RECONSIDERAR EL PROYECTO DE LA MODERNIDAD EN EDUCACION

 

J. Félix Angulo Rasco*

 

Con pluma ágil e incisiva, el autor nos va desvelando desde el campo teó­rico, los distintos elementos que conforman la modernidad y la post­modernidad. Se adentra en el campo de la economía política para resituar­la como teoría de vida y de organización social. Rechaza el neoliberalismo y defiende el mantenimiento del proyecto moderno de educación.

 

Tiempos de mudanza y tiempos de crisis.

 

La vieja y eterna pregunta de ¿dónde estamos? puede tener tantas respuestas como sujetos la formulan; pero más allá de dicha pluralidad, es posible y, desde luego, necesario, acotar sus diversidades.

Una primera, y en ocasiones única respuesta viene a mostrar la inseguridad de toda generación con respecto al tiem­po que le ha tocado en suerte. Esta res­puesta suele expresarse con un rotundo: estamos en crisis; acompañado, con el muy conocido, aunque a veces velado en su expresión: hay tiempos pasados que fueron mejores que el presente. La verdad es que este presente, como cualquier otro, nos amedrenta un tanto, nos intranquiliza en relación al futuro que prefigura pero que apenas vislumbra, como si fuera una ima­gen borrosa que requiere de la correc­ción óptica de la experiencia que nos queda por vivir y sentir. Ese temor nos lleva con demasiada frecuencia a lamentar el estado en el que se encuentran genera­ciones más jóvenes que la nuestra o, alcanzada la madurez, a lamentar el futuro que les espera a la vuelta de sus bisagras experienciales.

He de confesar que aunque he llega­do a caer en tales loci comunes, también he conseguido arreglar esta distorsión. Nuestro tiempo es el que nos ha tocado y tiene la complejidad que tiene. El pasa­do tuvo sus complejidades, sus logros y sus errores, como así lo tendrá nuestro presente y el futuro de los demás. La cosa es simple y llana, cada generación afronta sus problemas, que en parte son de su exclusividad y en parte heredados de generaciones precedentes.

Hemos de reconocer que esta posi­ción es más una cura de urgencia que una solución definitiva desde la que pensar y actuar. Nuestra primera responsabilidad se encuentra en escapar de la paralización a la que nos pueden llevar nuestros temores y ejercer aquello que nos dignifi­ca como seres humanos; estoy hablando de nuestra capacidad de análisis.

Cualquier análisis necesita unas míni­mas coordenadas, así que quisiera esta­blecer las mías, esperando la benevolen­cia de las lectoras.

Tengo la impresión que para com­prender el momento actual, de un modo que pueda iluminar nuestro campo de trabajo y de desvelos, necesitamos conju­gar tres parámetros que formarían una encrucijada desigual, pero encrucijada al fin y al cabo.

En estos momentos nos encontramos en la confrontación de tres tendencias, o tensiones no equiparables y, hasta ahora, no excluyentes: por un lado, la moderni­dad, que todavía en todos sus aspectos, respira por los poros intelectuales de algunos pensadores y por las escisiones y resquicios de nuestro mundo social y político; por el otro, la, así denominada, post modernidad ha irrumpido con enorme fuerza discursiva, y con más que nota­ble aceptación, como sustitución de los viejos arcaísmos, caducidades y errores de la modernidad. Entre estas dos coor­denadas, podemos ver la infiltración de una economía política que más allá de su campo propio de acción se está transfor­mando, o si lo prefieren, se ha transfor­mado en una teoría de vida y de organiza­ción social.

Estas son mis coordenadas. Veámos­las con más detalle.

 

¿Pasada modernidad?

 

Si comparamos con detenimiento, son muchas más las cosas que la modernidad ha prometido de las que en definitiva ha traído y logrado, en todos y cada uno de los terrenos en los que nos propongamos rastrearla. En el conocimiento no pode­mos negar el avance de la ciencia y la tec­nología que ha ocupado el lugar más alto de lo que hemos denominado progreso de la razón. En las ciencias sociales, no sin enormes tensiones, hemos sido testigos del surgimiento de grandes teorías, de nuevos enfoques no positivistas para acceder a la comprensión del mundo; incluso en alguna medida no banal, hemos redescubierto la idea práctica (la praxis aristotélica) como forma propia (y hasta revolucionaria) de cambiar nuestra reali­dad social, en contraposición a la raciona­lidad tecnológica.

