"HACIA UNA EDUCACIÓN EN LA PAZ: ALGUNA DUDA MAS»

 

El Taller "Diferencia-difidencia", uno de los Talleres de la Asamblea Nacional M.C.E. de este año, ha tenido el po­der de dejar a quien ha participado en ella con alguna duda más y de lanzar al­gunas provocaciones positivas.

No es poco para un Taller, ni siquie­ra para un Taller M.C.E. La "diferencia" sobre la que recaería el enfrentamiento se presentaba con precisión: se trataba de la diferencia racial cultural.

Y, posiblemente, el enfrentamiento habría sido menos preocupante si se hu­biera limitado al intercambio "entre no­sotros", si "el diferente" no hubiera estado allí, para provocar, precisamen­te, con habilidad y dulzura, consciente­mente y con energía.

El diferente era Hailé Ogbazghi, estudiante eritreo que, junto a Roberta Per­fetti, del Colectivo M.C.E. de Educación en la paz, ha dado vigor al Taller.

La primera provocación lanzada por Hailé ha sido un claro análisis sobre como el lenguaje con el que nos comunicamos, los términos que usamos, delatan la connotación "racista" de nuestro pen­samiento.

Las categorías lingüísticas corresponden a categorías conceptuales y éstas han sido definidas por quien ha estructurado el lenguaje para describir las si­tuaciones, y las describe, necesariamen­te, desde su punto de vista. Hablar de "desarrollo" o de "civilización" presupone, por ejemplo, un punto de vista y una valoración concreta.

Las palabras, por lo tanto, son testigos de maneras de pensar y de maneras de ver.

Nos ha propuesto Hailé descartar una palabra aparentemente inocente, una palabra de la que creíamos, casi, tener que estar orgullosos: la palabra "integra­ción".

Porque la idea de integración presupone una realidad que se adecua a otra, que se disuelve en otra, que se anula hasta ser irreconocible en tanto que parte de aquella otra realidad que permane­ce, en cambio, inmutable, referencia y objetivo que perseguir.

La idea de "integrar" a alguien en un grupo presupone exactamente esto: la imposición de una renuncia a quien tiene que ser igual a los miembros de ese grupo para adquirir el derecho de formar.

Ninguna cultura, decía convencido Ha¡lé, tiene que ser integrada en otra que se presupone "mejor"; la diversidad debe inducir a ambas partes que la represen­tan a modificarse, para buscar un terre­no común de encuentro, un campo no iden­tificable con el de cada una de las dos partes, sino más amplio, más allá, más significativo.

Ya no se trata entonces de integra­ción, sino de algo distinto: Hailé proponía llamar "intercambio" a esta situa­ción en la que dos diversidades buscan puntos de contacto.

 

"El diferente"

 

El intercambio es posible, se decía en el Taller, cuando por ambas partes hay un esfuerzo de conocer al otro, un esfuerzo por descubrir su identidad y sus peculiaridades; el intercambio es un punto de llegada.

Habrían sido sólo palabras si no hu­biéramos descubierto en los relatos de Hailé cuanto pesa la superficialidad y la arrogancia del dominador en aplastar la riqueza cultural y humana del oprimi­do, y cuanto está lejos del intercambio esta situación.

Los eritreos, contaba por tanto Hai­lé, utilizan una lengua compleja y anti­quísima, que se remonta a 3.000 años atrás, contemporánea del hebraico, ara­meo y asirio, de procedencia medio-oriental.

El alfabeto de esta lengua traduce sonidos particulares que es imposible de representar mediante los signos del alfabeto latino, si no es desnaturalizándolos con una aproximación completamente inadecuada: como en efecto se ha hecho, y ofensivamente.

¿Es imposible para nosotros aprender­lo? O, más bien, ¿demasiado difícil para que merezca el esfuerzo?

Sin embargo, tenemos delante un eri­treo que habla perfectamente nuestra lengua, que conoce en sus mínimos particulares la historia y geografía de Italia. "Mejor que los estudiantes italianos", nos aseguraba. Desde sus primeras expe­riencias escolares, la lengua y la cultura que le habían propuesto, eran las de los italianos dominadores. Había sido más fácil, para ellos, imponer un esfuerzo a los "dominados" para que entraran en su cultura, que realizar ellos mismos el esfuerzo de construir un terreno de comunicación común.

