Elecciones en tiempos de guerra: la otra cara de la espiral del silencio

 

Dr. José Manuel Pestano Rodríguez ©

 

Resumen

La nueva orientación de la política exterior norteamericana está condicionando fuertemente la de sus aliados europeos, llevándolos a posiciones especialmente difíciles. En el caso de España, en medio de una construcción mediática de la realidad que indica una oposición generalizada contra la participación en la guerra de Irak, una parte importante de la población del país no se pronuncia directamente a favor de la guerra preventiva, pero información y propaganda hacen que se movilice activamente a través del secreto del voto con el que muestra su apoyo al gobierno que facilita el intervencionismo.

 

 

Contexto

A lo largo del año 2003, España ha vivido uno de sus momentos históricos más delicados, no tanto por la intensidad de los acontecimientos, sino por su importancia y por los efectos que a medio y largo plazo puedan tener. Estos hechos, a pesar de que han ocupado a diario las principales portadas de todos los medios, no han producido una única y mayoritaria corriente de opinión, como si la auténtica toma de conciencia no se hubiera producido aún. Mientras, España sitúa tropas en el exterior, en acciones conjuntas con Estados Unidos, unas de pacificación, Afganistán, otras de ocupación, Irak, sin que al principio fuera necesario disponer de más autorización internacional que la fuerza del acompañante, de tal forma, que parece haber llegado a Madrid la influencia de los clásicos westerns.

 

En España hemos asistido a la aplicación una vez más del principio de ‘guerra preventiva’, modelo a seguir en tiempos de conflictos difusos y enemigos invisibles, como los que se materializaron en la destrucción del World Trade Center y parte del edificio del Pentágono. Este concepto de ‘guerra preventiva’ resultó no menos perverso que otros principios que han inspirado la política militar norteamericana, como la ‘guerra fría’ o el de la ‘destrucción mutua asegurada’; según Vidal-Beneyto, el principio de guerra preventiva debe entenderse como “el derecho de Estados Unidos a atacar a todo país que considere como una amenaza para la seguridad global a causa del terrorismo y de la posesión de armas de destrucción masiva”[i][1], una idea que proviene de Paul Wolfowitz y que Bush hijo la adopta y convierte “en modalidad operativa de la guerra permanente, oficializándola a lo largo de 2002, en particular en la academia militar de West Point”[ii][2].

 

Como quiera que la fiebre intervencionista se extiende a otros países iberoamericanos, y que la incidencia que tendrán estas decisiones para el conjunto del planeta está aún por valorar, discutiremos aquí el significado de los vientos de guerra en el contexto español y su relación con el éxito en las urnas del Partido Popular en las pasadas elecciones locales, en un problema en el que la comunicación resulta central.

 

 

La decisión del gobierno

La decisión del Gobierno de José María Aznar de participar en la campaña de guerra contra Sadam Husein y en la posterior ocupación de Irak no tiene precedentes en los términos en que se ha hecho. O mejor dicho, durante el siglo XX los tiene pero no exactamente en la misma línea de comparación; una fuerza militar española sin respaldo legal de orden internacional, con una misión diferente y, más o menos, al mando de otro país, sólo ha salido del país en la Segunda Guerra Mundial, la famosa División Azul, y en parte, como contraprestación y finiquito de la participación alemana en la Guerra Civil española.

 

La utilización del ejército para resolver conflictos con otros países no es nueva como medida política de este gobierno. El año anterior, una disputa territorial con Marruecos, por un islote deshabitado en la costa africana, había provocado una crisis entre los dos países, la actuación de fuerzas especiales españolas y una intervención de terceros, incluidos los Estados Unidos; los medios desplegaron su potencial para exponer la crisis, aunque expusieron mucho menos el resultado: un final pospuesto mediante una solución de conveniencia sin vencedores ni vencidos, una forma de escapar sin tener que dar extrañas explicaciones ante los públicos respectivos.

 

Sin embargo, las valoraciones públicas de los hechos intervencionistas han sido divergentes, y si bien ha existido una corriente de manifestaciones claramente en contra de tales actuaciones, con un amplio respaldo mediático, también es preciso reconocer que ha existido una importante componente social que ha aprobado en silencio estos actos, y ha interpretado los mensajes mediáticos según sus propias convicciones, haciendo buenas las propuestas de la teoría de disonancia cognoscitiva y, por supuesto, la espiral del silencio.