La modernidad política, nos permitió conjugar al menos el ideal de la autono­mía del individuo y de la libertad, del con­senso ciudadano bajo la protección bené­vola de estados naciones reconciliadores, de la ampliación del espacio público de diálogo y confrontación política justa, de participación democrática en la confor­mación de la voluntad política y de un cierto liberalismo compenetrado en ocasiones con una socialdemocracia renova­da o, a decir de algunos, transmutada.

Si en el conocimiento, la modernidad, pareció que nos había alejado definitiva­mente de la oscuridad, en la política nos ha permitido mantener la confianza en la sociedad, en la libre disposición de los indi­viduos y en su capacidad de organización y relación comunicativa como ciudadanos.

Bien es cierto, que en ninguna de las esferas que acabamos de señalar, las invo­caciones y las realizaciones han estado exentas de enormes y dolorosos conflic­tos, además de que analizada nación por nación y momento histórico por momen­to histórico el resultado no es, desde luego, ni armónico, ni positivo.

El conocimiento científico arrastra la pesada carga de sus consecuencias deses­tabilizadoras, el desequilibrio que está provocando en nuestro planeta, su utiliza­ción interesada y arrogante. Las episte­mologías empiristas han dejado una impronta indeleble en nuestras concep­ciones, y la razón tecnológica todavía apa­rece bajo el reflujo de nuestras pretensio­nes de cambio.

Pero la política se ha mostrado, es triste decirlo, mucho más desequilibrada e incumplidora de sus anunciadas prome­sas y sus esperanzadoras nuevas. Apenas hemos podido ver realizada la idea de ciudadanía y de individualidad autónoma, los estados han consolidado una burocra­cias autoperpetuadoras, omnívoras e insensibles y la democracia se ha conver­tido, bajo el férreo dictado de los parti­dos, en monopolios aislados y en asunto de mercadería. La disidencia, la diferencia y la crítica han sido perseguidas y anate­mizadas; la búsqueda de libertad ha esta­do siempre bajo sospecha y en general proscrita.

Entraríamos en un terreno del auto­engaño si no fuéramos conscientes de estas y otras negatividades de las que DAVID LYON (1996) ha ofrecido un inven­tario: alienación, explotación, anomia, control, extranjerización, burocratización (jaula de hierro). Pero también, nos arro­jaríamos en brazos de la imperdonable demagogia si no contrapusiésemos las pretensiones no realizadas, los logros más relevantes y las posibilidades abiertas y, ahora, no sólo imprescindibles sino inclau­surables, con su legado más negativo.

 

¿El futuro postmoderno?

 

Parece, no obstante, que la situación es otra y que la modernidad está agotada y exhausta. Desde hace más de una década, se nos ha repetido con insistencia que nuestro mundo se ha transformado y que hemos de abrir paso a las nuevas concep­ciones que sustituirán, cuando no borra­rán de nuestro entorno vital, a la vieja modernidad. Se trata de un paso adelan­te, de algo que viene luego, que nos lleva al futuro y que constituye nuestro pre­sente; se trata en definitiva de una post­modernidad.

Bajo esta etiqueta se agrupa también la diversidad. Y es necesario que aquí sea­mos cuidadosos y selectivos. En primer lugar, como anunció JEAN FRANÇOIS LYOTARD (1989) el estatus del conocimiento está cambiando. Un cambio que afecta radicalmente al núcleo de su desarrollo y progreso: las grandes narrativas que han servido de legitimación del futuro huma­no anhelado están bajo sospecha o prácti­camente hechas trizas. En sustitución de las narrativas de emancipación, libertad y democracia, los sujetos no tienen un punto central en el que apoyarse vital e intelectualmente. "Postmodernidad  afir­man ROBIN USHER y RICHARD EDWARDS (1994: 10)  describe un mundo en el que la gente tiene que proceder sin referentes fijos y puntos de anclaje tradicionales. Es un mundo que cambio rápidamente, inestable, donde cambia el conocimiento y los significa­dos flotan sin las fijezas teleológicas tradicio­nales que le proporcionaba fundamento y sin la creencia en el progreso inevitable".

