En la cárcel: contextos comunicativos y capacitación

Lic. Maurizia DAntoni Fattori ©

mdantoni@cariari.ucr.ac.cr

 

Introducción

He escuchado recientemente muchas voces que coinciden con que la pena de prisión no es otra cosa que una mala solución de contención frente el delito, un residuo del pasado, un modelo que no sabemos actualmente superar. Si alguien, en el pasado, pensó en efectos positivos, resocializadores, a los que trabajamos dentro o en las cercanías de la cárcel nos queda tristemente evidente que así no es.

Nos queda, por suerte, optar por ponernos como finalidad central de nuestro trabajo la reducción de los efectos destructivos que el encarcelar a un ser humano significa. De manera contraria sería insoportable trabajar en un lugar del que se conocen los efectos negativos sobre las personas y sin la posibilidad, siquiera teórica, de dar una dirección a nuestras actividades diarias que signifique un aporte positivo. La desesperanza provocara depresión en el personal.

Trabajando en una prisión, en proyectos de capacitación al trabajo, en lo específico como psicóloga educativa, me pregunto si no puedo precisar más los alcances esperados de mi trabajo en la cárcel, buscando la difícil conexión

entre los marcos teóricos y la práctica cotidiana.

La capacitación al trabajo, más si es pensada cuidadosamente y propuesta a las personas encarceladas con humildad, como una alternativa más, llevará de por sí cambios positivos en la vida de los privados de libertad, protegiéndolos en parte de los daños que la cárcel causa y ayudándolos, también en parte y a veces, a crecer.

Parece sin embargo que existen acciones aún más finalizadas que el psicólogo se puede proponer en la cárcel: se conocen contribuciones teóricas que demuestran cómo de contextos no terapéuticos se pueda obtener acción terapéutica y, por ende, cambios.

Era necesario hacer la salvedad de que la situación del trabajo en una cárcel centroamericana se parece muy poco a todos los ejemplos encontrados en la literatura científica, no sólo en cuanto a la falta de recursos materiales.

En el contexto en el que trabajamos cambia lo que el personal de la prisión se representa acerca del delito, de su función, de cómo son los delincuentes; cambia el bagaje de conocimientos y las creencias de las personas que gobiernan y de las que deciden; cambian las teorías y su acercamiento a la práctica por parte de la institución; existe mayor distancia entre la labor académica e investigativa y las instituciones que gobiernan las cárceles. Éstas últimas optan por producir autónomamente inclusive el material teórico que rige la operacionalización de los planes institucionales.

A través de esta contribución quisiera, utilizando la experiencia de un proyecto de intervención en la cárcel, proponer la intencionalidad de una intervención capaz de interpretar los contextos comunicativos en los cuales la persona cumple el delito y los contextos para operar hacia la preservación del bienestar psicológico de las personas en una prisión.

 

Antecedentes

Hace tres años, una organización intergubernamental costarricense, la Comisión Nacional para el Mejoramiento de la Administración de la Justicia, obtuvo recursos, por parte de la Unión Europea, para proponer una capacitación en la cárcel con un planteamiento novedoso respecto a los que habían en ese momento.

Se propusieron talleres para la preparación a un oficio que trataban de acercarse más a las necesidades del mercado laboral: en lugar de los tradicionales cursos de zapatera o sastrera, por ejemplo, se pensó enseñar, en la cárcel, electricidad o mecánica automotriz.

A la par de los talleres técnicos se decidió dejar constancia del proceso de capacitación, dándole a los mismos privados de libertad los instrumentos para hacerlo. Ellos fueron capacitados para que pudieran escribir guiones documentales y de ficción. Un experto en la realización de guiones teatrales y de televisión, profesor universitario, impartió un curso de guión por dos meses en la cárcel.

En el momento de la realización práctica de los documentales, un grupo de personas presas aprendió a usar cámaras, luces, a manejar sonido, a actuar. Para ello, fue introducido a la cárcel equipo técnico actualizado y de buena calidad a la par de un equipo humano altamente motivado, compuesto por personas que en la vida se dedican profesionalmente a realizar material audiovisual.

Los participantes en el proyecto de capacitación pudieron por lo tanto documentar lo que pasaba y contar sus vivencias, sus ansiedades y su visión del futuro a través de la cámara. Lo pudieron hacer con un nivel de calidad bueno o al menos aceptable, para que la obra, no sin un acompañamiento y una edición realizada luego por profesionales, pudiera ser vista por el público en general, acostumbrado a productos audiovisuales cada día más sofisticados.

