TELEVISIÓN Y ESCUELA

 

Mauro Doglio

 

La fuerte incidencia del discurso televisivo, especialmente del publicitario, en la configuración del pensamiento, gustos y hábitos de los telespectado­res, especialmente en las jóvenes generaciones, no debe de pasar desaperci­bida para los docentes y demás profesionales implicados en procesos edu­cativos. El autor de este artículo resalta la estrecha relación existente entre el medio televisivo y la educación abogando por el fomento y desarrollo en la escuela de la capacidad crítica necesaria para que el alumnado pueda analizar reflexivamente el discurso televisivo.

 

El problema de la realidad

 

Cuando hablamos de la relación que existe entre televisión y educación, tenemos que tener presente que nos hallamos frente a fenómenos comuni­cativos; es decir, que antes de nada debemos reflexionar sobre el fenó­meno de la comunicación en general e intentar aclarecer qué relación hay entre comunicación y realidad. Si entendemos por comunicación, un medio que transmite contenidos de un emisor a un destinatario, entonces el problema de la televisión no apare­ce en toda su complejidad; sin embar­go, si la entendemos como el medio que crea la realidad, la cosas toman un aspecto completamente distinto.

En la psicología contemporánea se presenta la tesis de la comunicación como algo más que un mero instru­mento que transmite un mensaje; Paul Watzlawick, en la introducción de su libro La realtá della realtá, comenta: “Esta obra se ocupa del modo en el que la comunicación crea aquello a lo que lla­mamos realidad. Esta afirmación puede parecer a primera vista extraña. Sin duda la realidad es la que es, y la comu­nicación es simplemente un modo de expresarla o de explicarla. Todo lo con­trario. Como demostraremos, nuestras ideas tradicionales sobre la realidad son ilusiones que vamos acumulando a lo largo de nuestra vida cotidiana, aún con riesgo notable de intentar que los hechos se adapten a nuestra defnición de reali­dad, y no viceversa. No obstante, la ilu­sión más peligrosa es que exista tan solo una única realidad. De hecho, existen muchas versiones distintas de la realidad, algunas contradictorias, pero todas son productos de la comunicación, y no refle­jos de una verdad objetiva y eterna” (I ).

El texto que acabamos de citar se refiere a la comunicación interperso­nal, pero nada impide aplicar este concepto a las comunicaciones de masas: si la relaciones interpersonales crean nuestra realidad como seres humanos únicos, las comunicaciones de masas crean una realidad de masa. Poco antes del inicio de la Guerra del Golfo, en Italia sucedió un hecho sim­bólico que resalta cómo los medios de comunicación de masas no sólo son medios que informan sobre la realidad, sino que pueden acarrear circunstancias que no existirían inde­pendientemente por sí solas. La espe­ra espasmódica de la guerra que rei­teraba día a día todos los medios de comunicación, evocó en algunos el recuerdo de las miserias vividas durante la Segunda Guerra Mundial, cuando escaseaban casi todos los géneros de primera necesidad, y entre ellos la sal y el azúcar.

 En algu­nas se dieron algunos casos de una adquisición exagerada de estos ali­mentos, cosa que no comportó natu­ralmente ningún problema de abaste­cimiento. Sin embargo, cuando la tele­visión y los periódicos recogieron la noticia, decenas de miles de personas fueron presa del miedo de tener que pasarse sin estos productos. La con­secuencia fue una carrera alocada con el fin de adquirir sal y azúcar en gran­des cantidades, con el resultado de que durante algún. tiempo, los nego­cios estuvieron desprovistos de estos productos. Si la comunicación está en condición de crear la realidad de nuestra vida en las relaciones inter­personales que establecemos con los otros; los medios de comunicación pueden hacer lo mismo pero a nivel de grandes masas.

 

La comunicación como ambiente

 

Si la televisión, como cualquier medio, tiene la capacidad de crear la realidad, es sobre todo importante intentar comprender cómo llega a determinar­se esta realidad. Por lo tanto, es fun­damental reflexionar sobre el concep­to de ambiente. Es lo que rodea y determina nuestra existencia a través de las relaciones con el mundo en el que vivimos, donde desarrollamos o abandonamos ciertas características. Estas relaciones son fundamentales para todos, pero sobre todo, para los más jóvenes, para los que están for­mando su visión del mundo. Karl Pop­per aclara este concepto en un escri­to sobre la televisión: “En la relación entre niños y televisión nos encontramos frente a un problema evolutivo: los niños vienen a este mundo estructurados para cumplir un fin, el de adaptarse a su ambiente. [..] Por lo tanto, estos últimos son dependientes, de modo considerable, en su evolución mental de su ambiente, y a lo que llamamos educación es algo que influye este ambiente en un modo que juzgamos bueno para el desarrollo de estos niños” (2).

