Revista Candidus Año 1 - No.9 - Abril / Mayo 2000

ALIENTO AFRICANO

Rubén D. Nuñez B.

El aliento africano que por diezma indígena y fuerza española vino a América, no perdió su raíz a pesar del cruel desmembramiento geográfico y la azarosa carga ideológica europea que lo acogotaba.

            Africa y su gente se las arreglaron para mantener su altivez y dignidad, sus costumbres y creencias, las cuales fueron pasando inadvertidas para el esclavista, fueron arropando el ambiente, haciéndose densa y poblando de ritmo y resistencia, color y corazón a la recién mancillada América.

            Sus ritos y bailes contaron con la magia, la voluptuosidad, la pasión y la sudorosa entrega de la mujer africana, a ella en toda su esencia de mujer, en todo el rico contexto de mujer de este espacio total, van estas décimas:

Se me parte el corazón
negra de sólo pensar
que yo te pueda besar
en la punta del pezón
dentro de mí, cual fogón,
provocas la calentura
cuando quiebras la cintura
con tu lindo tongoneo
pues cada vez que te veo
eres negra mi locura

Bailas a tambor tramao
y suspiro por tu lecho
al ver correr en tus pechos
el sudor como un melao
como pulpa de cacao
tu piel se ha puesto a brillar
y tu sensual tongonear
despierta mis ansias locas
de querer besar tu boca
a la sombra del palmar.

Mi cuerpo negra te espera
en un eterno desvelo
por asirme de tu pelo
y afincarme en tus caderas
pues la sensual meneadera
de tus senos al bailar
me ponen negra a desear
muy adentro de mi alma
que nunca pierda la calma
cuando te vaya a besar.

Pero negra tu locura
cuando suena algún tambor
te llena negra de ardor
y expresas tu sabrosura
eres negra la hermosura
que haces perder la razón
y al llenarme de pasión
pongo mi raza, mi empeño
de hacer realidad mi sueño
de morderte ese pezón.

Me mata tu piel canela
de fina ámbar barnizada
que mi hambre encarnizada
cuida, guarda, quiere y cela,
quiero a la luz de una vela
tocar toda tu tungencia
y busco con suma urgencia
en aspiración eterna
que en tus senos y en tus piernas
queden por fin mis querencias.

En excitante sofoco
recorro una y otra vez
tu espléndida desnudez
en cada parte que toco
en cada sueño te evoco
e imploro cual nazareno
ese sagrado y obsceno
demonio de ti mujer
y hoy te quisiera morder
el pezoncito del seno.

 

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