Los sujetos han de convivir ahora con la incertidumbre como vana sujeción inte­lectual; una incertidumbre aclamada y rei­vindicada que se expresa por la compleji­dad, por los significados plurales y flotan­tes. El desaparecido centro discursivo, tras el big bang de la modernidad, se ha transformado, al decir de J F. LYOTARD (1992:31), en "millares de historias, peque­ñas o no tan pequeñas, que continúan tra­mando el tejido de la vida cotidiana".

No confundamos esta situación con la crisis de los paradigmas anunciada en la década de los sesenta; allí se trataba de aflojar las férreas tenazas de un positivis­mo estrecho y a histórico, de reintrodu­cir en el conocimiento científico nuevas posibilidades epistemológicas, de repen­sar la linealidad del progreso en razón de los cambios revolucionarios, de aceptar la presencia del contexto de descubrimien­to y del juicio en toda creación de cono­cimiento y de devolver a la 'verdad' un estatuto menos logicista y menos empirista (2).

Lyotard, no rechaza, todo lo contra­rio, la preeminencia de la tecnociencia. Es más, liberada de las ataduras de las meta­narrativas, la tecnociencia moderna no requiere legitimidades en las que apoyar­se; el progreso científico es un progreso sin fines humanos, nos lleva allí a donde podemos adquirir y realizar nuestros deseos y nuestros consumos. La tecno­ciencia, y especialmente en las comunica­ciones, supone una nueva mediación cog­nitiva sin rumbo fijo, sin bitácora. Nos encontramos ante dos posibilidades no excluyentes: las micronarrativas y las no narrativas de una ciencia fuertemente tecnificada (LYOTARD 1992). Parecería como si no hubiera otro lugar u otro espacio epistemológico.

Quizás tendríamos que plantear las cosas desde otra posición. No tengo muy claro que la pérdida de dichas metanarra­tivas sea un acontecimiento a celebrar, pero sin duda las tendencias que han enfrentado en los últimos 15 años ciertos supuestos de la modernidad epistemoló­gica, constituyen a mi juicio, elementos notables para nuestra comprensión como sujetos y para la comprensión del mundo social, sin que, por su aceptación, tenga­mos que dejarnos llevar por la anti utopía de la innecesaria búsqueda de legitimidad.

Quisiera señalar a la sociología crítica  con parte del post estructuralismo- (VALERA y ALVAREZ URIA 1994) y el influjo de los nuevos movimientos sociales (SEIDMAN 1994), como ejemplos a tener en cuenta. No me puedo extender aquí, pero me gustaría señalar algunos elemen­tos interesantes como los siguientes: el descubrimiento de la subjetividad y las formas de subjetivación establecidas; la imposibilidad de separar el conocimiento, los valores y la política; los nuevos ámbi­tos de análisis restituidos como el cuer­po, la sexualidad, el género, la raza, la identidad y el poder que reproduce y produce a todo lo demás.

Estamos frente a un reto a la moder­nidad y sus olvidos, pero no creo que se trate de una descalificación radical y total a la misma. La propia modernidad, como antes señalaba, ha generado sus procesos de autocrítica. Si, por el contrario, creyé­ramos que se trata de abandonar definiti­vamente y para siempre cualquier afini­dad con el marco de conocimiento de la modernidad, ciertas preguntas aparecerí­an, no sólo como vitales, sino como des­veladoras de una gran mascarada, de un engaño epistemológico de gran alcance: ¿qué sentido tendría reivindicar la subje­tividad?, ¿para qué el género o la identi­dad si lo único aceptable es una indivi­dualidad aislada movida por sí misma y sus deseos?, ¿de qué la identidad si se nos habla de su imposibilidad?, ¿sin valo­res cómo defender el multiculturalismo mismo y el movimiento feminista? ¿No estaremos olvidando que cualquier pos­tura plantea la legitimidad de su lugar y de su discurso; y que lo que necesitamos es repensar la legitimidad moderna desde las nuevas raíces y desde los nuevos acontecimientos? (3) Luego volveremos sobre este punto.

En segundo lugar, la postmodernidad también encuentra su expresión en una especie de nueva plataforma cultural: el consumismo. La individualización expresi­va, que mencionábamos antes, se palpa en la importancia recobrada por las capaci­dades expresivas del yo individual, que apuntan al emotivismo como, también, al hedonismo (LIPOVETSKY 1994) (4). Un hedonismo reflejado para DANIEL BELL (1977) en "la idea de placer como modo de vida" y la "satisfacción del impulso como modo de conducta", que conforman la imago cultural de nuestras sociedades avanzadas. Las 'restricciones puritanas y la ética protestante' (WEBER 1969) que tanto coadyuvaron al desarrollo capitalis­ta, han sido relegadas y apartadas como formas culturales de vida, lo que, para dicho autor, supone una quiebra cultural sin precedentes en y para el capitalismo.