Muchos particulares, contados ahora con la distancia de quien ha superado el resentimiento y quiere sólo conocer y ayudar a los demás a conocer, nos per­mitían completar el cuadro que se estaba formando delante de nosotros.

Particulares como el de la niña que, al presentarse en la escuela de la mi­sión italiana con su precioso nombre (y complicado), dejó sorprendida a la monja que resolvió su dificultad decidiendo: "Demasiado difícil, te llamarás María".

Quien se cree en poder de una cultura más fuerte evita reconocer la compleji­dad y la riqueza de otra cultura, o la niega para no adentrarse en el terreno difícil del conocimiento, que es el te­rreno del reconocimiento de la dignidad, por no decir de la igualdad. ¿Por que tendría que esforzarse en conocer si su proyecto no es el intercambio, sino la integración del otro a él y la no puesta en discusión de el? Demasiado difícil, te llamarás María.

Y ha sido así como lugares y ciuda­des, cargados de historia, se ha visto imponer nombres nuevos o crueles deformaciones de nombres antiguos y significativos.

Así ha ocurrido y ocurre en todas partes: la cultura dominante niega al otro rechazando conocerlo en sus expresiones culturales, en su creatividad humana, en su dinamismo.

Tenemos que aprender a conocer verda­deramente tradiciones, culturas, mental¡dades, no contentándonos con estereoti­pos folklóricos tranquilizadores y con generalizaciones simplistas.

El deseo de conocer al otro y de en­trar en comunicación tendrá que susti­tuir a la superficialidad y a la arrogancia de la cultura dominante.

 

De frente a nosotros mismos

 

El haber conocido a Hailé nos ha puesto de frente a nosotros mismos, nos ha obligado al encuentro desagradable con nuestra identidad, nos ha clavado al mu­ro de nuestro ser blancos -occidentales­-excolonizadores y aún ahora cazadores de recursos... además de arrogantes en nuestra ignorancia y superficialidad, concretamente.

Se revelaron inmediatamente inconsis­tentes nuestros débiles intentos de fu­ga: "yo no estaba entre los italianos que instauraron l"apartheid en Asmara", “ yo no soy racista ... “ En realidad nuestro mismo lenguaje , nuestra abismal ignorancia sobre una terrible página de historia "patria", el no cono­cer la situación actual de una población aplastada por nosotros en el pasado, traicionaban la ambigüedad de las pala­bras. Es increíble que un estudiante italiano aprenda a conocer todos los parti­culares del Renacimiento y no sepa nada de la historia del Colonialismo italia­no, que, aunque cosa de "poca monta", ha costado sangre y dolor a poblaciones enteras.

Llenar los huecos de la historia apa­rece, entonces, como un deber imprescindible Es imprescindible conocer como han ido las cosas para hacer que vayan de forma distinta, para hacer que deter­minadas violencias no se repitan nunca más.

Vernos a nosotros mismos en la imagen del otro, nos permite profundizar en nuestra identidad: identidad que llega a ser incómoda, efectivamente, pero que, asumida, puede ser el comienzo del cam­bio. Ha sido asistir al encuentro con una víctima y el enfrentamiento con su punto de vista: vistos "desde lejos" so­mos herederos todos de un pasado violen­to y portadores de una cultura "dominan­te" que sigue considerándose "más avanzada".

Baste con pensar en como nuestra cul­tura impone valores y modelos de vida obligando a las otras al aniquilamiento de la homologación (equiparación).

Baste con pensar en como se explotan las reservas de otros países, también en época postcolonial, países considera­dos de hecho tierras de conquista, "inferiores o incivilizadas .

En cualquier parte donde se comprueben estas situaciones, una lectura histórica permite identificar, en la raíz, actos deliberados y concretos de violen­cia, destrucción y dominio.

No se puede prescindir del Colonialismo para darse cuenta de las situaciones del nuevo colonialismo económico y cultural que permanecen y se agudizan dentro del actual "equilibrio del planeta".

Al acercarnos a esta realidad dialéc­tica explotados-explotadores, hace falta tomar conciencia del hecho de que ningu­no de nosotros está por encima de las partes, sino que todos, por el solo he­cho de pertenecer a una cultura de ser de una cierta manera, estamos originariamente encasillados.