 

Pero para la sociedad española, la fuerza militar es otra cosa. Bien es cierto que existen múltiples sociedades en el contexto español, y también, diversas concepciones de la fuerza, pero salvando momentáneamente las dificultades de la generalización, la construcción política que se ha realizado de la imagen de lo militar alejaba de la población la posibilidad de participar en guerras exteriores, con un ejército profesional, cuya principal característica de visibilidad mediática es la de participar sólo en misiones humanitarias.

 

 

La imagen del ejército en la sociedad española

Las instituciones cambian su imagen con el paso del tiempo y con las diferentes circunstancias históricas. En la sociedad mediatizada, la imagen que se ofrece de una institución como la militar depende mucho de la actividad mediática desplegada. Sin poder ofrecer un análisis exhaustivo de estos fenómenos, la imagen transmitida por lo militar ha cambiado en España, desde la época de la dictadura a la actualidad; que esta imagen se traduzca en modificación de actitudes y comportamientos sociales constituye también otro problema teórico, con posibilidades empíricas, que tampoco podemos valorar en estos momentos en toda su extensión.

 

En las últimas dos décadas, el ejército español ha pasado de ser una fuerza estigmatizada debido a su posible capacidad involucionista, como peligrosa heredera de los tiempos de la dictadura franquista, a tener una consideración positiva, aunque de intensidad muy moderada en el tejido social. Esta legitimación se ha llevado a cabo por actuaciones directas y por la acción mediática. Entre las actuaciones directas destaca el éxito del sistema democrático ante el alzamiento del 23F, y la promoción de la disciplina castrense como valor; a esto siguió una larga serie de decisiones políticas que afectaron al ejército durante el periodo de gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de manera que los tambores involucionistas se apagaron hasta dejar de oírse. A mediados de los 90, el gobierno del Partido Popular (PP) llevó a cabo la profesionalización total de la tropa, que terminó con la mayor fuente de rechazo social hacia los militares, al tiempo que proporcionó una respuesta más o menos satisfactoria a quienes deseaban participar en el ejército y, por supuesto, a los que no; debemos recordar, que la tropa española, hasta fechas bien recientes, procedía en su totalidad de reemplazo, y que eso hipotecaba la vida de los jóvenes que perdían oportunidades laborales y aunque esto no fuera así exactamente, se consumía ineficazmente  tiempo vital; también han tenido importancia las decisiones que permitieron el acceso de la mujer a las fuerzas armadas y la preocupación que mantienen los mandos militares en cuanto a la preparación e inserción futura en el mundo laboral de las personas que participan en este ejército profesional.

 

La acción mediática también ha sido relevante en este proceso de legitimación. El ejército del general Franco podía considerarse una fuerza permanente al lado y al servicio de la dictadura, garante del sistema y parte de su potencial de represión. Las imágenes de este ejército estaban presididas por un general de uniforme a quien saludaban las tropas, atendían los mandos y obedecían todos sin más discusión. Durante la larga transición hacia la democracia, el ejército se adaptó a los nuevos tiempos, y también fue adaptado, de forma que la imagen anterior se disolvió. Un aspecto terrible de la transición fue, y sigue siendo, la continuidad de la lucha armada de la organización terrorista ETA. Sus ataques contra objetivos militares, y los llamados cínicamente daños colaterales a civiles, vienen sembrando en las retinas y en la memoria de la población la imagen de muchísimas víctimas con uniformes de militares, de manera que el ejército ha pasado de ser posible victimizador a claro victimizado[iii][3]. Otro aspecto, quizás incluso poco explotado mediáticamente, ha sido la intervención internacional del ejército español en misiones de paz en diferentes zonas del planeta; militares bajo el mando de la ONU, a veces desarmados y otras penosamente armados, se interponen entre enemigos e incluso promueven y participan en negociaciones de paz; a esto se añaden otras intervenciones del ejército en el propio territorio, con ocasión de catástrofes, con mayor presencia en los medios.

