISIÓN POR CABLE EN ESPAÑA

 

Viviendas tableadas

Viviendas conectadas

Redes asociadas a AESDICA

Operadores asociados a AESDICA

Número de programas (promedio)

Cuota mensual (promedio)

900.000

120.000

33

20

15

1.500

Fuente: AESDICA. Noticias de la comunicación.

 

estimaba grandes inversiones futuras (100.000 millones de pesetas anuales en cuatro años), mientras que Saatchi & Saatchi preveía que el número de abonados alcanzaría a 1.600.000 hogares (el 15,8 por ciento del total) en 1995 (15). Una encuesta de Telefónica concluía que el 30‑50 por ciento de los habitantes de las mayores 63 ciudades españolas estaría inte­resado en abonarse.

Iniciadas en mayo de 1988, las emisiones de teletexto de RTVE se han caracterizado por un lento desarrollo de la oferta de información y de la demanda del público. Basándose en el sistema B del CCIR (adoptado por el Gobier­no en 1977), y con un repertorio ampliado de 128 caracteres, TVE emite teletexto de 11 a 24 horas durante los días de la semana y de 13 a 24 horas los fines de semana. El ejemplo de TVE ha sido seguido por TV 3 en Cataluña, que desde septiembre de 1990 ofrece 280 páginas (Teleservei) y por TV Madrid que emite también su servicio con la agencia EFE (Efetexto) desde febrero de 1991. Las estrate­gias de estos canales han sido diferentes, con un mayor hincapié de TVE en la información de actualidad y una más amplia dedicación de TV3 y Telemadrid hacia otros servicios com­plementarios. Con esta oferta sin embargo, la expansión del teletexto en España ha sido len­ta y escasa, calculándose en 1992 un máximo de 1.725.000 hogares potenciales mientras las estimaciones más optimistas alcanzaban un total de dos millones de receptores equipados de decodificador.

 

MERCADOS TAN IMPORTANTES COMO DESEQUILIBRADOS

 

En una serie de sectores de pésima situa­ción estadística bien por las sospechas de fraude de algunos de sus escalones de comercialización sobre los datos provenien­tes del Estado (como en el caso del cine), bien por la atomización y la inestabilidad (el vídeo), por las aventuradas y encontradas es­timaciones de fuentes privadas (la publici­dad), o las difíciles evaluaciones de la balanza comercial, resulta extremadamente difícil y arriesgado realizar una estimación sobre el peso del audiovisual en la economía española o sobre el empleo. Sin embargo, algunos contados intentos se han realizado en los últimos años con un valor indicativo.

En la evaluación más detallada en desagre­gación de las cifras por sectores y metodolo­gía utilizada, el audiovisual en su conjunto habría ascendido en España a 463.000 millo­nes de pesetas en 1989, que llegarían a 652.000 millones en 1991, con un 40 por cien­to de incremento en ese plazo (ver cuadro 8), y un peso equivalente al 1,29 por ciento del PIB al coste de los factores. Sin embargo, esta estimación guarda capítulos especialmente dudosos como el videográfico, a cuyo monto de más de 60.000 millones de pesetas se llega a partir de una muestra conocida de las principales 38 empresas, con extrapolación de los datos a las 652 sociedades restantes (16).

 

 

 

 

CUADRO 8

AGREGACIÓN ECONÓMICA DEL SECTOR

AUDIOVISUAL 1989‑1991

(Porcentajes por sectores)

 

 

1989

1990

1991

Sector videográfico

Televisión

Industria electrónica

de consumo

Industria

cinematográfica

26,4

38,6

 

29,2

 

5,8

15,8

37,1

 

42

 

5,1

14,1

41

 

40

 

  4,9

Total anual

(millones de pesetas)

463.000

555.000

652.000

 

Fuente: Álvarez Monzoncillo, J.M./Iwens, J.L., El futuro del audiovisual en España. Fundesco. Madrid, 1992.