Las diferencias entre nosotros desaparecen en una visión que justamente generaliza y, precisamente porque es "desde lejos", no capta los particulares en el interior del cuadro.

Nuestra  resistencia a identificarnos con esta imagen es peligrosa en cuanto que solamente aceptando nuestra responsabilidad cultural e histórica,  podemos em­pezar el proceso de transformación y li­beración que hace traducir en práctica de vida conciencias y conocimientos al­canzados.

No  compartir idealmente la cultura del dominio (o tener la presunción de compartirla no significa de ninguna manera no ser participes de ella.

 

Mitos y estereotipos

 

El prejuicio, el conocimiento a tra­vés de estereotipos, la no voluntad de conocer verdaderamente por temor a cam­biar        (cambiar de idea sobre el otro y por tanto cambiar de idea sobre sí mismo y considerar inadecuado el modo de pen­sar y de obrar) empobrecen, a menudo, las relaciones con los demás.

Pero el no conocer y el conocer de manera insuficiente contribuyen a formar la imagen del otro como amenazador y, en consecuencia, como enemigo. La progresión desconocido-riesgo-enemigo salta automáticamente.

Muchas imágenes que hemos interiorizado (el negro africano, el aborigen australiano) se resienten de esta indebida operación de generalización y simplificación a las que hemos sometido una reali­dad poco conocida.

Y la generalización es, efectivamente, un primer intento de conocer, pero no puede construir la base de relaciones ricas y constructivas. Encontrar a una persona, o a un grupo, es algo distinto a encontrar un estereotipo.

La otra cara de la formación de la imagen negativa del desconocido-enemigo es la percepción deformada de sí mismo, el prejuicio de sentirse mejores, que impide el intercambio, posible solamente entre los que se sienten iguales.

Sobre nuestra cultura, de blancos-occidentales del norte-"civilizados", pesa una larga historia de opresión que impi­de que una convivencia más humana se es­tablezca en poco tiempo y sin esfuerzos. La opresión prolongada ha despojado tam­bién a los otros de su identidad, además de sus bienes y valores, y los ha preci­pitado en una situación de la que es di­fícil reemprender un diálogo.

Muchos que han estado hambrientos y desnudos por nuestra culpa no son ya ca­paces de entrar en una situación de in­tercambio porque actualmente han desapa­recido las condiciones de igualdad (basadas sobre todo en la percepción positiva de sí mismo y del otro) que habían permitido el intercambio.

¿Cómo volver a conquistar, todos, el bien perdido, la posibilidad de entablar relaciones?

Hailé reivindicaba, para él y para los que, como él, han sufrido violencia de una manera determinada y "programa­da", el derecho a la difidencia. La diferencia del oprimido que por fin ha toma­do conciencia de su identidad, decía, es plenamente legítima, hasta que no se haga un "balance histórico" sobre el pasado que permita también al "opre­sor" la toma de conciencia de sí mismo y la reconstrucción de una identidad he­cha también de su historia pasada.

Nuestra identidad no puede recons­truirse prescindiendo de la imagen de nosotros que hemos dado al otro y su di­firencia es un "método" que, obligándo­nos a hacer cuentas con nuestro pasado, nos permite poner al desnudo el sentido de culpa que nos persigue, asumir las responsabilidades de nuestra cultura, dejar sitio al otro poniéndonos en situación de escucha y de autocrítica conti­nua, de acogida de su expresión y su ¡niciativa.

Se trata de inventar una cultura nue­va comenzando por proyectos concretos y no por actitudes morales.

Sólamente esto puede llevarnos a po­nernos en sintonía con los oprimidos pa­ra llevar a cabo juntos un proyecto co­mún de liberación.

Se trata de construir una cultura "desarmada", que no pretenda, por tanto, imponerse a las demás y que no tenga la presunción de ser más rica y significativa.

Dice Tonino Drago que el hombre occi­dental necesita, para conocerse y volver a escribir su pasado y su futuro, abandonar definitivamente algunos mitos que se han formado en el tiempo, entre los cuales el mito "de un Occidente sano que progresa para el bien de toda la humani­dad" y el mito "de la ciencia como valor social supremo, a cuyo progreso tendría­mos que ligar la vida cotidiana, la organización social, la solución de los con­flictos personales y sociales, las suer­tes y el destino de la humanidad". (1) .