Como tercer eje, se propuso, a la par de las clases y de los documentales, un espacio quasi terapéutico para reflexionar en grupo, discutir en palabras lo que en los vídeos sala, en forma de comunicación artística. Se realizaron talleres de resolución pacífica de conflictos, con la participación de personas privadas de libertad, personal técnico, personal de seguridad. Se llevaron a cabo talleres orientados a fortalecer la asertividad y la autoestima. Tales talleres también fueron filmados y de ellos quedó constancia documental.

Los instructores de los talleres técnicos también fueron invitados a participar en talleres de capacitación específicos para acercarlos a la peculiaridad del trabajo de enseñanza dentro de la cárcel. Si se considera la satisfacción mutua entre el equipo de trabajo que participó en el proyecto y las personas privadas de libertad acerca de las relaciones humanas que se establecieron, la experiencia en su totalidad se puede considerar muy exitosa.

Otra de las muchas pruebas de ello fue la constitución, luego del cierre de las actividades, de una organización no gubernamental mixta, entre personas libres y personas privadas de libertad, que sigue persiguiendo objetivos similares a los que motivaron el ingreso del proyecto a la cárcel: buscar oportunidades de capacitación y desarrollo humano en la cárcel para aminorar su efectos destructivos en las personas.

La presencia de un alto número de talleres y de personal técnico involucrado, la novedad de la experiencia, la evidencia de los avances en cuanto al nivel del desempeño educativo y el establecimiento de vínculos positivos entre el equipo técnico y los estudiantes, hicieron que los objetivo esperados, en el plano del crecimiento personal, se hicieran patentes.

Los talleres ofrecidos tradicionalmente por el sistema penitenciario eran talleres que no requerían equipo sofisticado. Las computadoras para el taller de informática, el equipo completo de soldadura, instrumentos de mecánica automotriz y de electricidad fueron comprados con la contribución de la Unión Europea para el proyecto. Una interpretación relativa al plano comunicativo intervino aquí para dejar patente que de ninguna manera puede equipararse una persona capacitada en sastrera con una que aprenda soldadura, por ejemplo. Son diferentes la autoestima y la confianza en sí mismo que se generan al acercarse a un oficio técnico considerado más difícil, masculino, vinculado a la microempresa y al éxito profesional que el otro. A la vez, ver equipo nuevo, sofisticado, de buena calidad comprado específicamente para las personas privadas de libertad, contribuye en construir entre los participantes la sensación de que son importantes y de que se está haciendo una inversión grande de dinero a raíz de cierta confianza en el éxito proyectado de la inserción laboral de la persona capacitada. Las personas se sienten así importantes, en cuanto a organismos oficiales les importa su futuro. El valor de las cosas compradas se refleja en la sensación de valer. Por lo tanto, crece la motivación y la orientación hacia el éxito.

En el proyecto se capacitaron cerca de 100 personas privadas de libertad, mientras que el personal técnico fue de cuatro personas en la oficina, cuatro instructores técnicos y cinco consultores en diferentes tareas (entre los cuales me encuentro en calidad de psicóloga educativa). La relación numérica personal/privados de libertad fue muchísimo más favorable con respecto a la relación con que se puede contar normalmente en los proyectos del Ministerio de Justicia.

 

El papel del psicólogo en la capacitación: hacia contextos resilientes

Como todas las personas que aprenden un oficio nuevo, las personas privadas de libertad se ven beneficiadas, ante todo, por la posibilidad, real o imaginaria, de encontrar una nueva inserción laboral una vez terminado de descontar su condena. Aún que no construyan un proyecto de vida concreto y detallado acerca de eso, tienen la posibilidad de representarse mentalmente como un profesional en, de jugar, al menos en su imaginación, con la proyección de otra posibilidad de vida. Eso es un inicio. He conocido a personas incapaces de representarse a sí mismas como otra cosa que no fuera un marginado, alguien fuera de la ley, y generalmente no se trata de una visión nutridora de la estima de sí.

La capacitación profesional es un proceso: como tal requiere esfuerzo, constancia, cierta resistencia a la frustración, que se contrarresta con la visión a futuro, entre otras cosas.

