EL MÉTODO NATURAL COMO BASE PERMANENTE DE LA FORMACIÓN

 

Paul le Bohec

 

Partiendo de la idea de Pedagogía Freinet como pedagogía del éxito, el profesor le Bohec pone el acento a lo largo de este artículo en la impor­tancia del trabajo en grupo para quienes nos dedicamos a la docencia; la importancia de la vida colectiva, estimulante de la libertad y creatividad individual, el sentido afectivo de la memoria y la influencia del mundo de las sensaciones en los procesos de investigaciones son algunas de las cues­tiones que se tratan a continuación.

La relación individuo‑grupo en la pedagogía Freinet. La posibilidad de par­tir de sí mismo, de expresar las propias hipótesis sin censura, de ofrecer y ofre­cerse múltiples y audaces oportunidades.

Ante todo, es necesario definir rápidamente el método natural. Se basa éste en la práctica personal, en la existencia de un grupo, un sistema de referencia, las particularidades fisiológicas y psicológicas de cada uno y la organización de las circunstan­cias.

Debo insistir más en concreto aquí sobre el aspecto cooperativo, pero esto no constituye un dato pri­mario. Ante todo, es necesario que los individuos estén en movimiento. En el momento del nacimiento, todos tienen un gran potencial, pero no es raro comprobar cómo algunos, sometidos a condiciones familiares, escolares y sociales excesivas, pier­den su propio dinamismo y dejan de querer pensar, reflexionar, buscar en sí mismos o por su propia cuenta.

En estos casos, como decía Frei­net, hay que preocuparse, en primer lugar, por restablecer los circuitos. Es preciso que cada uno pueda volver a encontrar el equilibrio psicológico e intelectual indispensable para adquirir el auténtico conocimiento, porque una de las funciones esenciales de la escuela consiste en dar a cada cual la posibilidad de dominar las estructuras que lo pongan en las mejores condi­ciones posibles de "recibir" y, del mismo modo, dominar el mundo externo: el mundo de los objetos materiales de Karl Popper.

En un primer momento, tratare­mos de examinar lo que aporta el grupo para la realización de este objetivo.

La mejor manera de construir un saber es formular hipótesis. Por otra parte, esto concuerda con el sentido natural del individuo, puesto que el cerebro del hombre está hecho de tal manera que produce constante­mente hipótesis con respecto a los acontecimientos y las situaciones en las que se encuentra inmerso. Lo mismo les ocurre a los animales. Para sobrevivir, deben precaverse frente a los peligros del ambiente que los rodea. Necesitan reconocerlos, conocerlos, crearse estructuras de análisis y de clasificación... De todos modos, el hombre tiene la suerte de disponer del lenguaje, y los intercam­bios lingüísticos no sólo le permiten acelerar los procesos, sino, sobre todo, compartir y afianzar mejor los conocimientos.

En efecto, todo grupo de apren­dizaje puede constituir una pequeña comunidad científica. Evidentemente, hay ciertas condiciones. La ciencia no puede concebirse sin un conjunto de instituciones que permitan la comuni­cación de las ideas gracias a la ausen­cia de censura, a la organización de los medios de intercambio, a la tradi­ción crítica... La palabra debe poder circular protegida contra cualquier juicio despreciativo. Es necesario estar en una situación de plena segu­ridad psicológica para poder formular libremente las propias hipótesis, tanto más en la medida en que, como ha demostrado Popper, las hipótesis más audaces son las más interesantes. En realidad, éstas dinamizan la comu­nidad que, aun en el caso de que las refute rápidamente, no deja de acce­der as( a una situación de investiga­ción más avanzada.

Por tanto, en un primer momen­to, el papel del grupo consiste en la crítica objetiva de las hipótesis. En realidad, esto sucede en un segundo momento, porque antes es necesario superar la crítica subjetiva de los indi­viduos, que afecta a las personas y no a las ideas que éstas proponen.