Son todavía, a veces, elementos de nuestra "presunción de superioridad". El racismo europeo y norteamericano, dice Clara Gallini, "está producido por la sociedad de clases, producido por el capitalismo imperialista, que pasa a través de su definición de estado-nación". (2).

Por lo tanto el capitalismo, desde el 800 en adelante, ha señalado una sepa ración, un salto de calidad, la organización de las sociedades capitalistas ha restaurado una nueva forma de racismo. No se puede ignorar, para cambiar, la necesidad de estudiar las relaciones económicas existentes. Nuestro etnocen­trismo no es sólo una mentalidad y una cultura.

 

Superación del etnocentrismo

 

Hay que dar un giro a la cultura has­ta aquí perseguida, que es una cultura, según la óptica occidental que hunde sus raíces en el pensamiento griego, del en­frentamiento dialéctico entre opuestos y de la prevalencia de uno con la des­trucción del otro: es considerar la rea­lidad y el devenir de las cosas en términos de positivo-negativo, bien-mal, vencedor-vencido; es considerar el camino de la humanidad en todos los campos ( ciencia, política, reglas de urbanidad ) en términos de "progreso", en el que lo que es nuevo-más fuerte-mejor puede afirmarse sólamente suprimiendo rotundamente la realidad anterior. Es pensar en términos de alternativa en vez de con vivencia.

El paso de la cultura de dominio a la cultura de paz consiste en la aceptación de que la afirmación de uno mismo no nace de la aniquilación del otro, si­no del reconocimiento de uno mismo y del otro como distintos, y del proceso de ,formación de la propia identidad, no en términos de oposición.

Se trata, ante todo, de conocerse a sí mismo, de valorarse, de reconocer la propia identidad de ser humano, tanto como perteneciente a la especie y a un grupo humano concreto, así como ejemplar único e irrepetible; se trata de recono­cer la dignidad de la propia imagen y de los propios valores, imagen que puede ser comparada con la de los demás para extraer las diferencias y particularida­des, sin que esto conlleve en algún modo una devaluación y pérdida. La igualdad de oportunidades que permita el más ple­no desarrollo de sí mismo, el mejor cre­cimiento humano de cada uno, el lazo de relaciones positivas con los demás, no debe convertirse en equiparación y no valoración de las particularidades.

Para el oprimido, construir la identidad significa, se decía, conocer y asu­mir su historia de oprimido, atravesar el conflicto con la propia identidad ne­gada. Su camino de liberación empieza a partir de aquí, cuando el oprimido de­ja de comportarse como inferior (y ésta es la identidad que el opresor ha inten­tado inculcarle), cuando no cultiva el ansia de ser igual al opresor o de sustituirlo. Es un salto de calidad que rom­pe, donde se ha comprobado, la relación simbiótica entre débil y fuerte que se basa en el consenso de ambos, enmascara­do, quizá, bajo las formas del paterna­lismo, modalidad refinada y falsa de ra­cismo.

El camino que el oprimido recorre pa­ra conquistar su identidad es un camino de liberación para todos, es la identificación de una dirección que permite la liberación a todos. Permite también al opresor que -se libere de la esclavitud de los prejuicios, de los falsos mitos y de los comportamientos violentos para poder empezar a elaborar una cultura di­ferente.

A estas alturas, el enfrentamiento entre diversidades está caracterizado por una dignidad y oportunidades idénti­cas y evita el peligro de la integración instrumental de los débiles con los fuertes, que intentan igualarlos a ellos pa­ra negar la verdadera convivencia, hecha de diversidades que se expresan todas con igual valor.

Es un enfrentamiento que no niega la diversidad. Negar la diversidad o considerarla fácilmente superable sería hipó­crita y llevaría únicamente a abstractas y teóricas declaraciones de igualdad o a actitudes de tipo pietista: el "ayudar a los más débiles". Es la actitud de quien parte de dos presunciones: la de ser mejor y la de tener, por tanto, la capacidad de encontrar soluciones a los problemas.

