E d i t o r i a l

 

''La ciudad como ambiente": la cuestión presenta dos aspec­tos indisolubles entre sí. De un lado reclama una lectura sociopolítica del espacio urbano en sus modificaciones más recientes; de otro nos implica en una redefinición de nuestra aproximación a la propia "educación ambiental".

Primer escenario: la ciudad que cambia

Las transformaciones económicas, las politicas liberalizan­tes, la crisis de los sectores tradicionales están rediseñan­do la ciudad, su ambiente y su distribución humana. Ello produce la pérdida de su centralidad existencial y simbóli­ca, transformándola en una realidad compleja, pero frag­mentaria.

Por una parte, "el centro" con sus clases dirigentes tecno­cráticas y empresariales, completamente cosmopolitas que controlan la prensa y la información; siempre en el centro, pero esta vez en su "vientre" histórico y degradado, subproletarios emigrados que viven de la pequeña crimi­nalidad. Por otra parte, las nuevas instalaciones periurba­nas habitadas por las clases medias "en fuga", portadoras de nuevos desequilibrios tales como el desproporcionado uso del auto, la escasez de relaciones sociales, la sole­dad.

Finalmente, los barrios populares de las periferias, carac­terizados por los bien conocidos edificios privados de atractivos simbólicos y estéticos. En estas zonas se con­centra una fuerte población urbana (en torno al 40% en Europa), carente sin embargo de aquellos rasgos cultura­les que definían la cultura obrera de la edad industrial. Aqui la desocupación y la pérdida de identidad es la nota dominante. Los barrios son ya guetos, zonas "off limits", peligrosas. La violencia crece: sólo en los Estados Unidos en un año se han dado 23.200 muertos asesinados en la calle, de Los Angeles a Paris y a Bruselas las revueltas juveniles testimonian, sin términos medios, la gravedad de la situación.

La ciudad está experimentando la sociedad dual de que tanto se vuelve a empezar a hablar. Pero al mismo tiempo, la ciudad, con su degradación, todavía produce cultura. En los años 60 y 70 el rock, el underground, así como esas formas de asociaciones políticas y de búsqueda existen­cial; al lado de fenómenos dramáticos como la droga. En los últimos años, incluso en los barrios golpeados por las "reestructuraciones" se han manifestado nuevas formas artísticas y políticas como el ''rap", y sobre todo aquellos fenómenos aún frecuentemente invisibles, al otro lado de las fronteras político-ideológicas, tales como la solidaridad y el voluntariado; y es a partir de estos supuestos como se podría y debería recuperar aquella dimensión histórica y social de la ciudad que de otro modo corren el riesgo de desaparecer.

La ciudad ha sido la "patria" de la democracia y hoy la apuesta en el juego es precisamente esta última. Nos corresponde a todos nosotros volverla a relanzarla, radica­¡izarla, reanimarla, restituyendo al ambiente urbano aquella dimensión sin la cual llegaría a convertirse en un lugar inhóspito y contaminado, en presa de los apetitos de los más fuertes y la desesperanza de los más débiles.

Segundo escenario: cultura ambiental en la ciudad

Si la noción de "paisaje" puede definirse como síntesis y contradición de naturaleza y sociedad, entonces la educa­ción ambiental no puede sustraerse al empeño de tomar en consideración el así llamado "espacio urbano". Dema­siado frecuentemente se nos limita a lo verde, a la natura­leza, buscando ingenuamente espacios limpios, auténti­cos, olvidando que conviene tener en cuenta la cultura, la sociedad de los hombres.

Nuestro interés se amplia, paradógicamente, volviendo a pensar críticamente el ambiente que nos es más próximo: la ciudad. Un ambiente en modo alguno descartado que se descubre, entiende, estudia. Particularmente porque se trata de un ambiente artificial, construido, productor y resul­tado de relaciones sociales y afectivas que se enraizan en la conciencia cotidiana de cada uno de nosotros. La ciudad se lee como un ambiente que se ha transformado y conti­núa haciéndolo bajo el impulso de fuerzas materiales, eco­nómicas y sociales, se la enfrenta en cuanto ecosistema complejo, rico en interrelaciones contradictorias capaces de hacer explotar, o como mejor se dice hoy, hacer implosión sobre las dinámicas que de ellas se derivan.

La ciudad crea y fomenta la soledad, la marginalidad, pero es también terreno insospechado de aventura y creatividad; la ciudad como libro de texto que hojear, usar, re-escribir; la ciudad como lugar de alienación, pero incluso de con­ciencia crítica que transforma. La ciudad, espacio para aprender, de recorridos cotidianos mentales y materiales, recurso para satisfacer necesidades primarias, pero incluso para consumir excesivamente superando las propias nece­sidades. Si la supervivencia del planeta depende del con­trol racional del desarrollo, de la conciencia de la no infinita disponibilidad de los recursos naturales, esta misma super­vivencia está estrechamente conectada a nuestra capaci­dad de vivir el espacio urbano, de regular su extensión, de gobernar desde abajo sus configuraciones.