Aunque Daniel Bel¡ esté en lo cierto con respecto a la sintomatología, cree­mos que se equivoca en el pronóstico. Los indicios son correctos, pero olvida el hecho de que la postmodernidad 'cultu­ral' sugiere una reacomodación económi­ca. Puede que la nueva imago cultural sea nada menos que el marco imprescindible para el desarrollo económico a finales del siglo XX. El mercado, resituado en una economía de oferta, encuentra en las nuevas necesidades emotivas el terreno apropiado para su expansión. La satisfac­ción de la emotividad se troca en consu­mismo: consumo de servicios, de bienes, de estéticas y de estatus.

Esta es la otra faz de la post moderni­dad, la que nos dice que los estilos de vida pivotan en tornó al consumo de masas y la circulación de bienes simbóli­cos y materiales. Un consumo, en fin, que requiere una economía atenta a la demanda y, en la materialización más impactante de la tecnociencia, la incita­ción constante del deseo, de la posesión que no posee, de la insaciable mercadería de la subjetividad y de la información sub­yugada por los mass media.

" No sólo consumismos objetos y pelícu­las sino también la actualidad escenificada, lo catastrófico, lo real a distancia. La infor­mación se produce y funciona como anima­ción hiperrealista y emocional de la vida coti­diana, como un show semiangustiante semi­rrecreativo que ritmo las sociedades indivi­dualistas del bienestar. La liturgia austera del deber se ha ahogado en la carrera jadeante de la información, en el espectáculo y en el suspense posmoralista de las noticias" (LIPOWETSKY, ¡bid: 54).

Aunque en principio parezca que se han roto ciertas barreras como la que separaba la cultura de masas de la cultura de élites, no nos encontramos  tras el derrumbe  con un campo cultural de reconocimiento y mucho menos de emancipación. Todo lo contrario: la cul­tura consumista, apropiándose de nues­tro deseo, descentrándolo y acaparándo­lo, nos han llenado de vacío y de insatis­facción. Para LIPOVETSKY (1994:55 y ss.) se trata de un doble proceso: desculpabilizar y liberar el culto individualista del presen­te. Parece que sólo se puede consumir sin medida, sin término, cuando hemos aceptado que el consumo es parte de nosotros, cuando consumir es un acto de afirmación, no un problema moral.

Pero el consumo requiere oferta y provoca demanda; y la demanda, produc­tividad. La productividad post moderna se ha instaurado con el beneplácito y el apoyo de un nuevo régimen económico, una nueva economía que exige a su vez consumo constante, deseo infinitamente insatisfecho.

 

La llegada de la economía neoliberal

 

Seríamos injustos si cargáramos todas las culpas del neoliberalismo a la postmoder­nidad. En la cultura postmoderna, es cier­to, que predominan y se hacen presentes los mecanismos neoliberales del consu­mo, estoy incluso dispuesto a aceptar que el consumo se ha enseñoreado como un nuevo Jano que sirve a uno y a otro, como interface por la que la economía de mercado capitalista se relaciona biunívocamente con los deseos y placeres de los sujetos, en ocasiones compulsivos.

El capitalismo los necesita, son parte de su motor productivo. La diferencia la encontramos en que este capitalismo renovado, no centra su discurso ideológi­co exclusivamente en la productividad, sino en la oferta. Tener mucho para con­sumir, afectar a las psicologías individuales de los sujetos en la compulsión de sus deseos y sus demandas, y es a ésto a lo que se aspira; la producción, por decirlo así, viene luego.

La economía nueva sigue siendo una economía capitalista, remodelada pero capitalista al fin y al cabo. El fordismo modernista, el industrialismo (que desola­ron nuestra naturaleza y denigraron a sectores enteros de la sociedad) y, desde luego, sus complementos como las políti­cas públicas keynesianas de bienestar y la regulación 'pactada' del trabajo, son ahora obstáculos, disfunciones en la acu­mulación capitalista, no crean más que déficit fiscal, paro e inflación. La respues­ta, se dice, no puede ser otra que volver a situar la primacía del individuo allí donde surgió: en el mercado (HAYECK 1980; FRIEDMAN y FRIEDMAN 1980; BUCHA­NAN y WAGNER 1983).