Los esfuerzos constantes finalizados a una meta positiva y dilacionada son difíciles de encontrar en un centro penitenciario: la estructura de la existencia allí empuja más bien a la depresión, las explosiones de violencia, la prefiguración de un tiempo corto ante sí, el vivir al día, la necesidad de gratificación inmediata, entre otros. Lo que se percibe y se escucha de la cárcel es más bien el retrato de seres cuya vida gira alrededor del comercio y el consumo de sustancias psicoactivas, distraídos, creativos solamente en el intento continuo de realizar pequeñas estafas y pequeños (o grandes...) comercios para asegurarse, de nuevo, momentos de tranquilidad o de euforia química que proporcionan la marihuana, el crack o la cocaína. Al contrario, si se encuentran personas que construyen, con tenacidad su compromiso personal con el estudio y de él se sienten -de vuelta- reconstruidos, capaces, personas en calidad de decidir sobre su futuro.

El sentido de pertenencia a un grupo también forma y reconstruye a personalidades tal vez nunca expuestas a la cultura de la solidaridad o de la amistad; claro está que el sentido de la autoestima se refuerza, a la luz de un nuevo conocimiento de sí mismo.

Ante todo, la capacidad de poder ejercer una acción sobre el mundo, modificarlo a propio beneficio y de manera socialmente aceptada puede ser uno de los logros de una actividad de capacitación, en la cárcel, donde el contexto educativo propicio se una a la relación significativa con un adulto educador y a la motivación personal (otro elemento muy complejo, solo en parte ligado a instancias conscientes en la persona). Se trataras de empoderar a las personas, darles la sensación de que tienen un margen de acción sobre el mundo, aún estando en la prisión.

Los conceptos mencionados arriba toman sentido si se interpretan a la luz del concepto más amplio de resiliencia.

Resiliencia es la capacidad de los seres humanos de salir airosos en circunstancias límite, estresantes, destructivas, la capacidad de mantener la forma, sin quebrarse, psicológicamente, en la adversidad. Se ha trabajado el concepto de resiliencia sobre todo con niños para identificar ya no más los factores predictores de riesgo, sino para ser capaces de reconocer las circunstancias que, a pesar de todo, se revelaban fortalecedoras, en la persona y en su relación con el entorno inmediato.

En el trabajo con adultos, podemos, utilizando el concepto de resiliencia, orientar nuestra actividad coherentemente hacia el fortalecimiento de la capacidad de resistir la situación destructiva de la cárcel.

Una acción llevada conscientemente hacia la búsqueda de los factores mencionados por parte de psicólogo educativo y educadores, que no tenga en mente sólo la finalidad del trabajo por el trabajo, como opción para pasar el tiempo y mantener a la gente ocupada, puede generar el fortalecimiento de las personas encarceladas ante situaciones adversas. Un ejemplo de cómo la óptica que guía los talleres pueda modificar la dinámica de los mismos es la relación entre la psicóloga educativa y los instructores técnicos. El fracaso escolar es a menudo uno de los componentes que expulsa a los jóvenes del proceso de socialización a la funcionalidad social y los acerca a la cultura antisocial. Muchos de los participantes en el taller expresaron que la escuela representa, cuando no un trauma, un contexto asociado al fracaso, un mundo al que demuestran no pertenecer. De allí la necesidad de analizar con el instructor de cómputo y los estudiantes los posibles problemas, descifrar el lenguaje de su exclusión o autoexclusión, con la finalidad de interpretarlos, comunicar entre las partes y recuperar al discípulo. Difícilmente se podrá sostener que, para una persona que sale de la cárcel, sus antecedentes no constituyan un elemento negativo que dificulta su éxito futuro, así como su propia representación de sí mismo, unidos a las dificultades de tipo práctico y psicológico que surgen en el momento en que uno deja una estructura cerrada y se acerca de nuevo al mundo de afuera y sus habitantes.

Si como psicóloga educativa encargada del proyecto de capacitación en pro de la mejor reinserción social hasta ahora he tenido cerca el horizonte que he tratado de delinear, mi esfuerzo es ahora el de ampliar el panorama prestando atención al contexto, y al contexto comunicativo de la cárcel, en el que juego un papel, así como las personas privadas de libertad y los diferentes grupos de personas que trabajan en la prisión.