O la educación ambiental será global o no lo será de hecho.

Y esto nos parece urgente hoy más que nunca cuando la occidentalización del mundo, totalmente centrada en la industrialización y la imposición de valores uniformes (que en tantos casos ha dado vida a revueltas nacionalistas ple­nas de violencia interétnica) marchan a ritmo sostenido.

Y es importante que Europa esté intentando ahora darse una nueva disposición, más unitaria, pero incluso más dis­ponible a la diferencia y a la diferenciación.

Las grandes migraciones de los Paises del Este y del tercer Mundo están modificando no sólo el uso y la distribución de los espacios urbanos, sino incluso la cultura de la ciudad que se convierte, "volens nolens", en el espacio necesario para construir ocasiones de encuentro multicultural. La gente de la ciudad se arriesga a padecer esta especie de «síndrome de Babel": sin embargo es algo necesario que ocurra, cultural o socialmente.

Del mismo modo es preciso salir del lugar común para el que hablar de ciudad significa ocuparse de la gran metró­polis, de la cultura y del espacio retorcido de las grandes áreas urbanas. Según nosotros, mucho más simplemente pero, como frecuentemente ocurre, incluso más globalmen­te, es preciso pensar en la noción de espacio urbano en cuanto "lugar de la vida" cotidiana que tiene una sola histo­ria, que presenta testimonios objetivos (sus museos, las plazas, los monumentos, las fiestas, los guetos, etc.), que en una sola configuración geo-económica (que condiciona sus funciones, las actividades, e incluso las percepciones "externas"), pero que incluso para ser comprimido y trans­formado debe poder ser analizado y vivido más allá de este primer umbral. E independientemente del hecho de que nos estemos ocupando de una ciudad grande o pequeña, de que se viva en el campo o en el centro de una gran red de comunicaciones. Esto significa, analíticamente, que la ciudad no puede reducirse a un único modelo: la ciudad está cambiada, se ha extendido, diferenciado, en ciertos casos ha sabido mantenerse dentro de ciertos limites adaptándose a su espacio de situación. De todos modos la ciudad precisa reflexiones y compromisos para diversas figuras profesionales: arquitectos, urbanistas, psicólogos, sociólogos, políticos, educadores.

De toda esta articulación es preciso darse cuenta al objeto de que la educación ambiental se convierta un hecho de todos, una cuestión central que no se puede dejar a los técnicos, sino que importa a todos los ciudadanos.

Inclusive la idea de "ciudadano" se ha vuelto a repensar a la luz de esta perspectiva ambientalista. Tiempo atrás la idea de ciudadano remitía al concepto de los "derechos civiles", hoy parece designar ya siempre un renovado "sen­timiento de pertenencia". Con todas las contradicciones que de ahí se derivan: no hay sentido de pertenencia sin un hábitat visible, sin una red de conexiones elásticas y tolerantes y sin derechos civiles. Pero, al mismo tiempo está claro que éstos no pueden ser ya nada abstracto, adquirido formalmente sin una precisa verificación exis­tencial", verificable día a día.

Y esto es tanto más cierto para nosotros, educados en considerarnos laicamente "ciudadanos del mundo", dispo­nibles para sentirnos y hacer sentir a los demás como en casa donde sea, en el respeto profundo de las diferencias, aceptadas pasivamente, pero vividas como dinámica posi­tiva.

Este segundo número de EEE (Europa, Educación y Ambiente) trata de situarse en el interior de estas perspec­tivas a fin de hacer explícita, por un lado, la conciencia que nosotros, ciudadanos europeos que desean encontrarse y enfrentarse en problemas esenciales para nuestra identi­dad común, tenemos espacio urbano, tan próximo y que invade, tan aparentemente descontado, contradictorio.

Por otro lado, nos importa poder dar un salto adelante: la dura realidad es bien visible a nuestros ojos y la ciudad continúa siendo el lugar de la desadaptación, de la margi­nación, un ambiente peligroso que crea riesgos.

Nuestra aproximación parte de aquí, pero no se limita a denunciar: quiere incluso indicar perspectivas, volviendo a visitar la ciudad no solamente como limite, sino incluso como recurso educativo en el centro de las preocupacio­nes con que está en estrecho contacto con los niños, los jóvenes, los marginados en el interior de instituciones como la escuela, los servicios sociales, las asociaciones de educación popular y ambiental.

Willlam Bonapace, Stefano Vitale