La vía experimentada parcial o total­mente por las economías de los países avanzados (y trasladada de la mano del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional a otras naciones) ha sido una especie de mezcla entre economía monetarista y políticas de oferta. Se ha pretendido reforzar las fuerzas del mer­cado, libres de la mano visible del estado, devolviendo a la iniciativa privada lo que, supuestamente, se le había sustraído, reformulando, además, la organización productiva a través del así denominado postfordismo. Los nuevos lemas son los de privatización, globalización, desregula­ción, estado ligero, productividad sin excedentes y otros por el estilo (5).

Me gustaría insistir aquí en dos cues­tiones que están íntimamente imbricadas con la postmodernidad cultural; me refie­ro a la ideología social del mercado y la sobre estimación de lo privado sobre lo público. Me parece que pocas dudas pue­den abrigarse sobre la necesidad que una cultura del consumo tiene para desarro­llarse de la existencia de un mercado ili­mitado; un mercado que no hace única­mente referencia al hecho de la compra venta de mercancías, servicios, informa­ciones y símbolos, sino a algo más impor­tante: a la asunción del mismo como motor y conformador de la vida cotidia­na, como espacio de relación 'social'. Lo privado aparece como principio general, en razón de que sólo agentes privados (en su propia individualidad) pueden ser agentes del consumo, únicamente los agentes privados son consumidores.

Los derechos generales y públicos de la ciudadanía, los derechos que se adquirí­an por nacer en y pertenecer a una colec­tividad, han sido suplantados por los derechos del consumidor. Lo público, lo que nos permite asumir nuestras obliga­ciones frente al resto de la colectividad, se sustituye por lo privado, por el poder del cliente que exige sus derechos en razón de su posición en el mercado.

Este acontecimiento afecta a otras esferas y no sólo a la economía, y se ali­menta, como ya hemos indicado, en las posibilidades ilimitadas de la globalización informativa, de las redes que ahora ya definitivamente tienen su explicación en los flujos económicos y en la acumulación no necesariamente productiva. ¿Para qué necesitamos una democracia de participa­ción si nos basta con que las élites políti­cas velen por que la red permanezca en funcionamiento, si ya no parece necesario referirnos a los ciudadanos y si siendo clientes el mercado proporciona las más importantes satisfacciones? ¿Para qué necesitamos el estado, si las redes son autónomas y no hay frontera que las detenga? ¿Para qué necesitamos espacios públicos si la pantalla del televisor nos devuelve y desnuda otras privacidades dándonos la posibilidad de hacer lo mismo, de hablar sin esperar respuesta, de disputar sin que sea imprescindible razonar o llegar a algún acuerdo, de ver sin identificarnos? ¿Para qué la libertad colectiva y el bienestar público si la indivi­dualidad del consumidor y el arquetipo del cliente son más que suficientes? ¿Para qué la solidaridad y la preocupación humana, si todos tenemos, tal como se nos dice, la oportunidad de medrar en el mercado; si es nuestra la responsabilidad del fracaso? ¿Para qué, en fin, todavía arrastrar la pesada carga de la educación pública heredera del lluminismo y conso­lidada en la Modernidad, si la educación es también una mercancía?

 

La educación escolar: ¿antiguo tesoro?

 

En la educación escolarizada nos encon­tramos con estas mismas tesituras por poco que nos esforcemos en nuestro análisis. Piénsese que la escuela se erige con la modernidad en la institución edu­cadora por excelencia, protegida y monopolizada, a la par, por el estado, que sólo a regañadientes ha ido consintiendo una participación ciudadana más amplia.

Con la escolaridad, ha señalado TOMAZ TADEU DA SILVA, toman cuerpo "las ideas de progreso constante a través de la razón y de la ciencia, de creencia en las potencialidades del desarrollo de un sujeto autónomo y libre, de universalismo, de eman­cipación del espacio público a través de la ciudadanía, de la progresiva desaparición de privilegios hereditarios, de movilidad social La escuela está en el centro de los ideales de justicia, igualdad y distributividad del proyec­to moderno de sociedad y política"

(1995: 273).Se trata de un doble vínculo: la esco­laridad es la vía de acceso a los derechos de ciudadanía, el terreno de la socializa­ción individual; a su vez, es un derecho ciudadano propio de la modernidad que no puede ser sustraído a nadie.

