LA ESCUELA QUE PODEMOS, TENEMOS, QUEREMOS ENCONTRAR

 

Un grupo de alumnas y alumnos de la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de Málaga reflexiona críticamente sobre las múltiples vivencias, sensaciones y reticencias percibidas y vividas durante el periodo de prácticas en distintas escuelas de la zona.

 

Con un rollo de papel con póliza en la mano, y tras una nueva selectividad, me presenté ante la puerta del colegio en que pase buena parte de mi infancia. No pude por menos que recordar todas las frustraciones y humillaciones que tuve que padecer para sobrevivir en este enrarecido ecosistema. Aumentado por el nuevo prisma que me proporcionaron las lecturas, los debates, la reflexión durante mi paso por la facultad, afloraban en mi sentimientos de rencor y deseos de hacerlas pagar todas juntas a aquellos ‑ahora podía calificarlos así, usando mis nuevas armas - "malos profesionales", no por buscar un resarcimiento personal, ya que, a fin de cuentas, he sido una de las hijas no sólo supervivientes sino queridas por el sistema (y, por esta razón, prevista y previsible), sino por todos aquellos que tuvieron que sufrir o no supieron o no pudieron o no quisieron o temieron utilizar las suficientes estrategias de supervivencia o, al menos, de resistencia pasiva. Tal como yo entendí en su día que debía hacer, convirtiéndome en una especie de colaboracionista complaciente. Ahora el enemigo (tuve que reconocer en cuanto vi a los antiguos culpables saludarse amigablemente, cartera en mano, en la sala de profesores a la que tendría que presentarme tarde o temprano), no sólo fueron aquellos maestros y maestras, sino todo un universo de personas, ideas, resistencias y, sobre todo, inercias que engullían a los profesionales en una especie de nada para historias interminables, en un no-ser que era también un no-pensar y un no-actuar. Este cosmos definía ya una palabra de reminiscencias sombrías: sistema, que iba más allá de un misterio o unos párrafos en un boletín oficial, pero que los incluía en el banquillo de los acusados. Saltar por los aires tal mecanismo se me revelaba, en aquel momento, una necesidad incuestionable, una exigencia, tanto más cuanto veía, semiescondida detrás del quicio de la puerta esperando la llegada del director, cómo aquellos no-profesionales (condescendiendo: aún-no-profesionales o no-profesionales) reían, comentaban partidos de fútbol, películas, series televisivas, escenas familiares, noticias de diario, novedades sindicales, cursillos cumplidos, sin aparente menor interés por la auténtica repercusión que sus acciones tenían sobre las personas a las que se debían. O yo misma estaba dejándome llevar por el rencor. Pero no, la maquinita seguía con la suficiente cuerda como para continuar rodando con su propia inercia por los siglos, y ninguna de sus ruedecitas y resortes parecía preguntarse por qué seguir contribuyendo a ese movimiento perpetuo e irreflexivo. Tendría que convertirme en la cuña que lograra la desestabilización del sistema, el conflicto,... el cambio. 

Entonces sentí que me ruborizaba. No podía creer que alguien como yo, que había rehuido durante tanto tiempo el compromiso tanto con las compañeras y compañeros como conmigo misma pudiera pensar de manera tan radical, tan acusadora, tan paja en el ojo ajeno. La facultad, te da las armas y te las quita. Lugar tan dominado por inercias, por el tácito "todo debe seguir así", tan sumido en la dinámica de un discurso que por su redundante hipocresía no es más que el estertor de un cadáver que no se acaba de morir nunca, hipócrita como la sociedad misma, llena de miserias y, a la vez, tan humana, tan mecánica. Y yo también fui facultad, esa facultad. Tanto que se acabó de convencer, como a muchos otros, de que nuestro papel en aquel sitio era acumular y callar, y tener muy presente quién tenía el poder. Durante mucho tiempo mis preocupaciones se limitaban a amontonar folios y más folios garrapateados en interminables conferencias magistrales diarias, a procurarme el mejor sitio en las diversas colas, a conseguir antes de que otros intentaran, a tratar en definitiva de adivinar qué era lo que los profesores deseaban de nosotros y nosotras, es decir, acertar a escoger el formulario más adecuado para pasar sin demasiadas tensiones por delante de su ventanilla de funciona­rios prestos a estamparte un sello más allá de la frente al menor descuido. "Supervivencia", aducía cuando alguien más comprometido que yo en desenmascarar la situación recriminaba nuestra actitud pasiva. Y esa pala­bra me dejaba un mal sabor en la boca.