 

Otro estudio realizado sobre 1989 y 1990 evalúa a la baja esas cantidades, calculando que el sector audiovisual habría significado 325.000 millones de pesetas en 1989 (463.000 en el estudio anterior) y 380.000 en 1990 (555.000 en la estimación anterior). Con la suma de la facturación en audio se llegaría en este último año tan sólo a los 445.000 millones de pesetas, aunque en términos relativos se concluya que "el audiovisual se muestra como el sector que mueve una cifra superior de negocios del mundo de la cultura, del mismo orden de magnitudes de la prensa" (17).

La importancia de las cifras económicas mencionadas y las fuertes expectativas para su crecimiento en los próximos años no pue­de hacer olvidar sin embargo una situación de desequilibrio financiero y de debilidades estructurales que afecta a la práctica totalidad de los sectores.

El cine, por ejemplo, como medio íntegro de comunicación, no sólo significa una parte cada vez menos importante y ya ínfima del conjunto del audiovisual ‑lo que acentúa la realidad de un audiovisual integrado y la im­portancia de otros medios para la amortiza­ción de los largometrajes‑ sino que además muestra un porcentaje cada vez menor de los ingresos destinados al cine español (del 25 por ciento en los primeros años 80 a un 9,32 por ciento en 1992).

El sector videográfico, de fuerte expansión en los años 80, ha sufrido desde 1990 el im­pacto de la multiplicación de la oferta televi­siva, pero también una crisis estructural toda­vía no resuelta, con disminución brusca de su facturación y un reequilibrio entre alquiler y venta. La alta dependencia de las distribui­doras estadounidenses y el peso en este mer­cado de las películas de esta cinematografía no son ajenas ciertamente al hecho de que, con todas las precauciones por estos cálcu­los, los largometrajes españoles apenas con­sigan un 12 por ciento de su financiación a través de este medio, tasa muy inferior a la existente en otros países desarrollados de fuerte tradición cinematográfica.

La situación económico‑financiera del siste­ma televisivo es mucho más compleja. Desde 1983, en que se decide la retirada de subven­ciones estatales a la explotación de RTVE, el sistema económico televisivo se conforma hegemónicamente en torno a la publicidad. Mientras TVE ostentaba el cuasi monopolio, hasta 1989‑90, y la inversión publicitaria cre­cía a tasas elevadas este mecanismo funciona­ba e incluso permitía beneficios contables a RTVE. La apertura a la competencia, en coin­cidencia con la recesión económica y la crisis de la publicidad (prácticamente estancada en la televisión desde los 195.188 millones de pesetas de 1989 a los 212.951 de 1992) con­ducirán a un sistema global profundamente deficitario y desequilibrado pese al manteni­miento del medio televisivo como el principal soporte publicitario en medios de comunica­ción.

Esta crisis estructural del sistema es por otra parte evidente en múltiples datos y situa­ciones. En grandes cifras, una inversión pu­blicitaria de unos 212.000 millones de pese­tas en 1992 se puede confrontar con los 290.534 millones estimadas para los presu­puestos totales de las televisiones españolas (18).

En términos más concretos, la competencia feroz ha ocasionado una baja general de tari­fas directa e indirectamente (a través de des­cuentos, paquetes, rappels), hasta significar rebajas sobre tarifas oficiales de hasta un 80 por ciento en algunas cadenas. En consecuen­cia, el incremento de la publicidad emitida por la televisión en España ha sufrido incre­mentos geométricos: de 214.373 spotsen 1989 a 912.727 en 1992, de 886 horas en 1989 a 3.403 en 1992, sin contar una autopublicidad cada vez más omnipresente que alcanzaba en 1992 hasta 2.459 horas (Media Planning).