Por consiguiente, el ambiente es uno de los factores educativos más importantes para el desarrollo de las jóvenes generaciones, y nuestro análi­sis de la relación que existe entre

televisión y educación tiene que tener en cuenta, a partir de ahora, el hecho de que la televisión es un ambiente para todos nosotros; el niño y el adul­to también definen la realidad, en muchos casos y de manera especial, basándose en las visiones del mundo que se transmiten por la televisión.

Nos hallamos no sólo frente a una forma de comunicación entre otras, sino a lo que constituye y forma los parámetros de interpretación de la realidad por una generación entera. ¿Pero quizá no forma parte esto  constituir los parámetros de interpre­tación de la realidad  también uno de los objetivos de la escuela? Si respon­demos esta pregunta afirmativamente, debemos admitir también que la escuela encuentra hoy en día un rival formidable en la televisión, capaz de ejercer influencia a nivel formativo sobre millones de jóvenes en todo el mundo. Muchos profesores se han dado cuenta desde hace tiempo de esta situación, pero en la mayoría de los casos han reaccionado rechazando el medio mismo y culpando a los jóvenes que lo usan. Aún hoy, muchos profesores creen un motivo de jactancia el hecho de no ver mal la televisión, sin darse cuenta de que al tomar esta postura, se excava una profunda fosa entre ellos y los jóve­nes a los que deben transmitir una cultura y una visión del mundo, y los sitúa en condiciones de no poder comprender a fondo el funcionamien­to de los medios de comunicación más potentes de nuestro tiempo.

 

La comunicación televisiva

 

Por tanto, si la comprensión del medio televisivo es determinante para todos los que están implicados en la educación, probemos a analizarlo a partir del mensaje que transmite; lo primero que nos asombra es la gran cantidad de horas que están expues­tos los jóvenes a este tipo de comuni­cación. Muchos niños ven alrededor de 5.000 horas de televisión antes de empezar la enseñanza primaria; esto quiere decir que hasta el final de la primera infancia, la mayoría de nues­tros alumnos conocen este medio perfectamente, y está acostumbrados a un cierto tipo de comunicación que, como veremos a continuación, es completamente distinto a aquel que se utiliza en la enseñanza escolar.

Podemos decir de forma esque­mática que el mensaje televisivo es:

 

1. SIMPLE, ya que su objetivo es alcanzar grandes masas de población; a menudo no comunica contenidos demasiado difíciles; la presencia de imágenes permite una comprensión  aunque parcial  también a los niños y a los que no tienen una gran cultura.

2. INTERRUMPIBLE. Cuando nos cansamos de ver un programa, pode­mos apagar la televisión o cambiar de canal; la comunicación televisiva no nos requiere un gran esfuerzo, al con­trario de lo que ocurre cuando nos comunicamos con un ser humano, que precisa de nuestra atención y de nuestra participación. Se puede decir que la televisión consiente una per­cepción distraída.

3. HIPNÓTICO, ya que implica los dos sentidos más importante de nuestro aparato perceptivo (vista y oído), y los atrae encaminándolos a una foco luminoso, la televisión pre­senta algunas características hipnóti­cas que no están subestimadas.

4. VARIADO Y RICO EN ESTÍMULOS. El objetivo fundamental del realizador de televisión es mante­ner al que la ve quieto delante de la pantalla, y arreglárselas de modo que continúe viendo esa transmisión y ese canal; por eso el mensaje debe captar la atención a toda costa. Las disposi­ciones duran poquísimo, de modo que nuestro ojo sea siempre solicita­do. Aunque desde el punto de vista de los contenidos, la televisión se preocupa por captar la atención a cualquier precio, transmitiendo esce­nas de sexo y de violencia (también verbal) que seguramente llega a ser un gran factor de entretenimiento, pero que también contribuye enor­memente  como ha subrayado Pop­per  a determinar de forma negativa el ambiente en el que los jóvenes cre­cen día a día. Para empeorar aún más esta situación, los profesores encuen­tran grandes dificultades en hablar de estos mismos argumentos en la escuela, envueltos como están en las redes de una burocracia preocupada demasiadas veces en sólo salvar for­mas vacías.