No obstante, en la pedagogía Freinet ‑pedagogía del "éxito'=, ha de considerarse el ser de modo global. El campo de posibilidades de "éxito" es extremadamente amplio. De manera que todo el mundo pueda ser reconocido, aceptado y reanimado, incluso, muy rápidamente, por una u otra razón: habilidad manual, capaci­dad deportiva, sentido del humor, amabilidad, fantasía, sentido de la res­ponsabilidad... De ese modo, todos se prestan a escuchar y a aceptar a los demás, situación en la que puede darse ya la crítica objetiva: primer resultado de la cooperación.

Pero, dado que nos ocupamos del sujeto, diremos que uno de los aspectos más importantes de esta crí­tica del grupo radica en su rapidez. Para conseguir el necesario mentís, no hace falta basarse aleatoriamente en lo que pueda ocurrir. No, la críti­ca es inmediata y la adquisición del conocimiento se acelera.

Sin embargo, aunque el grupo desempeñe un papel importante en la adquisición objetiva del conocimien­to, sus funciones principales no pue­den resumirse en este único aspecto útil. No cabe duda de que la escuela debe preocuparse de poner a todos en condiciones de aprehender la rea­lidad del mundo externo. Pero hace falta también que el propio mundo interior se lo permita al individuo, porque este "mundo 2" de la cons­ciencia subjetiva y de lo vivido (Pop­per) no suele dejar de manifestarse igualmente en su realidad profunda.

En La connaissance de la connais­sance (Seuil), Edgar Morin escribe: "Conocer es, ante todo, registrar, es decir, operar sobre los signos‑símbolos, sobre las formas".

Pero no es indiferente que estos signos puedan ser manifestación del ser profundo. De ahí que sea del todo normal partir de sí mismo y proceder por sí y consigo mismo. Y sobre la base de la propia experiencia de la simbolización, pueden asimilarse y utilizarse los signos que la sociedad acepta, por regla general. No es posi­ble invertir esta andadura. De todos modos, es el único que parece eficaz y, además, ¡puede seguirse con tanta facilidad!

No obstante, conviene tener en cuenta dos aspectos. Hay ciertas palabras que han de decirse por sí mismas desde el momento en que el ser está cargado, urgido y necesita reducir la presión que recae sobre sus hombros. Sabemos, por otra parte, que, de todas formas, el ser habla. Puede hablar a través del malestar, la enfermedad, la droga, la agresividad, la violencia, la delincuen­cia, el suicidio... o bien encuentra for­mas de expresión más aceptables para la sociedad y, sobre todo, más ventajosas para quien las emplea. En consecuencia, hacen falta lugares en los que expresar esta palabra, tan vitalmente necesaria.

Pero, en este campo, el ser puede trabajar también sobre los sig­nos y con los signos que ha utilizado, y esto resulta particularmente evi­dente en el método natural en mate­máticas.

Por tanto, pueda o no utilizarse en la escuela, es necesario un lugar de expresión de esta palabra funda­mental.

Basta sólo un poco de arte peda­gógico del docente para que el grupo se convierta en lugar de acogida de toda palabra escrita, hablada, dibuja­da, cantada, jugada, corpórea...

Entonces puede abrirse paso una nueva función del grupo: la expansión de la libertad. En otras palabras: una oferta mayor. Sabemos que toda palabra constituye un riesgo porque puede volverse contra quien la pro­nuncia. Pero si los otros osan aden­trarse en lo imaginario, en la ternura, en la expresión del malestar o de las dificultades, será posible permitirse esta palabra cuantas veces se quiera o se necesite. Pero, naturalmente, esta audacia comunicativa puede referirse también a la fantasía útil de las hipó­tesis, a los juegos de la sonoridad, a la expresión poética, a la investiga­ción de los medios de la comicidad, al placer de la intriga, a la realización simbólica de inmensas catástrofes simbólicas...

