VISITA PEDAGÓGICA A CAJIZ

 

Manolo Alcalá

 

Una visita pedagógica puede ser una buena ocasión para conectar la cultura escolar con el entorno próximo en el que se desenvuelve el alumnado. La visita a Cajiz fue una buena ocasión para avanzar en la comprensión de la realidad.

 

Al igual que en el curso anterior, era nuestro propósito darle al Día del Árbol una mayor incidencia en el pue­blo. En el Consejo Escolar de octubre comentamos este asunto y quedamos en actuar conjuntamente colegio y ayuntamiento, como el año pasado. Pero además, estaba la aspiración, ya antigua, de plantar especies autócto­nas en el lado oeste del colegio, que es el único disponible.

Comenzamos la planificación de lo que intentamos hacer y vemos que, con independencia de la actividad importante, ‑aunque puntual‑, del Día del Árbol, lo que hiciéramos en el terreno disponible del lado oeste debería tener un mayor aprovecha­miento pedagógico. Pero, ¿qué hacer?; ¿cómo montar algo interesan­te y adecuado a niños y ambiente?. Necesitamos ideas, sugerencias, ¿conocer otras experiencias quizá?. Y es así cómo surge la idea de visitar la escuela de Cajiz y a Javier Reinoso, amigo y maestro, cuyo trabajo nos puede interesar.

La tarde de los miércoles es la única en la que los niños no acuden al colegio, pues la destinamos a planifica­ción y evaluación conjunta; ¡qué mejor hueco para organizar una visita!. Así que reservamos esa tarde y programa­mos el evento: comida de claustro en restaurante de playa y subida a Cajiz.

Compartimos la comida con nuestros anfitriones: Loli y Javier, una pareja de maestros, cargada de hijos (cuatro) y que llevan una docena de años trabajando en Cajiz. Han dejado una reunión en su centro para estar con nosotros, acceder a nuestras pre­guntas y mostrarnos su trabajo.

Concluída la comida iniciamos el camino hacia Cajiz. Este apartado lugar es un pequeño núcleo poblacio­nal (quinientos habitantes), pertene­ciente al ayuntamiento de Vélez‑Mála­ga y ubicado a unos cinco kilómetros de la playa. Zona de monte bajo, vegetación y clima típicamente medi­terráneos.

 

El bosque de la escuela

 

A las afueras de Cajiz, hace ahora catorce años el propietario de una de las fincas cedió al ayuntamiento un trozo de terreno, un semimontículo improductivo y seco. Sobre él clavó la Administración dos aulas prefabrica­das a las que llegaron Loli y Javier. Sin agua corriente, sin servicios, sin .... Fue entonces cuando Javier comenzó a enganchar a los niños con la planta­ción y cuidado de las plantas. Trabajo que a la larga ha cristalizado en un recoleto y hermoso bosque extendi­do al pie de las dos aulas, compuesto por cincuenta especies y más de qui­nientas plantas.

Pasadas las cuatro de la tarde lle­gamos al lugar. Aparcamos al pie de la ladera, junto a la carretera. Las dos prefabricadas se advierten arriba a través de la espesura de los árboles que cubren la ladera. “Esto estaba seco, ‑comenta Javier‑; hasta la hierba que hay la hemos plantado con los niños”. La ladera ya no está cuidada porque no se da clase en las prefabri­cadas (ahora hay un edificio nuevo en otro lugar del pueblo), pero la vegeta­ción es tupida. Una llamativa variedad de plantas conviven entremezcladas en poco terreno: plantas, de la mayo­ría las cuales no sé como se llaman, pero las conozco.

A medida que subimos hacia las aulas se percibe la vida, la mucha vida que el diminuto bosque encierra. En poco espacio se mezclan el pino, la cañavera, el ciprés, la encina y el nís­pero, el acebuche con el ficus .... “El eucalipto no es de aquí; éste está porque fue de las primeras cosas que pusimos”. Javier hace comentarios de este árbol, de aquel arbusto. “El agua la traían los niños”. Y nos explica cómo cuidaban sus plantas.

El par de aulas está precedida de una escasa explanada triangular. En sus lados las moreras y los ficus se adornan con la hiedra, el jazmín o las margaritas, pero son las palmeras las que más sobresalen. “La morera es fácil de conseguir. Se reproduce por esqueje. Una pequeña ramita como ésta, un corte con una piedrecilla en medio para aumentar la superficie de contacto del corte con la tierra, la entierras y a espe­rar que brote. El ficus también es fácil” ¿Y las palmeras? “Eso es más fácil. Vas al Parque de Málaga, coges unos cuantos dátiles, siembras cada dátil en una vasda, una lata de zumo por ejemplo, por enero y para mayo ya tienes palmeritas. Al año siguiente las puedes trasplantar”.

Javier es un alpujarreño natural de Pitres que, tras pasar por Jaen, Alemania y Madrid, ha recalado en la Costa del Sol ejerciendo de maestro, oficio hermoso donde los haya. Como hombre de pueblo, tiene la vir­tud de expresar con pocas palabras y el gesto adecuado lo que quiere decir. Y ya que estamos en su terreno nos aprovechamos de él para que nos oriente, aconseje, diga cosas que necesitamos saber. “Estos cipreses los pusimos en la propia roca y fíjate cómo están, .... Mira, todavía está ésto del riego gota a gota”.