 

Todo esto ofrece una perspectiva de un ejército más garante de valores como la democracia, el respeto hacia los demás, la protección de los ciudadanos y el medio ambiente, una fuerza poco hostil y en muy poca medida peligrosa. La publicidad institucional promovida por el Ministerio de Defensa para conseguir el número necesario de alistamientos en la tropa profesional hace referencia a un lugar de trabajo, más que a un campo de batalla: apenas hay infantería, así que caminar se cambia por unos vehículos blindados en rápido  movimiento, sin referencias al fuego cruzado de ametralladoras; en el caso de la marina, personas ante máquinas, barcos modernos y lugares de control sustituyen a las armas y la tempestad; la aviación reproduce la simbología del  poder que proporciona seguir a Ícaro mediante referencias a motores, aeronaves y exhibiciones aéreas, sin que se vean bombardeos, aviones derribados o misiles enemigos en acción. La imagen convocada por estas acciones publicitarias en una lectura superficial connota fuerza, tecnificación, ambiente laboral tranquilo, en suma, la uniformización de un entorno pacífico .

 

 

La imagen de Irak

El análisis de ‘el otro’ en los medios de comunicación de un determinado ámbito geográfico siempre resulta sustancial, porque respecto a las relaciones internacionales, con esas imágenes, sonidos y textos que proporcionan los medios se produce una realidad mediada de difícil comprobación empírica dada la lejanía del referente, a diferencia de lo que ocurre en la información local, o nacional. La visión de ‘el otro’ se hace además a partir de la propia caracterización de quien capta la imagen y de quien hace el cierre semántico de la misma, utilizando sistemas de códigos compartidos con un público supuestamente homogéneo, por lo que cabe deducir, que incluso en el caso de no querer deformar intencionalmente la información, la diferencia entre lo ofrecido por los medios con una perspectiva occidentalcentrista y la percepción de quienes forman parte de las sociedades fuente de noticias, va a ser, en una gran cantidad de ocasiones, sencillamente abismal.

 

En el caso de Irak, en la época de preguerra, el discurso mediático se centró en mostrar un pueblo sumido en la pobreza, dominado por la dictadura que  explotaba para beneficio propio sus recursos naturales, un pueblo enfermo, sin medicinas ni alimentos, gobernado por un sátrapa, que además había utilizado los fondos estatales para producir armas de destrucción masiva, asesinar a sus enemigos políticos y reprimir cruentamente a otras nacionalidades presentes en el país. Las imágenes de Irak coincidían con las de la Primera Guerra del Golfo, sin que nada hubiera cambiado sustancialmente en estos años. Poco se había dicho durante el último año de las relaciones comerciales con Irak, o las visitas de políticos y empresarios españoles a ese país, así que pocos se acordaban de esos hechos.

 

Sin embargo, esa repentina preocupación por Irak era a su vez especialmente preocupante, porque aún no se había terminado la campaña de Afganistán y ya se estaba produciendo un cambio en la agenda mediática que fijaba en este caso el Departamento de Defensa, de Estado y el Pentágono de los Estados Unidos avisando de donde estarían la primavera siguiente.

 

George Bush, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y otros dirigentes estadounidenses describen el cambio de régimen en Irak como una segunda fase -tras Afganistán- de una guerra contra el terrorismo que sólo acaba de comenzar. El ideólogo neoconservador Charles Krauthammer ha definido la intervención en Irak como la mejor solución para «proyectar poder en la región, estrangular a los rebeldes iraníes y disuadir a Siria» y Wolfowitz es un firme defensor de la expansión de la democracia por la fuerza[iv][4].

 

Durante varios meses de preparativos, los medios mostraron la presión americana sobre los miembros de la comisión de la ONU que vigilaban el desarme iraquí, el anuncio del conflicto y el ultimátum del presidente Bush, una guerra a la que acudirían los americanos con o sin legalidad internacional, solos o acompañados.

 

La imagen de Irak en los informativos no sólo españoles, sino presumiblemente en todos los países del área occidentalcentrista, era justamente la de un escenario prebélico, amenazante y presidido por un enemigo armado, hostil y peligroso, y progresivamente aislado de otros países árabes que podían haber sido en otros tiempos sus aliados. Esa imagen se complementaba con otra perspectiva sobre el pueblo iraquí, que denotaba normalidad, pero en la que se recordaba, no podía haber independencia del informador debido a la omnipresencia del sistema censor y represor instalado en el poder.