 

Marco teórico

Las explicaciones multifactoriales parecen ser las más satisfactorias hoy en día para explicar, no solamente el tema que nos interesa, la delincuencia, sino de toda la actividad humana. A los psicólogos nos queda clarísimo cómo cantidades de variables, desde las reacciones de sustancias químicas en nuestro cerebro, la personalidad de las personas significativas alrededor nuestro, el estilo de crianza, el barrio de residencia, para hacer unos ejemplos, contribuyen a construirnos como personas y a dar una dirección a nuestra conducta. No parece posible excluir algunos de estas variables y mantener un mismo resultado. Factores individuales, sociales, hasta físicos o cósmicos en una red indisoluble construyen juntos nuestras actividades. Ya a inicios de este siglo se había intuido que la acción humana puede ser comprendida solamente admitiendo su complejidad y aceptando el reto de enfrentar explicaciones no lineales En cuanto a la explicación del delito y a nuestra posición acerca del castigo o de la respuesta social al evento delictuoso, se trata justamente de tener el valor de considerar la complejidad de la conducta humana ante las tentaciones de simplificar. Simplificar es definir apresuradamente unos chivos expiatorios y unos lugares en los cuales encerrarlos y así quedarnos satisfechos con desplazar al inconsciente responsabilidades colectivas que intuimos tener en la génesis del delito. Así, encerramos a las personas que responsabilizamos del delito como relegamos en el inconsciente nuestra sensación de tener algún nivel de participación en la construcción del evento delictuoso.

Somos responsables cuando defendemos pertenencia a elites, estilos de vida y culturas que marginan, expulsan, destruyen y, finalmente, condenan a la muerte por hambre (o por daños afectivos, o por incapacidad de reconocerse y quererse a sí mismos). En los países en vías de desarrollo son patentes iniquidades dramáticas. Las múltiples variables causa de nuestra conducta hace tiempo han probado ser imposibles de controlar en laboratorio: infinita, agotadora sería la búsqueda de relaciones entre un número aún finito de causas y de efectos.

Por el otro lado, sí se puede y se debe identificar efectos que emergen de forma recurrente y con claridad sobre otros, leer una complejidad del real organizada según una lógica funcional.

Los que trabajamos en cárceles, por lo tanto, rechazamos modelos de explicación y de intervención demasiado optimistas en su presunción de poder intervenir sobre todas las variables, como si los seres fueran ratas de laboratorio, como si ante tanta complejidad humana se pudieran manipular omnipotentemente las cadenas de causa y efecto que llevan a la producción de las acciones.

Podemos, al contrario, interpretar cadenas de eventos organizadas, dirigidas, recurrentes e interponernos, como agentes de cambio intencionales que a esa intencionalidad responden con otra. Hemos escuchado hablar, a lo largo de los años, de marginalidad, discriminación socialmente significativa, etiquetamiento, labelling, de construcción social del crimen y hemos asistido a la caza de la igualdad del derecho penal y de la construcción de una criminología crítica.

Nos quedan bastante claras las intencionalidades de las cadenas de eventos socialmente organizados que llevan a algunas personas a cometer delitos y a otras no, a algunas personas a ser juzgadas, y a otras no, a algunas personas a ser condenadas y a otras no, a algunas personas a cumplir su condena y a otras no. Y se podrá continuar.

Así que sabemos, de un lado, que estamos construyendo un mundo en el que, ante conscientes, construidas diferencias de poder, participación y claridad, algunos tenemos potencialmente asignada una función y otros otra: ante una realidad constituida por sistemas organizados (la familia, por ejemplo) nuestra capacidad de expresión se genera dentro de un contexto que la explica.

Para los estudiosos de Palo Alto (por ejemplo, Watzlawick, 1967) la comunicación representa la manera de construir la información, transformación de la información en mensaje con respecto a los efectos que el sistema anticipa. La misma organización del contexto en el cual los mensajes son emitidos, los modifica, les atribuye significado. Las exigencias de organización de los sistemas comunicantes definen la comunicación. La comunicación producida por una persona con una enfermedad mental no puede ser comprendida, por lo tanto, fuera del contexto en el que se produce. Una vez comprendida la posición en la que las personas que produce significado se pone, es posible responderle, inclusive con finalidades de transformación o hasta terapéuticas.

La lógica de los sistemas ha sido provechosa hasta el momento para entender las enfermedades mentales, el papel del síntoma como producción de  significado, de comunicación, entendible en un contexto dado, curable o intervenible luego de la comprensión de ese contexto.

