Prensa y moral

 

(2.423 palabras - 5 páginas)

Dra. Manuela Álvarez de Armas ©

Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna

 

En los años que llevamos de democracia, los medios de información se han convertido en protagonistas de la noticia. Unas veces por una causa, otras por otra, la prensa es el centro de interés de todos. Y tiene que ser así, porque las democracias se sostienen en el derecho a la información. Estamos en un momento en el que en nuestro país una noticia dada por un medio de comunicación, tiene tal credibilidad que en el parlamento, y hasta en los Juzgados, se acusa y se discute tomando como documento base la prensa. Se entiende que lo que la prensa dice es verdad, ¿por qué iba a mentir?

Pero si hemos de ser sinceros, se dan demasiadas noticias sin confirmar; se utiliza abusivamente el secreto profesional para amparar informaciones inventadas; se difunden rumores sin contrastar; se mezclan manipuladoramente en un mismo artículo periodístico datos objetivos y lo que sólo son opiniones; se ocultan informaciones; se alteran datos...

Es necesario que haya una autorregulación de la libertad de expresión e información, si se quiere mantener la credibilidad de los medios. Mucho más si se tiene en cuenta que, al mismo tiempo, la prensa tiene una función que cumplir, aparte de la de informar: formar, colaborar en el sostenimiento y cohesión del grupo más que cualquier otra institución social, dada su influencia. Y esta autorregulación no será efectiva si no participan en ella los periodistas, las empresas de comunicación social y también los consumidores de información.

El Código Europeo de Deontología del Periodismo recoge el deber de la prensa en la defensa de los valores democráticos, labor ésta en la que nadie puede ser neutral, y señala, en su artículo 37, que para vigilar este cumplimiento "es necesario crear organismos o mecanismos de autocontrol integrado por editores, periodistas, asociaciones de usuarios de los medios de comunicación, representantes de la universidad y jueces, que elaborarán resoluciones sobre el respeto a los preceptos deontológicos por parte de los periodistas, que los medios de comunicación deberán hacer público. Todo ello ayudará al ciudadano, que tiene derecho a la información, a formarse un juicio crítico sobre el trabajo del periodista y su credibilidad". Para concluir en el artículo 38, "... De este modo se obtendrá un barómetro de la credibilidad que informará a los ciudadanos sobre el valor ético de cada medio de comunicación, cada sección o de un periodista en particular". (Asamblea General del Consejo de Europa, 1 de julio de 1993)

En España no existe ninguno de estos tribunales, y pienso que tendrá serias dificultades su instauración, pues más de uno dirá que le limitan la libertad de expresión, que basta con los Juzgados, que cada uno tiene su moral... Confluir con Europa, sí, pero en otros asuntos.

Pero quizá, y antes que nada, sería necesario un cambio radical en la enseñanza de la ética no sólo a niveles básicos, sino, concretamente, en las Facultades de Ciencias de la Información o Escuelas de Periodismo. Es necesario que los futuros profesionales de la comunicación, realicen una reflexión crítica que posibilite una moralización seria y madura de los medios de información, pues, al fin y al cabo, las democracias se sostienen, fundamentalmente, en la libertad de expresión.

Este proyecto, que está en la mente de más de uno, no tendría entre los periodistas y medios de comunicación responsables, demasiados enemigos. Sólo los ideólogos resentidos, los políticos frustrados, las plumas de alquiler, los vagos para el trabajo profesional, los que viven del abuso... les parecerá mal que se busquen garantías en beneficio de la libertad de todos, de la democracia.

¿En qué fundamentar esta necesidad de unos acuerdos mínimos de carácter moral entre todos los periodistas, con sus diversas opciones morales?

En que es necesario, antes que nada, buscar un común denominador ético entre los distintos medios de comunicación, que permita respetar y defender la dignidad del hombre.

Ya sé que la Constitución española de 1978 vino a apuntillar el llamado "nacionalcatolicismo" y con él el código moral único, que pretendía eliminar las restantes concepciones como antipatrióticas. Muerto el monismo moral nacía una nueva época marcada por el pluralismo moral.

En las morales dogmáticas los valores morales se entienden como decisiones últimas, irracionales, sobre las que no cabe deliberar y, por tanto, sobre las que no cabe acuerdo alguno, pero llevan en sí el germen de su propia aniquilación. No sirven sino en estadios muy poco avanzados del desarrollo social, o en etapas muy infantiles del desarrollo individual, como mostraron los estudios de Piaget y Kohlberg. Sin embargo, cuando el individuo alcanza una cierta madurez y descubre el "fraude", se torna escéptico y opta por una forma de vida anónima que le facilite el éxito personal. El suplantar la capacidad de razonamiento sobre cuestiones morales por un mandato dogmático, empuja al individuo a una voluptuosa entrega a la irracionalidad que imposibilita todo intento de diálogo ético.