Este proyecto escolar está cierta­mente en quiebra: mientras la postmo­dernidad ha cuestionado al sujeto de la modernidad (TADEU DA SILVA 1997) cuya producción primigenia estaba encargada a la escolaridad pública, el neoliberalismo está arrasando los cimientos ideológicos, políticos y económicos en los que se asentaba. Por todos los frentes la educa­ción escolar se encuentra acosada.

No tengo claro que la postmoderni­dad (y el post estructuralismo) hayan des­baratado los supuestos teóricos de la escuela en la modernidad, como indica Tomaz Tadeo da Silva; pero, desde luego, el neoliberalismo se está encargando de hacerlo en la práctica. Y puede que por ello, como dicho autor afirma, el proyec­to educacional moderno sea "un paciente terminal".

Carente de sentido este proyecto, no resulta complicado desplazar la educación de la esfera pública y colocarla en las manos de la iniciativa privada, gerenciali­zar su funcionamiento, introducir en ella el ahora aplaudido sentido de la compe­tencia y la rentabilidad, y acentuar la acción técnica sobre la política. Los dere­chos del ciudadano sobre la educación se trocan en derechos del cliente a elegir en el incipiente pero considerable mercado educativo; se le ofrecen centros de cali­dad, excelentes, diferenciados, con alto rendimiento y con un sistema de gestión optimizado. La tentación para un amplio sector de la clase media es enorme, e incluso para otros sectores menos aco­modados económicamente (MUÑOZ DEL BUSTILLO 1989).

 

Reconsideraciones

 

He de confesar que no me encuentro cómodo con muchos de los postulados del proyecto postmoderno y me parece peligrosa la expansión del neoliberalismo. Acepto que parte del cuestionamiento de la idea de escolaridad moderna por algu­nos postestructuralistas como Foucault, es atractiva y permite refocalizar nuestro análisis; como, por ejemplo, las relaciones entre saber y poder y la crítica a la repre­sentación como adecuación a estados externos. Acepto también, que la genea­logía nos ofrezca un enfoque más profun­do de nuestro pasado y de nuestra actua­lidad, que, como señalan JULIA VALERA y FERNANDO ALVAREZ URIA hace presente 'los saberes relegados', rechaza 'los efec­tos de poder de un discurso definido como científico', y elimina "la tiranía de los discursos globalizantes con sus privilegios y jerarquías institucionales" ( 1994: 19). Tene­mos ante nosotros una enorme labor de análisis discursivo y epistemológico, des­velando la diversidad disciplinar, el no uni­versalismo de nuestra teorías, las tensio­nes intelectuales y políticas que subyacen a las concepciones pedagógicas; también nos queda por delante, terrenos nuevos que desarrollar como el multiculturalis­mo, los estudios sobre género, sexo, y el racismo por ejemplo. Estoy convencido que estas cuestiones merecen todo nues­tro esfuerzo intelectual. Pero una cosa es tenerlas presente y o tra muy distinta abandonar unilateralmente el proyecto moderno de educación y de sociedad.

Con el neoliberalismo la opción ha de ser distinta. No tratamos con retos inte­lectuales, sino con una manera de conce­bir la economía política que desborda sus márgenes introduciéndose en la política social y en la vida cotidiana. Es más, como propuesta económica, el neoliberalismo está respaldando y apoya los lados menos aceptables de la posmodernidad; me refiero, como ya he dicho, a los de la sub­jetividad aislacionista y a la cultura consu­mista.

Para hacer frente a esta potente ten­dencia se requiere algo más que su recha­zo; del mismo modo que poco ganaría­mos si meramente nos limitásemos a desoir los retos intelectuales que el pos­testructuralismo nos ha planteado.

Lo que quisiera recalcar es que no puedo estar de acuerdo con la elimina­ción del proyecto moderno de educación escolar ni en la teoría ni en la práctica. Y no me parece que tengamos que abando­narlo, ni siquiera esperar que su agonía concluya, porque en realidad, sus elemen­tos y características más positivas no se han realizado. Quizás estemos juzgando a dicho proyecto por sus negatividades en comparación a lo que de emancipador y liberador siempre ha planteado y nunca ha podido materializar y llevar a cabo. Esto no quiere decir que el proyecto no deba ser remodelado; el momento histó­rico que nos ha tocado vivir así lo exige. Puede que de esta manera los viejos idea­les de la modernidad vean por fin realiza­das todas sus posibilidades pendientes. Muchas gracias.