 

 

El amigo americano

Se daba pues un contexto con una sola idea central, intervención militar estadounidense en Irak, y varias dimensiones; entre estas dimensiones estaba la justificación de la necesidad de la guerra ante las respectivas sociedades, y la ocasión de participar junto al amigo americano en una aventura bélica, de la que se deducirían réditos, unos explicitables y otros no.

 

España ocupa un papel importante en la Unión Europea, aunque de menor transcendencia que franceses y alemanes. El hecho de que España se coloque entre los países más destacados de la Unión, que su economía no vaya del todo mal, y de que tenga en este periodo un gobierno del Partido Popular no iba a garantizar automáticamente un apoyo incondicional hacia la política intervencionista norteamericana. Pero las circunstancias personales ubicadas más en el plano de los sujetos, que en plano de las instituciones, decidieron que esta situación se iba a dar. En este caso, el presidente del gobierno del reino de España decidió, casi en solitario, que España apoyaría a la administración Bush en su guerra contra Sadam Husein, el ejército español auxiliaría al americano para conseguir la liberación de Irak, y eventualmente participaría en misiones posteriores de control y estabilización del territorio.

 

En este caso de relaciones complejas, guerras con terceros, y opinión pública aparentemente adversa, los gabinetes de comunicación, constituidos en sesión de crisis permanente trabajan con intensidad. Hemos asistido a un proceso publicitario, o propagandístico, caracterizado por su canalización diferenciada y por su construcción específica. La canalización diferenciada hace referencia a que las ideas prointervencionistas han sido vehiculadas mediante espacios y mensajes diferentes a los de la publicidad comercial, convirtiendo los programas informativos de las emisoras afines en centros emisores de la opinión del gobierno. En la construcción específica de estos mensajes se han aplicado reglas de comunicación política que incluyen hacer las declaraciones necesarias, pocas, estrictamente ceñidas a un conjunto de ideas-consigna que pueden defenderse sin grandes argumentaciones, fáciles de entender por la mayoría de los ciudadanos; como todo esto se sitúa en un contexto dinámico, se debe estar atento a las novedades que se produzcan, y procurar que sean lo menos novedosas posibles, por eso la anticipación resulta muy importante, como lo es pensar cuales pueden ser las bases en las que se fundamenten las críticas de la oposición y buscar como desmantelarlas. Por supuesto que todo este trabajo comunicativo se expresa en los medios y de todo esto hemos tenido en España suficientes muestras en este primer semestre de 2003.

 

En este proceso comunicativo se han destacado fundamentalmente tres ejes sobre los que ha girado el discurso: la importancia de mantener buenas relaciones con el poderoso aliado, caracterizadas por conversaciones y reuniones entre los máximos responsables del gobierno de ambos países; la desastrosa situación económica, política y social de Irak que demanda una intervención salvadora, junto a su potencial destructor que justifica una guerra; las contrapartidas que pueden derivarse de estas acciones, no ya para Irak, sino para España, entre las que destaca casi en exclusiva, el apoyo norteamericano al gobierno español en su lucha contra ETA. La falta de una resolución explícita del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobando la acción norteamericana no debería ser un obstáculo a estos planteamientos que incluyen en algún punto el descrédito de Naciones Unidas como organización capaz de gestionar el conflicto entre estados, y la entronización de Estados Unidos como auténtico garante del orden mundial.

 

Para el primer tipo de misiones, España participaba en la guerra bajo el concepto de misión humanitaria armada, mediante una flotilla en la que destaca la presencia de un navío con imagen de barco hospital, pero que en propiedad no se denomina así, porque se trata de un buque de desembarco, que lógicamente tiene quirófanos para atender a los soldados heridos en ese tipo de misiones. Aunque es cierto que la flotilla llegó a puerto iraquí cuando casi se acababa el conflicto, ese buque ha sido la referencia mediática central de las actuaciones militares españolas en Irak, y apenas se han mostrado otras instalaciones de él que no fueran las médicas y quirúrgicas, hasta el punto de dudar respecto a si no será un barco hospital en realidad. En el segundo tipo de misiones, España intervendría junto a otros países iberoamericanos, en zonas poco conflictivas, con objetivos que irían desde el control territorial al establecimiento de cierto tipo de orden que garantice la seguridad para los civiles que permita sus actividades habituales[v][5].