Los enfermos mentales se han visto como los portavoces del malestar de un  sistema, los inventores de la comunicación posible en las condiciones enfermizas a partir de un grupo y no de un individuo. La producción del síntoma es una producción de significado operada por una persona concreta dentro de un contexto específico. El síntoma puede ser la manera de comunicar cifrada inventada por el enfermo, la persona especial, única manera de expresión para rehuir de la posición en la que se encuentra, funcional como es su síntoma al sistema.

Se trata de un marco teórico que ha producido muchísimos resultados terapéuticos y, lógicamente parece factible alargar la investigación, de las personas portadoras de una enfermedad mental a las personas que cometen un delito.

 

Posibilidades de interpretación

Las posibles intervenciones, ante una situación como la que se ha descrito, pueden parecer paradójicas. En el caso de la intervención quasi terapéutica en situaciones externas al setting terapéutico (Cirillo, Stefano, 1990, capítulo 1) casi siempre se ha trabajado tomando en cuenta variables que ampliaban la intervención al contexto familiar.

La familia es al fin y al cabo la instancia que atribuye a la persona diferente el papel de transgresor, de voz del grupo, de marco del malestar colectivo.

Si nos atrevemos a trasladar esta interpretación al contexto social, existe en nuestros sistemas de atribución y de exclusión un espacio para el delito y unos ejecutores materiales designados, mientras que los demás seríamos portadores sanos del mismo virus que infecta a nuestros símiles. Emerge entonces con más claridad la injusticia social y se delatan los modelos que nos impulsan a creer que el que quiere, puede. ¿De veras existe para todos por igual la posibilidad de acceso a una vida digna y cómoda? En realidad, grupos de variables, sutiles juegos de exclusión afectan a los más frágiles del sistema. Se disuade y se castiga al que quiera salir de su clase social.

La misma escuela, uno de los pocos vehículos de ascenso social, socializa:  quiere decir también que se encarga de seleccionar y de premiar a las personas que se conforman, haciendo propios contenidos y conductas mayoritarios. A los demás, los excluye. Se podrá decir, con más precisión todavía que la escuela tiene la tarea de reconocer a los suyos y dejarlos pasar. Instruye a los jóvenes a conocer, a comportarse, a responder de la manera en la que les hará falta en su futuro adulto. La experimentación de la adolescencia se permite hasta un límite, más en lo formal que en lo sustancial y quien retorne y, adulto, pida el acceso al mundo del trabajo después de antecedentes rebeldes por lo general pasar por un largo periodo de observación, motivado por la desconfianza.

 

Imaginarse otros: una tarea difícil

El primer obstáculo para las personas que provienen de un lugar desfavorecido es la posibilidad de imaginarse otra vida y de realizar un proyecto a partir de esas imágenes. Lo que tiene que realizar una persona para salir de su papel asignado es asumir un disfraz. Lo que uno es, la personalidad si se quiere, está hecha también de las conductas, los valores, los modales, las expectativas, las representaciones de sí mismos y de la realidad que nos rodea. Es famoso el  ejemplo de Bateson del bastón del ciego. El ciego avanza y su bastón golpea el suelo: el sonido rítmico, el paso, el bastón, el ser humano... ¿Dónde empieza y dónde termina cada uno? Estamos hechos hasta de los objetos que nos rodean. Ellos toman sentido de nosotros y a la vez nosotros de ellos: se nos devuelven para definirnos, explicarnos a nosotros mismos, poblará nuestra imaginación. Los demás somos animales sociales- se sirven de los objetos que nos rodean para entendernos, definirnos, imaginarnos. Así, circularmente.

A partir de los objetos que nos rodean y más allá la realidad externa se hace parte de nosotros al convertirse en instrumento para realizar nuestros proyectos. Estamos insertados en nuestra cultura, la llevamos con nosotros y ella nos lleva, igual que una red de significados dentro de la cual nos sentimos protegidos, entendemos y somos entendidos, organizamos nuestros conocimientos...

 

Disparidades e individualidades

Más fácil la tarea para los que tienen los instrumentos para moverse conscientemente en esa red de significados. Las personas que anteriormente se han definido como frágiles son las que, ajenas a las intencionalidades que nos gobiernan, cumplen su papel de manera más inconsciente, ejecutando su tarea hasta encontrarse despoblados de instrumentos y riquezas externas o interiores desde las cuales pensar y actuar hacia el cambio.