De una de las aulas sale a borbo­tones el ronquido de una guitarra envuelto en golpes acompasados. Nos asomamos. Son un grupo de jóvenes que están aprendiendo a bailar fan­dangos. Loli nos llama:

Venid que os enseñe la que fue mi clase.

Adecentada por el ayuntamiento, este aula es ahora sede de la Asocia­ción de vecinos. Para ella sus paredes encierran vida.

Bueno, ya conocemos las prefa­bricadas de Cajiz. Javier, que nos ha dado unos apuntes con ideas sobre el tema, se ofrece para lo que necesite­mos y nos sugiere que vayamos al pueblo, a ver el edificio nuevo, a lo que accedemos.

Bajando por el camino, a la dere­cha del recodo hay una pequeña enci­na. “Mira mi encina cómo está, ¡que maravilla!. Bueno, está pequeña porque la encina crece así”. Tal es el contento de Javier que le hacemos una foto con su encina. Y es que las cosas no están separadas de nosotros, no existen fuera de nosotros sino que son una prolongación de nosotros mismos. Han sido muchos los años de trabajo, esfuerzos e ilusiones los que Javier y Loli han dedicado a esta ladera, a estas plantas y, sobre todo, a los niños y niñas que las hicieron crecer.

 

La satisfacción del trabajo hecho

 

Ya en el pueblo, de vuelta de la visita al edificio nuevo, accede Javier a grabar su voz sintetizando la expe­riencia.

‑ Javier, ¿podrías contarnos en pocas palabras cómo empezaste?.

Nosotros llegamos aquí en el vera­no del ochenta. En la escuela estaba todo seco: no había ni hierba. Lo primero que se me ocurrió fue plantar. Digo: aquí hay que plantar algo, porque es que me entraba hasta depresión entrar en la escuela,... Mucho calor porque era una escuela prefabricada,... En ese mismo día pensé en hablar con el alcalde. Y lo hice; digo: mira, aquí hay que plantar algo y poner esto un poco verde; no es posible, decía yo, criar inteligencia en un secano como éste.

Y empezamos a trabajar. No había agua, pero enfrente había una finca con un pequeña alberca. Ibamos con cacha­rritas, nos poníamos en fila, y pasándo­noslas unos a otros acarreábamos el agua y regábamos las poquitas plantas que habíamos puesto. Eso ya sería por octubre. Con ese sistema estuvimos hasta que a los cinco años nos pusieron agua en la escuela. Y un año unas poqui­tas plantas y otro año otras poquitas hasta hace dos cursos en que se llegó a contabilizar 500 plantas de cincuenta especies distintas, casi todas ellas de flora autóctona, mediterránea.

El sistema era de todo un poco. Hay plantas sembradas o plantadas por nosotros, pero otras muchas son traídas. La cuestión era plantar. Aprovechába­mos lo que tiraban al arroyo: es muy común el que en sus casas tengan macetas con su palmerita, o su pascue­ro o su ficus o,... y cuando limpian, ‑que es una costumbre andaluza hacer lim­pieza general para las fiestas‑, es nor­mal que las cambien o las tiren. Pues entonces las aprovechábamos: “niño, no tires el geranio, tráelo y lo plantamos aquí”.

¿Esa actividad estaba dentro del planteamiento, digamos curricular, o era al margen del tiempo y conteni­dos escolares?. Es decir, ¿tenía alguna explotación pedagógica?.

Hombre, eso estaba dentro total­mente. Hubo un tiempo, los primeros cursos, en que el trabajo del grupo del Ciclo Medio [Javier tenía el agrupamiento formado por los niños de 3°,4° y 5°] giraba en tomo a ésto, que era algo parecido al huerto escolar. Me servía para Lenguaje, me servía para Matemáticas, sobre todo, en lo tocante al Sistema Métrico Decimal. Y en Naturale­za y Sociedad ¡flote! Y luego, cuando se incorporó Loli con el Primer Ciclo de Pri­maria, pues lo mismo.

Los alumnos estaban formados en grupos para el trabajo, para cualquier trabajo, y a cada grupo se le asignaba a principios de curso unas plantas para sacarlas adelante durante el año. Cada grupo tenía una especie de encargado o líder y procurábamos que en cada grupo hubiera niños y niñas, pues parece que a las niñas este tipo de trabajos no les iba entonces”.

Para nosotros, y quizá para tí también, una cosa importante es la evaluación que puedas hacer después de diez años de experiencia.

“Sí, pues te lo voy a decir. Mira, aquí (estamos en una plaza nueva) no había nada, ahora hay árboles. En la plaza de la iglesia y en varios sitios más del pueblo hay ahora árboles nuevos. En el pueblo se han plantado muchos, muchos árbo­les. Y en eso están los que fueron niños de la escuela. La escuela sirvió de iniciati­va primera...

Javier sigue y sigue mencionando lugares y hechos, como quien está satisfecho de haber realizado algo positivo. Hace unos cursos reestruc­turaron la zona creando un colegio rural agrupado, por lo que ya no está en este minúsculo pueblo sino cerca de aquí en ese C.R.A. enseñando inglés y lengua. Pero sigue con lo suyo. Para este próximo Día del Arbol ya tiene organizado con el ayuntamiento y demás gente la planta­ción de un millar de ejemplares de flora mediterránea (encina, alcorno­que, almez) en terreno municipal, junto al arroyo.

Para nosotros ha sido una visita agradable y fructífera. Loli y Javier, gracias.