 

Dada la facilidad con la que los norteamericanos hacen la guerra y la ganan, podrían dedicar un poco más de esfuerzo en superar su torpeza para gestionar la paz. Las fuerzas ocupantes de Afganistán e Irak pueden encontrarse en situaciones parecidas a las que se vivieron en otros tiempos y lugares, en Vietnam o Líbano, con una población desconocida en lo cultural, en un entorno extraño y enfrentados a grupos locales organizados dispuestos a cambiar la situación. Además, las contraprestaciones políticas y económicas para los países ocupantes, aún no se han hecho explícitas.

 

Todo esto no escapa a las respectivas sociedades de las que proceden los militares. En el caso español, el envío de tropas, sus funciones en Irak y los planes para su futuro inmediato se discutieron en los foros públicos: en el Parlamento, donde el  Partido Popular cerró filas en torno a José María Aznar, pero obtuvo el rechazo de toda la oposición; en las elites culturales, que iniciaron una contestación que llegaría a la calle, donde el clamor popular obtuvo las cotas más altas de participación ciudadana directa. A esto se sumó la presencia continua del tema en los medios, en los que resultaba extraordinariamente difícil argumentar a favor del gobierno, dando como resultado la construcción de la imagen de un líder aislado y acosado, salvo que en este caso no se trataba de Sadam Husein, sino de José María Aznar[vi][6].

 

 

La campaña electoral

En este ambiente, las elecciones locales convocaron a  34.557.370 millones de personas, de las cuales 153.405 son residentes extranjeros comunitarios, para elegir a sus representantes en municipios y en otros órganos de gobierno, como diputaciones, cabildos y algunos gobiernos autónomos[vii][7]. No se trataba pues de una elección para el gobierno del conjunto del estado, unas elecciones generales, aunque un análisis de los resultados siempre puede dar una idea del grado de afinidad o rechazo que recibe el partido gobernante en esos momentos, y las posibilidades de los partidos que se sitúan como alternativa. Ambos tipos de elecciones sólo son comparables desde lejos: a partir de una perspectiva macroscópica, como no se eligen 350 diputados nacionales sino 65.000 concejales y 8.000 alcaldes la radiografía del conjunto del estado es considerable; pero en contrapartida, la elección local no puede ser vista como un anticipo exacto de la general, porque inciden múltiples factores de distorsión, como ocurre en las circunscripciones pequeñas en las que la proximidad al candidato es importante. 

 

La campaña para las elecciones locales se caracteriza por dos niveles de discurso: uno local, desarrollado y personificado por los candidatos de cada partido en cada circunscripción y por un discurso general, en el que intervienen los principales líderes de los partidos. De éste último destaca su visibilidad y su planteamiento homogeneizante; resulta altamente visible porque es motivo de agenda y noticia en casi todos los medios, estatales y locales, y es homogeneizante, porque mientras expone líneas centrales de campaña como si se tratase de elecciones generales, induce la marca y el peso instituido del partido estatal, aprovecha la imagen construida del líder, y reduce ambigüedades. El discurso local exige un análisis minimalizado, difícil de realizar en extensión y que exigiría métodos que usaran muestras o casos; pero en el caso del discurso genérico, su reflejo mediático nos permite identificar las líneas principales en las que se soporta. Puesto que no podemos tampoco ver aquí toda la campaña electoral nos centramos parcialmente en la campaña diseñada y producida por los dos partidos que más votos obtienen, y en particular, en el discurso de sus líderes.

 

En el caso del partido en el gobierno, Partido Popular (PP), los medios reflejan como su líder, José María Aznar, destacó varias ideas principales: el estado de bonanza económica en el que se encuentra España, la disminución de las cifras de paro, así como la defensa del cumplimiento de las leyes y la firmeza en la lucha antiterrorista; atacó a sus principales oponentes unificándolos en una alianza filocomunista de izquierdas; en esos textos existía una tendencia  implícita al eje equilibrio – estabilidad – con otros siempre peor.