En realidad, muy a menudo el hombre "civil" se esfuerza en sugerir soluciones "para los demás" (planes de desarro­llo, control de natalidad...) olvidando que el denominado subdesarrollo es un producto de elecciones deliberadas lleva das a cabo por países "civilizados" (ex­poliación de las materias primas, mono­cultura, deudas internacionales...) y no una incontrolable fatalidad.

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El hombre "civil", después de haber generado la miseria de los demás, que­rría también adjudicarse la tarea de in­tervenir con "consejos" y "ayudas".

En realidad, la lectura de los hechos demuestra que ante todo nuestra actitud debería cambiar para ser más prudente

y respetar la personalidad e identidad ajenas: una actitud de "escucha" de la expresión, de las exigencias, de las ne­cesidades, de los deseos.

No se trata, sustancialmente, de dar algo superfluo después de haber arrebatado al otro lo necesario y lo que le era vital, sino de dejar sitio a los demás modificando nuestros modelos y nuestras costumbres de vida.

Se trata de moderar el protagonismo y de imponer la prudencia en la intervención.

Histórica y concretamente se ha asistido  a menudo, al hecho de que, aunque, en algunos casos, impulsado por más o menos genuinos intentos de solidaridad y cooperación, quien emprende una acción a favor de los oprimidos pone en marcha en realidad una intervención de poste­rior opresión y empobrecimiento.

Una cultura nueva, "desarmada", debe­ría superponerse a la de la intervención a todo coste.

Únicamente en ese momento será posi­ble pensar en alguna forma de "restitución" que se base en una "distribución" de los que son los recursos de la humanidad que no pueden ya seguir siendo patrimonio de una sola parte de aquélla: re­cursos económicos, pero también energía, conocimientos científicos, tecnología, informaciones...

Los países occidentales están creciendo de manera escandalosa en bienestar según la lógica de un desarrollo exagerado, mientras que los países subdesarro­llados avanzan con crecimiento cero. La principal respuesta a esta situación puede ser únicamente radical: bloquear, an­te todo, este mecanismo que se está auto destruyendo.

Hay un camino fatigoso que recorrer para llegar a un mundo en el que las relaciones se presten al intercambio, a la convivencia entre extraños con igua­les oportunidades, a la cooperación para objetivos comunes, en el que sea posible pensar en una vida diferente, genuina, en el que cuenten más las relaciones que el comercio de mercancías, el consumo.

De hecho, este camino es necesario, para que vivamos en un mundo que se defina cada vez más como un lugar en el que pueblos y culturas vayan unidos, lugar en el que presentar, necesariamente, una sociedad multicultural y multirracial.

De frente a los problemas que hoy más que nunca se ponen de relieve, la responsabilidad moral de cada uno puede convertirse en responsabilidad educativa, interés en construir, en la relación educativa, una mentalidad y una cultura de paz, interés en tender a la cultura de paz en todas las actividades y en todo momento, cualquier cosa que se haga.

Se trata de trabajar para que cada uno encuentre el placer de las relacio­nes positivas con los demás y de la po­tenciación de la justicia y de la felicidad para todos, que son las únicas que garantizan el cumplimiento de la plena humanidad de cada uno.

La "civilización del ser", frente a la "civilización del tener", tiene que convertirse en un punto de referencia y un objetivo.

El Movimiento de Cooperación Educati­va, desde siempre, promueve una reflexión que tiende a hacer derivar las op­ciones educativas a partir del análisis de la realidad -social, política, local-­que los educadores llevan a cabo y sobre las que asumen ante todo en primera per­sona un esfuerzo por el conocimiento y por el cambio.

La jamás olvidada invitación de don Milani a ocuparse antes que de "qué hace falta para enseñar", de "cómo hay que ser para poder enseñar"(3), suena ahora más actual que nunca.

La tarea no es fácil en un contexto cultural en el que dominan (y todos so­mos en alguna medida víctimas) tenden­cias hacia actitudes que exaltan el individualismo, la competición, la posesión. Más que de "educación" nos parece tener que hablar a menudo, en este contexto, de "reeducación". Se trata de poner en marcha actitudes nuevas que permitan a adultos y niños convivir sin que haya prevaricación: se trata, en sustancia, de pensar un proyecto político-educativo independiente del sistema.