5. CAPAZ DE CREAR UN “EFEC­TO DE REALIDAD”. El poder de la imagen es inmenso; si vemos algo en televisión nos convencemos fácilmen­te que es verdad. La televisión nos hace creer que vemos la realidad, mientras que lo que nos muestra es una reproducción de la misma y como tal manipulable: si veo un suce­so en el telediario, me hace pensar que se refiere a la noticia que están transmitiendo, aunque quizá se trate de imágenes de repertorio (pero si no lo dicen, el espectador no puede suponerlo).

6.   UN FLUJO. Cuando vemos la televisión difícilmente nos limitamos a un solo programa, sino que tendemos a dejarnos llevar por la masa de infor­maciones que se muestran a nuestra disposición, entrando así en un flujo: después de la película vemos la publi­cidad, después el telediario, luego un trozo del programa siguiente, etc. Pocas veces, se utiliza la televisión como un libro, eligiendo entre las innumerables ofertas, como entres los volúmenes de una estantería, el texto que nos interesa. A menudo entramos en la comunicación televisi­va como si entráramos en un río, quizá queremos ver un solo progra­ma, pero después la corriente nos arrastra.

 

Televisión y vida diaria

 

Ahora reflexionaremos sobre el modo en el que la televisión puede influir, y en muchos casos influye, directamente en nuestra vida diaria y en la de los niños.

I. LA TELEVISIÓN SIGUE ENCENDIDA AUNQUE SE HAYA APAGADO. Todos sabemos, adultos y niños, que la televisión transmite siempre algo, a cualquier hora del día o de la noche. Esto crea lo que se podría definir tomando prestado un personaje de la mitología clásica, como el efecto sirena. Aún cuando no está puesta, la pantalla nos atrae hacia ella, porque sabemos que en ella encontraremos siempre algo que ver. La televisión se convierte entonces, y de manera comprensible, en el princi­pal refugio para el que se siente solo (como les ocurre a muchos niños que viven en las metrópolis).

2. LA TELEVISIÓN ORGANIZA EL TIEMPO. Se tiende a regular los propios horarios basándonos en los programas televisivos. En sí mismo, no es un hecho extraño, aún cuando queremos ir al cine tenemos que salir de casa con tiempo; la diferencia es que al cine o al teatro no se va todos los días y que difícilmente podríamos ir a las sesiones de las siete de la mañana (suponiendo que las hubie­ran). Sin embargo, en Italia se televi­san programas para niños, a la hora de levantarse, algunos son intere­santes y válidos como L'albero azzurro, pero provocan bastantes problemas en muchas familias.

3. LA TELEVISIÓN OFRECE UNA IMAGINACIÓN COMÚN. La televi­sión alcanza a millones de personas todos los días, y para muchos es la principal fuente de información y dis­tracción; es obvio por tanto que se hable a menudo de lo que se ha visto en la tele; las formas de decir televisi­vos llegan a ser de uso común; los espectadores absorben los modelos televisivos, los niños italianos juegan con los Power Rangers durante los descansos en la escuela; si alguno no los conoce, se arriesga a sentirse excluido del grupo, para ser como los demás se tiene que haber visto aquel programa, y quizá haber comprado los costosos muñecos correspondien­tes. Este es el principal motivo por el que el hecho de no tener tele en casa no resuelve el problema de implica­ción; el efecto televisión alcanza tam­bién a los niños de forma indirecta.

4. OFRECE MODELOS DE COM­PORTAMIENTO. Los niños crecen según los modelos que tienen a su disposición, observan a los adultos que los rodean y, poco a poco, apren­den qué hay que hacer para vivir. La televisión multiplica en gran medida estos modelos y en cualquier caso los presenta discutibles. Esto es válido sobre todo para las escenas de vio­lencia o para las historias de terror; no es lo mismo contar o leer a un niño un episodio de terror que hacér­selo ver a través de imágenes. Mien­tras la imagen muestra de forma ins­tantánea el “cómo es”, la lectura obliga al niño a imaginárselo, lo que hace que lo extraiga de su propia experien­cia del mundo, de modo, sin duda alguna, menos traumático.

5. ATRAE LA ATENCIÓN. Cuan­do la televisión está encendida, atrae inevitablemente nuestra atención. Esta es una experiencia que todos recordarán haber vivido alguna vez: cuando la televisión está encendida, es difícil entablar una conversación seria y concentrarse en las personas o en las cosas tenemos que hacer.

 

Publicidad y televisión

 

El análisis que estamos desarrollando se complica aún más por el hecho de que en el interior de ese flujo televisi­vo, se encuentra también la publici­dad. Esta última tiene un enorme poder, y en parte le proviene del hecho de poder disponer de un medio como la televisión.