 

En el caso del partido con mayor presencia en la oposición, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), su líder José Luis Zapatero, orientó sus mensajes menos a presentar alternativas y más a la crítica del gobierno: el programa socialista quedó minimizado para dar paso a temas como los desastres recientes, el hundimiento del petrolero Prestige, o las decisiones gubernamentales polémicas, la guerra de Irak, que producían una imagen de aislamiento del líder popular y pérdida de su legitimidad política; la estructura del discurso sería desequilibrio – ilegitimidad – necesidad de cambio en el gobierno.

 

En este trabajo necesitamos operar con un reducionismo similar al que operan los medios estatales, porque estos dos son los mensajes que tienen mayor presencia mediática, y porque sería muy difícil incluir en este trabajo al resto de partidos. Sin embargo, esto distorsiona la realidad, ya que conviene aclarar que España no es un país exclusivamente bipartidista, sino que existe una fragmentación en partidos locales, regionales y estatales que tienen también importancia en sus respectivos ámbitos, y que en este caso llegarán a repartirse un 30% de los votos emitidos.

 

En ambos discursos se daban elementos objetivos, contrastables con la realidad independientemente de los sujetos, elementos más subjetivos y elementos emotivos. Sin duda, el mensaje político sirvió mucho más para afirmar al posición de los adeptos que para convencer a los contrarios. La cuestión abierta a valorar sería a cuantos indecisos movió en uno o en otro sentido; para esto, el índice de participación supone un primer punto de partida, en el que se aprecia la asistencia a las urnas en las elecciones anteriores y en éstas: en 1999 la participación fue del 63,99% del electorado y en 2003, el 67,36%. Por lo tanto, un número mayor de electores participó en el proceso, puesto que consideraban importante no abstenerse.

 

La madrugada del día 26 de mayo, los resultados aún no oficiales, pero por otra parte casi definitivos, de estas elecciones daban como resultado un incremento notable de votos a los dos partidos principales.

 

Partido

1999

votos

1999

%

2003

votos

2003

%

PP

7.334.135

34,24

7.872.874

34,28

PSOE

7.296.484

34,26

7.996.031

34,82

     Fuente Ministerio del Interior 2003 (18.06.2003)

 

El aumento de votos al  partido socialista tenía una explicación en cuanto a que había calado en el electorado el discurso de ese partido, orientado no tanto en términos de alternativas, sino en el plano de contestación y castigo al gobierno; en cuanto al porcentaje de votos recibidos, se puede apreciar que las diferencias se dan en las décimas, medio punto porcentual más, indicando un ‘electorado neto’ muy parecido a las elecciones anteriores. Pero que el Partido Popular recibiera medio millón de votos más que en 1999 llenó de estupor a quienes habían pronosticado un voto de castigo a la gestión del gobierno[viii][8]; aunque el Partido Socialista lo superó en unos 100.000 votos, el Partido Popular ganó además en cuanto al número de alcaldes con mayoría absoluta, así como en el número de concejales[ix][9]; el que su cuota porcentual en este tipo de elecciones respecto al ‘electorado neto’ fuera prácticamente la misma plantea varias cuestiones para la reflexión, ideas formuladas como hipótesis para las que siempre existirán diferentes puntos de vista y diferentes interpretaciones:

 

1)      1)     El mensaje electoral del Partido Popular (PP), en los términos  reduccionistas de los que partimos, consiguió demostrar los réditos obtenidos por el gobierno y dar credibilidad de gestión.

2)      2)     La campaña electoral del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) llegó a su electorado  pero se diluyó contra la barrera plantada por los adversarios, de manera que apenas consiguió nuevas adhesiones.

3)      3)     El PP empleó la gestión anterior del PSOE para demonizar su alianza con Izquierda Unida (IU).

4)      4)     El PSOE no articuló un mensaje unificado ni pudo conseguir que se le identificara como el principal valedor del ‘no a la guerra’.

5)      5)     Existía un número importante de votantes del PP, contrarios a la guerra pero que sin embargo aprobaban la gestión del PP, y no les afectaba el desgaste de la figura de su líder.

6)      6)     Existía un número importante de votantes del PP, favorables a la decisión del gobierno, y de su líder, de participar en la guerra de Irak.  