Como educadores, no podemos dejar de considerar la relación adulto-niño desde el punto de vista de las analogías que presenta con los problemas considerados hasta ahora: relación desigual entre un adulto que detenta una cultura que que­rría transmitir y un niño demasiado a menudo considerado "débil" y sin identi­dad. El método natural, la pedagogía de la escucha demuestran, a este respecto , toda su riqueza y profundidad subrayando la importancia de la potenciación de las energías del individuo para que lleve a cabo por su cuenta su búsqueda y cons­truya su conocimiento.

Dice Paul Le Bohec, en cuanto a esto, que "cada uno tiene que deber su conoci­miento únicamente a sí mismo".

Se trata de actitudes "desarmadas" de conocimiento, que no niegan la identidad, permiten a cada uno construir una imagen positiva de sí y hacen posibles relaciones constructivas entre las personas.

 

Para empezar a cambiar

 

El colectivo M.C.E. de Educación en la Paz ha intentado definir, en estos años, algunas posibles pistas de trabajo y de búsqueda sobre las que basarse para hacer más concretas las dudas que surgen de una lectura, por un lado de la situa­ción mundial, y por otro del clima so­cial y cultural en el que vivimos sumer­gidos. Una pista de trabajo es la de las relaciones: la atención a construir en­tre las personas relaciones positivas, que se presten al conocimiento, al intercambio, a la escucha, a la valoración de la diversidad.

Es una empresa que requiere un estu­dio continuo sobre la organización del trabajo, sobre el "cómo" más que sobre el "qué" se hace, sobre las relaciones de cooperación que se establecen.

Y exige un estudio sobre el papel del adulto, suscitador de energías y de pensamiento, en vez de transmisor de conocimientos.

Otra pista de trabajo indicada con insistencia es la de la construcción de la identidad, del conocimiento y acepta­ción de sí mismo, como individuo y como perteneciente a un grupo social; identi­dad que es la premisa indispensable para conocer verdaderamente al otro, libre de prejuicios y de temores que generan agresividad.

Se insiste también en la importancia de desarrollar la creatividad como vía para construir personalidades que tien­dan a la búsqueda de soluciones nuevas a los problemas, en vez de ancladas en el asentimiento acrítico, en la acepta­ción dogmática o en la repetición de es­quemas. Es una actitud de importancia capital también en el terreno social.

En resumen, un problema fundamental es el de ayudar a adquirir conocimientos correctos sobre la realidad que nos ro­dea, conocimientos que permitan tomar conciencia de los problemas, identificar como tales las situaciones de injusticia y de atropello, las causas que las han generado y las connivencias culpables que las mantienen y alimentan.

Decía una compañera palestina, respondiendo a una pregunta nuestra, que la educación en la paz, según ella, es so­bre todo "decir las cosas como están".

Se trata de no callar ante las situa­ciones de sufrimiento y de opresión, an­te las páginas menos nobles de nuestra historia que las han generado y ante las causas reales de muchas situaciones ac­tuales de sufrimiento. Se trata de renunciar al mito de una historia etnocentrista y del "progreso" de la humanidad y de no ignorar los problemas y los con­flictos.

Pero el conocimiento no sirve si se limita al aspecto intelectual, a la in­formación.

La totalidad de conocimientos, inte­lectual, afectivo y corporal juntos, puede permitir un acercamiento real y prác­tico a los problemas y un compromiso personal en las situaciones que sea también asunción de responsabilidades para el cambio.

Desde siempre el conocimiento no sólo intelectual, se sugiere que pase a través de relaciones concretas y lazos afectivos, a través de la experiencia direc­ta, los intercambios, la corresponden­cia.

Son vías de paz para empezar a cambiar.

 

Natalare Scolare y Nerina Vretener. Movimiento de Cooperación Educativa. (Extraído del Cooperazione Educativa de Marzo de 1.989).

Traducción: Pilar Rdguez. Reina. NOTAS:

 

(1)   Tonino Drago, "La enseñanza de la historia", en Qualevita n°- 38, 1.988.

(2)   Clara Gallini, "Antropología y Racismo", en Exodo, n° - 1, 1.988.

(3) Lorenzo Milani, "Experiencias pastorales rurales", Librería Editora Florentina.