El mensaje publicitario aspira a hacer que el que lo recibe cumpla una acción, normalmente se trata de adquirir una mercancía. Este tipo de mensaje no es una novedad de nues­tro tiempo, sino que sólo hoy ha alcanzado una importancia de tal mag­nitud en relación al enorme desarro­llo en sentido consumista de la socie­dad. En televisión, el mensaje publici­tario desprende una gran fuerza; vea­mos un poco mejor porqué.

Ninguno de nosotros estamos contentos en perder nuestro tiempo escuchando a alguien que intenta ven­dernos algo que no nos sirve, sobre todo, si lo hace en un momento en el que querríamos relajarnos. Además hoy en día, hay miles de productos en el mercado, que quieren darse a conocer, y nos sumergimos en el coro confuso de los mensajes publici­tarios. Esto acarrea a los publicistas bastantes problemas: ¿Qué hacer para que el que no le apetece escucharlos lo haga también? Tenemos una doble respuesta: por un lado se necesita atraer su atención, produciendo men­sajes cada vez más atractivos, por otro lado hay que poner al cliente en potencia, de modo que no pueda escapar al mensaje. Si el objetivo es el espectador televisivo, que se encuen­tra sumergido en un flujo de informa­ción del que no puede salir con facili­dad, entonces es un blanco fácil. Mientras podamos evitar de algún modo la publicidad de las páginas de

una revista (saltándolas), o las vallas publicitarias de la calle (buscando un banco desde donde no se vean), nos arriesgamos a no salir del flujo cuan­do llega la comunicación publicitaria en televisión: aún apagando el audio, queda siempre imágenes muy seduc­toras de los anuncios publicitarios que nos atraen. Sin contar con que ahora ya, al menos en Italia, la comu­nicación publicitaria va junto a los programas de entretenimiento (me refiero a los patrocinadores, a los jue­gos en los programas para niños que son en realidad publicidades camufla­das y a los televentas, que transfor­man la publicidad misma en un espec­táculo principal).

Detengámonos ahora en los anun­cios publicitarios propiamente dichos para ver más de cerca cómo comuni­ca la publicidad.

 

Cantidad y calidad del mensaje publicitario

 

Las características del mensaje publi­citario pueden ser analizadas desde el punto de vista cuantitativo y cualitativo.

Desde el punto de vista cuantitati­vo, lo chocante es su tronsversalidad, la publicidad comporta utilizando muchos medios de comunicación; en casos semejantes, el mismo producto se presenta día a día en televisión, en las vallas publicitarias, en la radio y en los periódicos y en las revistas.

La segunda característica es la repetición: cuando no estamos seguros de que alguien no nos escucha con atención, repetimos lo mismo. Eso es lo que hacen también los publicistas, reiterar los mensajes varias veces al día.

En muchos casos, cuando se transmiten los anuncios suben el volu­men de la emisión. El motivo es evi­dente, quien transmite sabe que la gente no vería tanta publicidad y que en muchos casos, cuando aparecen, se hace otra cosa, por ejemplo hablar. Por lo tanto, hay que compensar esta pérdida de atención, y una de las solu­ciones es gritar al oído del que escu­cha; al igual que hacen los adultos con los niños que no prestan atención.

No hay que olvidar las grandes sumas de dinero que rodea a la indus­tria publicitaria. La publicidad es uno de los negocios más importantes de nuestro tiempo y son enormes las cantidades que se invierten.

Desde el punto de vista de la cali­dad, hay que observar que el mensaje publicitario conlleva también una fuerza de penetración enorme, por­que se basa en estrategias planeadas por expertos de la persuasión que aspiran a superar las barreras raciona­les, que en condiciones normales nos impediría prestar atención a los otros. El mensaje publicitario no tiene mucho tiempo para convencer, no pueden exponer largos razonamien­tos, que, por otro lado, se expondrí­an a objeciones, por eso debe actuar de prisa, y el medio más rápido es tocar la sensibilidad de las personas. Al examinar los mensajes publicita­rios, observamos que en ellos apare­cen todas las emociones básicas de los seres humanos: miedo, serenidad, alegría, seguridad, etc.

La publicidad de los seguros se basa casi siempre en el miedo; miedo de aquello que podría suceder, del futuro, de los robos. Hace algunos años, una gran compañía de seguros presentó un anuncio en el que se veía un niño montado en un triciclo, y de fondo se escuchaba una música inquietante. Era una escena reestruc­turada de la película de terror El res­plandor de Kubrick. Asimismo, la publicidad de los productos de belleza se basa en el miedo, esta vez del envejecimiento. Su piel, bellas seño­ras, parece sugerir el mensaje, no envecejerá a menos que tomen medi­das.