 

Ante todo esto, ¿qué pudo pasar en realidad?; probablemente, la respuesta más prudente es que haya pasado de todo, puesto que los enunciados no son excluyentes. Quizás, lo que más extrañe sea la (6), y la que merezca un análisis más delicado. Las enormes manifestaciones celebradas en España, algunas de ellas de correspondientes a una escala planetaria, hicieron pensar que la decisión de participar en la guerra era decisiva en el plano político. Millones de personas salieron a la calle para intentar parar la guerra; los testimonios directos confirmaban la importancia de los acontecimientos y no parecía que pudiera haber otra interpretación que un rechazo a la acción de gobierno. La actitud del Papa, contraria a la guerra, incidía sobre un electorado en buena parte católico, en un país que tiene especiales acuerdos con el Vaticano, y colocaba a José María Aznar al borde de un enfrentamiento abierto con la Santa Sede.

 

Sin embargo, se estaba produciendo uno de los efectos de la espiral del silencio, pero en un sentido inverso. No era ‘correcto’ manifestarse a favor de la intervención en Irak, pero muchas personas habían asumido el mensaje bélico de manera que pensaban que podía ser necesario, y que la guerra era inevitable. Esas personas se vieron sumergidas en un conjunto de expresiones sociales de gran volumen, contrarias a la guerra, pero no cambiaron su punto de vista, aunque se callaron. Suavizada la tensión con el Papa, a causa de su visita a Madrid[x][10], y su reunión con la familia Aznar, no había razones para deducir que José María Aznar fuera criticado o  reprendido por haber actuado contra el parecer del jefe de su Iglesia, así que se le podía apoyar contra la alianza socio-comunista. Esta parte del electorado, afín al gobierno, también toma parte en el aumento observado en la participación, puesto que comprendía que se daban las condiciones en las que era imprescindible acudir a votar, porque se percibía la presión en la calle de los descontentos con la acción gubernamental.

 

Estas dos cuestiones se producen cuando existen condiciones externas adversas: reducción de la manifestación externa de una propia intención de voto, que puede ser fácilmente criticada, y participación militante para defender a los representantes de las propias convicciones de una situación que se percibe como un acoso importante. A través de las encuestas de Centro de Investigaciones Sociológicas ahora sabemos que la guerra de Irak sólo suponía auténtica preocupación para muy pocos de los encuestados[xi][11].

 

La democracia occidental recibe con la guerra de Irak otra vuelta de tuerca, fundamentalmente porque ahora un país que entra ese modelo democrático y occidental, aunque eso sí, el más fuerte e independiente, decide democráticamente que hará la guerra allí donde le parezca que se siente amenazado. En esas decisiones arrastra a otros países democráticos, cuyos gobiernos y líderes hacen participar a sus soldados, entre los que no suele estar sus hijos e hijas, en guerras de terceros. Este modelo democrático que se ofrece a los  ojos de los habitantes de otros países, unos que no democráticos y otros que podrían serlo, puede hacer pensar con razón, que otros regímenes no democráticos tampoco son tan negativos, en una operación que deslegitima todavía más al sistema democrático en su conjunto.

 

Pero en el interior de las democracias occidentales también se dan otros procesos que muestran que no siempre las decisiones contestadas del gobernante carece de base popular, incluso cuando se trate de sangre propia; aunque en este caso no se pueda hablar de unas elecciones en tiempos de guerra, al menos desde la perspectiva del electorado, si conviene mantenerse atentos respecto a la utilización fácil de los ejércitos propios en aventuras de otros y los desarrollos propagandísticos que permiten comunicar con un electorado afín, dispuesto a justificar ese tipo de maniobras. En estos contextos, la presión mediática puede hacernos olvidar que los medios construyen una realidad, una realidad mediada, que no tiene porque coincidir, como hemos visto, con la realidad misma.

 

 

Fuentes

CIS, Barómetro de Mayo, Estudio 2511, Mayo, 2003.

http://www.cis.es/baros/mar2511.doc (01.07.03).

González, Manuel, “España quiere que sus tropas en Irak rebajen la dureza de las normas fijadas por el Pentágono”, Diario El País, 26 de junio de 2003, pág. 24.