Las personas que van a ser infractoras cumplen su cometido. Las instituciones las llevan de la mano para que así sea. La escuela, por ejemplo, no sabe hacer más que presentar un ejemplo esperado de socialización. Los que no se adaptan, quedan inevitablemente excluidos.

La cultura del individualismo nos deja solos frente a nuestros vacíos, incapaces de reconocernos en los demás y actuar conjuntamente hacia el cambio.

En una civilización cuyo valor supremo es la vida personal, ya no se proyecta en el otro el ideal del desempeño social, que cuanto más indiferenciado como individuo más idóneo era para cumplir con los intereses sociales. El otro ya no es un aliado, un ideal a respetar y a emular, ni siquiera un enemigo potencial, En la sociedad individualista unos y otros convivimos en una dimensión de indiferencia recíproca de prudencia y evitación.

El autor del párrafo anterior presenta una útil distinción entre identificación e identidad, la primera fruto de la presión social, aplicación de normas sociales colectivas; la segunda en cambio fuertemente subjetiva, personal.

La sociedad individualista orienta a la persona a buscar afanosamente identidad; a creer que sus vacíos de origen puedan ser llenados por el dinero y el poder. La pieza material, la moneda, se transforma en un símbolo. Nuestra organización social nos lleva a pensar, o mejor todavía nos lleva a sentir profundamente, que la posesión del dinero o de espacios de poder ocuparían las capas más internas de nuestro Yo, en lugar de la fragilidad, la baja autoestima, la ausencia de amor, verdadera o percibida, lo cual al fin y al cabo viene siendo lo mismo. La obtención de bienes materiales, el control sobre los demás es una búsqueda afanosa de partes del Yo, más urgente por parte de los desposeídos material y/o afectivamente. El resultado es que la violencia cultivada, profetizada, esperada, realiza su explosión individual en el portador identificado para tal papel.

 

Bibliografía

EI Diplomado Centroamercano sobre Derecho Constitucional y Derechos Humanos en la cárcel, Instituto Interamericano de Derechos Humanos, San José, Costa Rica, abril 1999.

Stefano Cirillo (editor), 1990, Il cambiamento nei contesti non terapeutici, Raffaello Cortina Editore, Milano.

Vanistendael, S., La resiliencia, un concepto largo tiempo ignorado. En: La Infancia en el mundo Vol.5 n.3/1994 ISSN 1013-5286, BICE, Ginebra, Suiza.

Lsel, F., La resiliencia en el niño y en el adolescente. En: La infancia en el mundo, id.

De Leo, G. y Patrizi, P. (1992) La spiegazione del crimine. Bologna, Il Mulino. Véase el volumen de Ciacci, M. y Gualandi, V. (editores), 1977, La costruzione sociale della devianza, Bologna, Il Mulino.

Luhman, N., citado por De Leo y Patrizi, 1992, pág.90-91.

Goffman, 1961, Becker, 1963 y otros, citados por De Leo y Patrizi, 1992, capítulos 1 y 3.

Baratta, A.,1991. ¿Resocialización o control social? Por un concepto crítico de reintegración social del condenado. En: Granados Chaverri, et al., El Sistema penitenciario; entre el temor y la esperanza. México, Orlando Cárdenas.

Watzlawick, cit. por De Leo y Patrizi,1992, pág, 89 y sig. Bateson, G., 1972, Steps to an ecology of mind, Chandler, London.

Mantovani, G.,1997, Il bastone del cieco. Cultura contemporánea: il ruolo degli artefatti. En: Psicología contemporánea, Nov-Dic.n.144 pág. 38-45. Giunti, Firenze.

Amara, G., 1998, Cómo acercarse a la violencia. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Ciudad de México.

 

FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO DE LATINA EN BIBLIOGRAFÍAS:

Nombre de la autora, 2000; título del texto, en Revista Latina de Comunicación Social, número 27, de marzo de 2000, La Laguna (Tenerife), en la siguiente dirección electrónica (URL):

http://www.ull.es/publicaciones/latina/aa2000tmar/134maurizia.html

 

Revista Latina de Comunicación Social

La Laguna (Tenerife) - marzo de 2000 - número 27

D.L.: TF - 135 - 98 / ISSN: 1138 – 5820 (año 3º)

http://www.ull.es/publicaciones/latina