Otro ámbito emotivo que tratan los publicistas es el del instinto sexual. Como consecuencia de esto, es el abuso de la imagen del cuerpo, y de modo especial el femenino, para introducir productos de todo tipo. Asimismo se utiliza mucho el deseo de sentirse parte de una comunidad. Son la base de muchos anuncios que hacen publicidad de bebidas y merien­das. El mensaje es. “Si quiere sentirse parte de un grupo (de chicos y chicas, hombres y mujeres, guapos y desea­bles) coma, beba esto, etc.”

Al profundizar así en la relación entre niños y publicidad, nos damos cuenta de un hecho inquietante, o sea que los niños no llegan a comprender siempre que la publicidad es publici­dad. Hasta una cierta edad, que varía de un niño a otro, aunque la media está en los ocho años, no se distingue la realidad de la fantasía, una muerte fingida de una verdadera, la publicidad del espectáculo de variedad. Los niños son mucho más vulnerables que los adultos al bombardeo de los mensajes persuasivos, y esto los publicistas lo saben muy bien. Saben que los niños son más propensos que otros a creer en lo que ven. Por eso, muchos niños han comprado algunas astronaves de juguete para luego darse cuenta que no volaban, como hacían ver en tele­visión, y gracias a las protestas de muchos padres hoy en día los anun­cios muestran cómo los niños hacen volar las astronaves. Lo mismo ocurre también con los productos alimenti­cios, un niño que ve a otros niños cómo muerden golosamente un cier­to producto lo lleva a pensar que esos niños no estaban actuando sino que eso era la realidad.

 

 

 

Escuela y televisión

 

Llegado a este punto, se trata de extraer conclusiones de nuestro dis­curso y preguntarnos qué relaciones hay entre la televisión y la escuela. Antes de nada, debemos aclarar que la escuela se encuentra, respecto al mensaje televisivo, en un plano de competencia; ya que la escuela y la televisión son ambos medios de comunicación; y sus estructuras comunicativas que transmiten conte­nidos a grandes masas de personas de manera que influyen en sus visiones del mundo y en sus comportamien­tos. La escuela y la televisión repre­sentan para los jóvenes cursos de for­mación, cuyos objetivos en muchos casos divergen sensiblemente. En esta contienda, la televisión lleva ventaja porque es la primera que se comunica con los niños. Antes de empezar con la enseñanza escolar, muchos de ellos están ya familiarizados con un mensa­je que tiene unas características com­pletamente distintas a lo que tendrán que hacer en el colegio.

Como hemos visto, el mensaje televisivo es fácil, y no requiere un gran esfuerzo, el escolar pierde con­centración y aplicación muchas veces, la enseñanza escolar no permite una percepción distraída, y no puede inte­rrumpirse cuando se quiere. El men­saje televisivo es un flujo, mezcla las cosas rápida y fluidamente, dificultan­do el análisis, mientras que en la escuela se tiende a aislar los proble­mas para poder analizarlos con calma.

El análisis de la publicidad nos per­mite profundizar también en las opo­siciones que existen entre los dos cursos de aprendizaje. El mensaje publicitario tiene a persuadir a quien lo recibe, lo mismo intenta hacer la escuela; la diferencia radica en el objetivo de este esfuerzo persuasivo. La publicidad en su conjunto tiene como finalidad inmediata la venta de productos, nos persuade día a día que es importante poseer cosas, parecer de una cierta manera, que nuestra felicidad depende de aquello que tenemos. Por otro lado, la escuela intenta enseñar algo muy distinto, que no es tan importante poseer cosas cuanto saber usar bien los instrumen­tos que tenemos a nuestro alcance, que no es tan importante lo que una persona parece, y que nuestra felici­dad, más que por lo que tenemos, depende de lo que somos. La publici­dad intenta persuadir teniendo como objetivo el interés de algunas perso­nas, la escuela refleja el interés de toda una colectividad.

Para afrontar la competencias de otros medios de comunicación, la escuela debe antes de todo aceptar el desafío comunicativo que ellos expo­nen; conocerlos a fondo sus conteni­dos y formas y, a partir de éstos  intentando explotar todas las poten­cialidades comunicativas  volver a pensar en su método de comunica­ción, teniendo en cuenta que el profe­sor se encuentra hoy, de grado o a la fuerza, frente a una sociedad multime­dia.

 

Notas

 

(I) WATZIAWICK, P.: La realtà della realtà. Roma, Astrolablo/Ubaldini, 1976

(2) POPPER, K.: Cattiva maestra televisione. Reset, 1994.