Esta actividad mimética, que entusiasma y atrae con tanta facilidad, puede proporcionar a cada individuo un conjunto de oportunidades que sin duda sabrá utilizar. ¡Segundo aspecto importante de la coopera­ción!

Sin embargo, aún no hemos dicho todo respecto al método natu­ral. Es preciso hacer hincapié en otra importante cuestión: las particularida­des fisiológicas y psicológicas de los miembros del grupo.

Los demás aportan tan gran can­tidad de ideas nuevas, de formas dife­rentes de recibir y de expresar el mundo, que cada uno puede, a su vez, tratar de circunscribir su propia visión y de expresarla en pie de abso­luta igualdad. Todo paso adelante constituye una perturbación para el otro, que busca la compensación. Y esta compensación supone una per­turbación para el primero que, a su vez, necesita compensarla. Poco a poco, el grupo se autoorganiza en su propia libertad y en su misma creati­vidad; libertad y creatividad que mejoran subjetivamente a los indivi­duos y les permiten dominar su pro­pio mundo interior a través de la expresión profunda y el mundo externo mediante el conocimiento objetivo.

La vida colectiva en un ambiente concreto se sitúa en el origen de una superabundancia de pensamientos que se intercambian y transmiten en el mundo de las ideas y de los signifi­cados. La comunidad vive intensa­mente y reacciona a los estímulos más diversos. La inmersión en un océano de sensaciones de toda natu­raleza: visuales, auditivas, táctiles, espaciales, corpóreas, naturales, de relación, institucionales, sociales..., no pueden dejar de favorecer la apari­ción de innumerables cuestiones que alimentan de manera constante la investigación. Y ésta sitúa a los indivi­duos en el tercio infinito: el de la complejidad que nunca se ha tenido tanto en cuenta. Fundándose en su propia complejidad, el grupo puede afrontar esa otra complejidad del modo más positivo. Tanto más en la medida en que, a causa de la realidad de los mundos 1 y 2, la rica vida del grupo suscita muchos acontecimien­tos marcados por la afectividad. Y ahora sabemos que la memoria es esencialmente afectiva, lo que no puede sino favorecer, una vez más, la fijación y la utilización de los conocimientos que, a su vez, parece sería la preocupación primordial e, incluso, única de la escuela.

Antes de presentar, como es natural, las conclusiones, conviene señalar la sorprendente comproba­ción que cualquiera puede hacer: todo el mundo, tal como es, sin esfuerzo alguno, puede ser útil al grupo. Sabemos que existen distintos estilos cognitivos. Podemos ir desde los "holistas", que aprehenden globalmente la realidad, en conjuntos y subconjuntos, hasta los "serialistas", que construyen elemento tras ele­mento. Entre estos extremos, está toda la gama de desarrollos concre­tos posibles.

Cada uno es útil tal como es, pero también tal como se hace, por­que se le puede sacar felizmente del ámbito de sus comportamientos habi­tuales, descubriendo quizá, por fin, su verdadera naturaleza que las circuns­tancias le habrían impedido conocer hasta ese momento.

Somos perfectamente conscien­tes de que no hemos tenido en cuen­ta todos los elementos positivos de la cooperación. No obstante, tratare­mos de resumir lo dicho. Si el primer punto del método natural ‑la "prácti­co personal"‑ es indispensable, el segundo ‑el "trabajo en grupo” debe respetarse de igual modo. Este méto­do permite la investigación personal y colectiva, la liberación de la palabra, la participación a través de la formu­lación de hipótesis, la crítica rápida y eficaz, la acogida de las distintas per­sonalidades, la transformación positi­va de los individuos... Pero, para rea­lizar todo esto, los docentes deben ser conscientes de la puesta en esce­na y formarse de acuerdo con los mismos principios, a fin de poder garantizar el funcionamiento armo­nioso de la comunidad educativa, porque para ellos, como para los alumnos, el método natural puede constituir la base permanente de su formación.