Pero no es una vuelta a una moral única lo que pido, ni mucho menos. No pretendo una moral dogmática que se aplique como un mandato. Pido un acuerdo dialogado que permita descubrir en qué mínimos morales estamos de acuerdo todos y, por tanto, qué aceptamos respetar.

El desafortunado desarrollo de la ética en nuestro país, es consecuencia de una supresión radical, a lo largo de los siglos, de todo intento de interponer el razonamiento entre quienes dictaban las normas y los sujetos a quienes iban dirigidas. Por eso, el paso social de una moral dogmática a una civil, como preconiza la Constitución, no ha sido fácil, pues requiere de los individuos una madurez, una educación y una reflexión que en España no hubo.

La situación en España se desenvuelve en un clima de confusión, pues, repito, no es fácil ese cambio moral, como tampoco lo fue el paso de un sistema dictatorial al democrático. Parece ocurrir que como algunas normas han quedado desfasadas o carentes de la garantía divina, o existen distintas normas en las distintas morales que conviven, y se admiten que éstas son un producto social, se concluye, por parte de algunos, que no es necesaria la norma moral o que esta no es nada más que los intereses de los grupos dominantes.

Ser educado para la libertad, para la solidaridad y la imparcialidad, con amplio sentido crítico, es un proceso que hace individuos capaces de vivir en una democracia y profundizar en ella, pero lleva tiempo. Por eso se hace tan importante hoy un cambio radical en la enseñanza de la ética en todos los niveles, entre los que hay que citar como muy importante el de las Facultades y Escuelas de Periodismo, que en muchos casos siguen ancladas en una moral dogmática. Los futuros periodistas tienen que profundizar en este campo moral, en el de la democracia, en el de la condición humana, a través del diálogo; tener criterios razonables y razonados acerca de la vida valiosa y las normas justas... Carece de sentido enjuiciar actos sin preguntarse de qué actitud proceden, de qué modo de enfrentarse a la vida son expresivos, y contrastarla con el modo de vida que queremos, que quiere la sociedad, en un contraste crítico, reflexivo.

Esta preparación académica les permitirá más tarde entrar en el diálogo que busca un mínimo ético entre las distintas formas morales, y del que han de participar los distintos medios de comunicación y la propia sociedad, y colaborar en la formación de una sociedad más libre. En suma, tener una educación ética y cívica que les convierta en profesionales críticos, que eliminen de una vez dogmas y tabúes que entorpezcan la comunicación profunda o mermen los impulsos inquisitivos, críticos y creativos.

¿Es posible el acuerdo sobre los últimos fines que una sociedad se propone?

Sí, y está recogido en la Declaración de los Derechos Humanos y en la Constitución Española de 1978, consensuada en un parlamento y aprobada por toda la sociedad.         

¿Cómo rebasar el campo de lo concreto y lo anecdótico?

Las reivindicaciones morales, del tipo que sean, tienen que insertarse en un horizonte más amplio. Son necesario normas que respeten al hombre individual y colectivamente considerado, sin que sean normas que privilegien a unos sobre otros. Y es a través del diálogo, de la racionalidad, donde debemos aislar los valores que la humanidad considera dignos de tenerse en cuenta, eliminando aquellos otros que los contaminan.

Si deseamos que la conciencia moral encuentre un desarrollo adecuado, es preciso delimitar, mediante la reflexión y el diálogo, cuales son las razones y objetivos no de nuestra sociedad en particular, sino de la mejor sociedad que nos sea posible concebir.        

El escepticismo o relativismo, resultan insostenibles en la vida cotidiana, porque nadie puede actuar creyendo realmente que no existen unas opciones preferibles a otras, o que la maldad del asesinato y la tortura dependen de las diferentes culturas. El escepticismo y el relativismo, llevados al extremo, son las típicas posiciones "de salón", construidas de espaldas a la acción real.

La muerte de Dios como legitimador de la moral, vino, hace ya muchos años, acompañada de la idea más cara a la Ilustración: la idea de progreso moral. Y nada más lejos de las ideas ilustradas que la afirmación de Dostoyevski "si Dios no existe, todo está permitido". Aun cuando Dios no existiera, diría un ilustrado, sólo ser hombre en su plenitud está permitido.

Es innegable que una libertad irrefrenable sin limitación de ningún tipo, tropieza con un intento de ética normativa de cualquier índole. La moral es, sin duda, un freno a la libertad. Es necesaria una ética en la que la restricción de las libertades de cada persona particular sea la mínima exigible para la realización de las libertades de los individuos restantes.