La crítica no sirve de nada si no se acompaña de, al menos, la intención de actuar. Es una de las cosas que aprendí de algunos pocos compañeros y algunas pocas personas que circunstancialmente también son profesores y profesoras de esta facultad, pero que para algunos y algunas de nosotros fueron mucho más que visera y manguito y desayuno a las diez. Más que la interminable hilera de las ideas en pasta de papel de los más aplaudidos académicos, más que los lemas y exhortaciones para la acción, más que la palabra, estos pocos maestros y maestras me permitieron presenciar su esfuerzo por comprometerse con los alumnos en un lugar y desde una función e intereses tradicionalmente muy desfavorables, me enseñaron a enseñar escuela haciendo escuela, el trato humano y amigable, tan lejano de lo que todos pensamos alguna vez que debía de ser la universidad. Ahora era mi turno. Y sigue siendo mi turno.

Desde luego, tendría que hacer gala en la escuela de una habilidad que no tuve en la academia para granjearme amistades y cómplices para algo que tendría bastante de lucha. En ese momento, en esa escuela, ante esa sala de profesores, tras un quicio poco amable, entendí que no podría volver a esconderme como antaño en una cómoda posición táctica de resistencia; mi exigen­cia personal, mi propia idea de profesionalidad, que sólo podía entender como compromiso ético, necesitaba objetivarse en actitudes radicales, en no conceder tiempo a la monotonía, al engatusamiento de la rutina, al dejarse atrapar por la nada que muchos de los que allí se sentaban no tardarían en predicar, con la buena intención de quitarme ilusiones y miedos y hacerme aceptar, con la humildad que una novata se supone que debe mostrar, lo que la voz de su experiencia diría acerca de la dificultad, la desilusión, la imposibilidad y demás frustraciones que la profesión, tarde o temprano, me acarrearían, tal como a ellos y ellas acabó por atra­parlos, aún asegurando que lo habían intentado todo. Y a mí nunca me había parecido esta actitud demasiado resistente. Entendía necesario rescatar a los que tuvieron alguna vez la ilusión que a mí ahora me embargaba con un ímpetu casi visceral, y tratar de marginar, o al menos molestar, a aquellos que nunca la sintieron. Nada me repugnó más, mientras los observaba de soslayo, apoyada en la vieja pared frente a la puerta repintada, que entender que había allí más de uno y más de dos que sólo estaban allí por el sueldo. Pero no me sorprendía. Era algo que ya había intuido cuando fui escolar, bachiller o estudiante universitaria y acabó de revelárseme con especial dureza en las prácticas de docencia.

Mi táctica, por tanto, debía ser la de no callar y, sobre todo, la de demostrar con mi quehacer que todavía podría salvarse la profesión (mi profesión), intentando, errando y volviendo a intentar; la de hacer ver que el compromiso con la educación pasaba por el compromiso con los alumnos y alumnas y con la entera sociedad; la de convencer que era posible hacer otra cosa, pero con un esfuerzo que más nos valdría aceptar de antemano. Con sólo intentarlo ya se habría conseguido introducir una cuña -pequeña, pero molesta- en el engranaje esa era, por tanto, la misión que me había encomendado a mí misma... y que necesitaba del concurso de los demás. Mi idea de profesional no se acababa en mi persona; me haría más profesional si los demás también lo intentaran. Si en esta estrategia me buscaba enemistades y antipatías, era un riesgo que merecía la pena ser corrido, y reforzaría la creencia en mis convicciones. Si conseguía adhesiones y compromiso auténtico, lo habría conseguido casi todo: mi propia exigencia hacia mí y hacia los demás se convertiría entonces en recíproca, el camino hacia la autocomplacencia y el abandono se tendría que cerrar casi irremediablemente. Mirando la sala con más detenimiento, pensé que serían los rostros más jóvenes los que más entusiasmo podrían llegar a mostrar (aunque nunca se sabe si detrás de un rostro joven se encuentra un alma de la misma edad; sólo era un cálculo de probabilidades). Todo era cuestión de atraverse a proponer, de ofrecer la visión de una persona que confía, porque no tiene más remedio, en las propias ideas e intenta luchar por ellas. En una escuela como la mía, los celos, el encerrarse cada uno en su aula, en la tácita admisión de que nadie podría entrometerse en el trabajo de los demás, no cabría. Tarde o temprano, tendrían que aceptarlo.

El director llegaría hoy tarde, a juzgar por los comentarios que corrían por la sala acerca de la enfermedad de uno de sus hijos. Un hombre de unos cuarenta años se acercó a mí.

- Hola, que tal -me dio con desafecto la mano-. Tú debes de ser la nueva, Almudena, ¿no? Soy Paco, el jefe de estudios. Ven por aquí, que te vamos o buscar el sitio...

Mientras me conducía por el pasi­llo en busca de mi primera aula pensé en responderle: "No. Me temo que tendré que ser yo la que busque mi espacio en esta profesión".

Pero aún no era el momento.