 

Referencias:

 

BELL, D. (1977): Contradicciones culturales del capitalismo. Madrid. Alianza

BELL, D. (1997): "El fin del modernismo" Claves de Razón Práctica, n. 78, Diciembre: 2-11.

BUCHANAN, J.M. y WAGNER, R.E. (1983): Déficit del Sector público y democracia. El legado político de Lord Keynes. Madrid. Rialp.

FRIEDMAN, M. y FRIEDMAN, R. (1980): Libertad para elegir. Hacia un nuevo liberalismo económi­co. Barcelona. Grijalbo.

HARVEY, D. (1990): The condition of Postmo­dernity.. Oxford. Blackwell.

HAYECK (1980): Caminos de servidumbre. Madrid. Alianza.

LIPOVETSKY, G. (1986): La era del vacío. Ensa­yos sobre el individualismo contemporáneo. Bar­celona. Anagrama.

UPOVETSKY, G. (1990): El imperio de lo efíme­ro. La moda y su destino en las sociedades moder­nas. Barcelona. Anagrama.

UPOVETSKY, G. (1994): El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona. Anagrama.

LYOTARD, J F. (1989): La condición postmoderna. Madrid. Cátedra.

LYOTARD, J F. (1992): La postmodernidad. (Explicada a los niños). Barcelona. Gedisa.

LYON, D. (1996): Postmodemism. Bucking­ham. Open University Press.

MUNOZ DEL BUSTILLO, R. (1989): Economía de Mercado y Estadop de Bienestar, en Muñoz del Bustillo (1989) (Comp.) Crisis y Futuro del Estado de Bienestar. Alianza. Madrid:. 23 53.

NAVARRO, V. (1997): Neoliberalismo y estado de bienestar. Barcelona. Ariel.

NORRIS, Ch. (1997): Teoría Actrítica. Posmo­dernismo, intelectuales y la guerrra del golfo. Madrid. Cátedra/Universitat de Valencia.

TADEU DA SILVA, T. (1997): El proyecto edu­cational moderno: ¿identidad terminal? En: VEIGA NETO, A.J. (Comp.) (1997) Crítica post­estructuralista y educación. Barcelona. Laertes: 273 290.

VALERA, J. y ALVAREZ URIA, (1994): La crisis de los paradigmas sociológicos. El papel de la teo­ría de Michel Foucault. Valencia. Centro de Semiótica y Teoría del Espectáculo. Universitat de Valéncia. Eutopías Episteme. Vol. 65.

ROSE, M.A. (1991): The post modern & the post industrial. A critical analysis. Cambridge. Cambridge University Press.

SEIDMAN, S. (1994): Contested knowledge. Social theory in the postmodern era. oxford. Blackwell.

USHER, R. y EDWARDS, R. (1994): Postmoder­nism and education. London. Routledge.

WEBER, M. (1969): La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Barcelona. Península.

 

Notas

 

(I) Lección Innaugural. Curso de Doctora­do del Departamento de Didáctica y Organiza­ción Escolar. Universidad de Barcelona. 1997.

(2) Esto es en parte lo que intenta plantear Chistopher Norris (1997). Se trata, como señala dicho autor, de no caer en la retórica postmodena "que alegremente proclama el fin del régimen de la realidad, de la verdad y de la crítica ilustrada" (p.24). Bien entendido que la realidad no es homogénea, que la verda no es, necesariamente, lo que Tarski y Popper  con su tercer mundo  propusieron y que la crítica ilustrada conlleva la alerta epistemológica constante sobre los propios supuestos episte­mológicos.

(3) El trabajo de Daniel Bel¡ (1997), aun siendo excesivamente ad hominem para mi gusto, es un excelente análisis crítico de la postmodernidad y enormemente clarificador sobre algunos puntos oscuros de la terminolo­gía al uso. Véanse también los monumentales y puntillosos trabajos de David Harvey (1990) y Margarete A. Rose (1991).

(4) Véanse también otros trabajos de Lipo­vetsky (I 986) y (I 990).

(5) La mejor crítica al neoliberalismo, enrai­zada en análisis empíricos y no, meramente, en posiciones ideológicas se encuentra en Vigens

Navarro (1997).