Hoy en día, aunque el elemento vital de la moralidad sigue siendo la autonomía de la persona, tal autonomía no se entiende ya como ejercida por individuos aislados, sino como realizable a través de diálogos que aclaren y acuerden cuál sea nuestro bien. Este diálogo se sostiene en las virtudes que adornan la moral cívica: tolerancia, disponibilidad para el diálogo y para aceptar lo consensuado, rechazo de toda pretensión de poseer el monopolio de la verdad. O con otras palabras, la moral civil descansa en la convicción de que es verdad que los hombres son seres autolegisladores, que es verdad que por ello tiene dignidad y no precio, que es verdad que la fuente de las normas morales sólo puede ser un consenso en el que los hombres reconozcan recíprocamente sus derechos, y que el mecanismo consensual no es lo único importante en la vida moral, porque las normas constituyen el marco indispensable, pero no dan la felicidad, y los hombres tienden a la felicidad.

Hoy por hoy, la premisa irrebasable de cualquier razonamiento en torno a derechos y deberes es el reconocimiento de la dignidad de la persona. A la altura de nuestro tiempo, la base de la cultura que se va extendiendo de forma imparable es el reconocimiento de la dignidad del hombre y sus derechos, y el techo de cualquier argumentación práctica continúa siendo aquella afirmación kantiana de que:

"El hombre, y en general todo ser racional, existe como fin en sí mismo, no sólo como medio para usos cualesquiera de esta o aquella voluntad; debe en todas sus acciones, no sólo las dirigidas a sí mismo, sino las dirigidas a los demás seres racionales, ser consideradas siempre al mismo tiempo como fin"

El quehacer moral requiere confianza en el proyecto de ser hombre, confianza en que vale la pena llevarlo a cabo, confianza en que puede ser llevado a cabo. El elemento clave en esta tarea es la autoestima. Solo cuando el hombre se comprende a sí mismo, a su propia humanidad, como lo absolutamente valioso, como lo que tiene dignidad y no precio, es para él su propia humanidad un fundamento para la acción, el motor del quehacer ético.

La moral es un modo de enfrentarse a la vida. Despertar actitudes más humanas o más cívicas que otras es una tarea moral de todos, pero en particular de la prensa. Hay que explicitar los mínimos morales que en una sociedad democrática debe transmitir y respetar la prensa, porque a lo largo de la historia hemos aprendido que poseemos principios, valores, actitudes y hábitos a los que no podemos renunciar sin renunciar a la vez a la propia humanidad.

Frente al absolutismo de etapas anteriores, que mantenía ciertos principios como irrevisables, frente al relativismo, postura acomodaticia y de "salón", el consenso supondrá un término medio: es posible hablar de normas que deben cumplirse, pero su legitimidad depende de que hayan sido acordadas por los afectados en pie de igualdad. De ahí que nadie pueda llegar al acuerdo si no es a través del diálogo, presidido por el reconocimiento recíproco de los interlocutores a la intervención y a la réplica.

Pero si se entiende por consenso un pacto estratégico, en el que cada cual defiende ferozmente sus intereses hasta llegar a un equilibrio, se desvirtúa el sentido de éste y con él el de la democracia, como señala Adela Cortina. Si sólo se puede llegar a este tipo de pactos, debemos admitir el feroz individualismo del hombre y dejar a un lado el discurso moral. Si entendemos el consenso como estrategia y no como concordia, invitar a una moral ciudadana es puro cinismo.

Las campañas periodísticas realizadas desde tomas de posiciones preconcebidas y al servicio de intereses particulares, socavan la democracia que tiene que ser defendida por los medios de comunicación. Y recordemos que el vacío ético suele ser rellenado por mandatos y restricciones legales, como se constata históricamente.

Hemos de transformar este país secularmente sometido a los poderes, divinos y humanos, en una sociedad liberada y liberadora, que quiere que cada hombre, al elegir su emancipación y su libertad, elija la liberación y emancipación de los demás, con frase sartreana.

Y es este acuerdo moral mínimo, a través del diálogo, el que yo pediría entre todos los periodistas y la sociedad.

Sólo cuando el informador reclame su derecho a informar verazmente con arreglo a su conciencia moral, libre e imparcial, y el consumidor de información sea capaz no sólo de leer el mensaje, sino de reclamar ante una posible manipulación, o el derecho que le asiste a estar informado verazmente, para formar unos criterios razonados y razonables, sólo entonces la democracia se sustentará en el pilar de la libertad de expresión, y en este proyecto tienen que jugar un papel muy importante las Facultades de Ciencias de la Información.

FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO DE LATINA EN BIBLIOGRAFÍAS:

Nombre de la autora, 1998; título del texto, en Revista Latina de Comunicación Social, número 11, de noviembre de 1998, La Laguna, en la siguiente dirección electrónica (URL):

http://www.lazarillo.com/latina/a/18manuela.htm