En esta situación, los indicadores de la cri­sis del sistema se multiplican. Agencias, cen­trales de compra y canales de televisión se critican y culpan mutuamente de los altos ni­veles de saturación publicitaria, de la multi­plicación de las interrupciones de la progra­mación, de la falta de transparencia en el mer­cado. La rápida deriva hacia la publicidad no convencional (indirecta, por barthering, pa­trocinio o merchandisú2getc.), que pasó del 8 al 24 por ciento en cuatro años, constituye un intento difícil de escapar de la ineficacia de esos grados de saturación alcanzados, para ocasionar nuevos tipos de acumulación publi­citaria. Por otro lado, la inestabilidad y la falta de consenso .sobre los sistemas e institucio­nes de medición de audiencias (la publica­ción de listas de hogares con audímetros, el falseamiento de los datos por algunos me­dios, los cambios de accionistas de Ecotel o el cuestionamiento de la labor de Sofres) evi­dencian, como históricamente ya ocurrió en muchos países desarrollados, un desequili­brio endémico del sistema televisivo que no permite percibir por ahora salidas viables.

El sector audiovisual, centro de las mayores expectativas tecnológicas y económicas de su historia, vive así paradójicamente en Espa­ña una época de crisis, de desequilibrios e incertidumbres, de difícil transición hacia el futuro.

 

 

 

NOTAS

 

 

(1)Ver E. BUSTAMANTE (Ed.) Telecomunicaciones y Audiovisual Encuentros y divergencias Fundesco. Madrid. 1982.

(2) Ver Patrice FLICHY. Una historia de la comunicación mo­derna. Espacio público y vida privada. G. Gil¡. Barcelona. 1993.

(3)Ver J.M. ÁLVAREZ (Coord.) La industria cinematográfica en España. Ministerio de Cultura/Fundesco, Madrid. 1993.

(4) J.M. ÁLVAREZ / J.L. IWENS. El futuro del audiovisual espa­ñol. Fundesco. Madrid. 1992.

(5)En un estudio realizado en 1987 se estimaba la existencia de 101 televisiones locales sólo en Cataluña, sumando las municipales, locales comerciales o no, por ondas y por cable. Unas 40 estaciones tenían una programación estable, con un total de 2.990 horas de programación propia. Ver Emili PRADO y Miquel de MORAGAS. Televisiones locales. Tipología y apor­taciones de la experiencia catalana. Col.legi de Penodistes de Catalunya. Barcelona. 1991.

(6) Ver E. Bustamante/I. Guiu. En E. BUSTAMANTE/R. ZALLO (Coords.). Las industrias culturales en España. Akal. Madrid. 1988

(7) M. MARTÍN SERRANO. El uso de los medios de comuni­cación por los españoles. CIS. Madrid 1982.

(8) Encuesta de comportamiento cultural de los españoles. Secretaría General Técnica. Ministerio de Cultura. Madrid. 1985.

(9) Equipamientos, prácticas y consumos culturales de los españoles. Ministerio de Cultura. Colección datos Culturales. Madrid. 1991.

(10) Eduardo MADINAVEITIA. Ver Vídeo Profesional Año II, núm. 14, Julio‑agosto de 1990.

(11) Encuesta nacional Inmark, presentada en el Primer Simposium Videográfico Nacional de Abril de 1991 por su director, fose María Muriel. Ver Vídeo Profesional, año III, núm. 24. Junio de 1991.

(12) Eduardo MADINAVEITIA. "Los españoles ante el vídeo y la televisión'. Mensaje y Medios núm. 3. Madrid. Octubre-­noviembre de 1988.

(13) Sobre datos de Sofres. Comunicación Social 1993. Ten­dencias. Fundesco. Madrid, 1993.

(14) Carlos LAMAS ALONSO. "La audiencia de televisión en el Estado español". En WAA. Audiencias y programación. TVV. Valencia. 1993.

(15) Ver La Lettre des Medias. 24‑7‑90.

(16) J.M. ÁLVAREZ/ J.L. IWENS. El futuro del audiovisual español.

(17) Alfonso SAN ALDUÁN. Panorama 1990 del empleo de producción y difusión audiovisual en la Comunidad de Madrid. Comunidad de Madrid/Arpegio. Madrid. Mayo de 1991.

(18) Estimación presupuestaria de Noticias de la Comunica­ción núm. 38. Febrero‑marzo de 1992.