Portillo, Maricela, Movilización ciudadana  antibélica y opinión pública mundial: análisis del caso español, Revista Mexicana de Comunicación, marzo – abril 2003.

http://www.mexicanadecomunicacion.com.mx/Tables/RMC/rmc80/movilizaci%F3n.html (30.06.2003)

Sahagún, Felipe, Lo que queda después de Sadam, Diario El Mundo, Madrid, 22.04.2003.

http://www.elmundo.es/especiales/2003/02/internacional/irak/clavesposguerra.html (24.06.2003).

Vidal-Beneyto, José, Guerras preventivas, amenaza mundial, Diario El País, Madrid, 15.03.2003.

Vidal-Beneyto, José (ed.),  España a debate, Tecnos, Madrid, 1991.

 

 



[i][1] José Vidal-Beneyto, “Guerras preventivas, amenaza mundial”, Diario El País.

[ii][2] Ibídem.

[iii][3] Una forma de terrorismo parecido al convocado por la administración americana para iniciar sus guerras del siglo XXI afecta a distintos estados desde hace décadas; pero la prudencia indica que no debe utilizarse al ejército. En España, además de las posibles  actividades de los servicios secretos de información, la Guardia Civil con naturaleza militar se emplea directamente contra el terrorismo, como parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; su imagen es la de otro cuerpo de seguridad más, no la de un batallón de infantería.

[iv][4] Felipe Sahagún, “Lo que queda después de Sadam”, Diario El Mundo, en

 http://www.elmundo.es/especiales/2003/02/internacional/irak/clavesposguerra.html (24.06.2003).

[v][5] La brigada hispanoamericana estaría compuesta por España, Nicaragua, El Salvador, Honduras y República Dominicana; Manuel González: “España quiere que sus tropas en Irak rebajen la dureza de las normas fijadas por el Pentágono”, Diario El País, pp. 24.

[vi][6] El desarrollo de la situación ha sido descrito en esta clave por Maricela Portillo, “Movilización ciudadana  antibélica y opinión pública mundial: análisis del caso español”, Revista Mexicana de Comunicación, en http://www.mexicanadecomunicacion.com.mx/Tables/RMC/rmc80/movilizaci%F3n.html

[vii][7] Las denominaciones y características de estos representantes son diversas según la institución política a la que se presenten; así esta convocatoria se elegían diputados asambleas legislativas comunidades autónomas,  concejales, alcaldes, diputados provinciales, consejeros de cabildos insulares, procuradores, apoderados y junteros,  (Juntas Generales territorios históricos del País Vasco), consejeros,  (Consejo General Valle de Arán-Lleida) y representantes a concejos de Navarra; Ministerio del Interior; documentos en línea en www.elecciones.mir.es/MIR/e2003/cifras.htm (27.05.2003).

[viii][8] La magnífica síntesis de Forges en El País el día siguiente a estas elecciones resume en una viñeta esta sensación; El País, 26 de mayo de 2003.

[ix][9] Aunque en España en los últimos años asistimos a un discurso triunfalista postelectoral en el que todos ganan, pase lo que pase, los datos prácticamente definitivos del Ministerio del Interior la madrugada del 26 de Mayo de 2003 eran los siguientes: Alcaldes: PP, 2.997; PSOE, 2.292. Concejales: PP, 23.621; PSOE, 23.198. 

[x][10] Un 58% de los encuestados por el CIS reconocen haber seguido la visita papal a través de los medios. CIS, Barómetro de Mayo, Estudio 2511, Mayo, 2003, en línea en http://www.cis.es/baros/mar2511.doc (01.07.03).

[xi][11] Véase CIS, op. cit., http://www.cis.es/baros/mar2511.doc (01.07.03).

 

FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO DE LATINA EN BIBLIOGRAFÍAS:

Nombre del autor, 2003; título del texto, en Revista Latina de Comunicación Social, número 56, de julio-diciembre de 2003, La Laguna (Tenerife), en la siguiente dirección telemática (URL):

http://www.ull.es/publicaciones/latina/20035632pestano.htm


Revista Latina de Comunicación Social

La Laguna (Tenerife) – julio-diciembre de 2003 - año 6º - número 56

D.L.: TF - 135 - 98 / ISSN: 1138 – 5820

http://www.ull.es/publicaciones/latina/20035632pestano.htm