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Telos / Número 16
Televisión, cultura y región [01-01-2000]
  Jesús Martín Barbero
 
ISSN :1575-9393
Comencemos entonces por ubicar la "cues­tión regional", por qué la región se ha vuelto tema y referente obligado en los últimos años tanto en el ámbito de los movimientos sociales como de los trabajadores culturales, de los polí­ticos y de los investigadores. Desde la gente que lucha en la base, ya sea en los paros cívi­cos y los movimientos barriales, hasta los que se ocupan de pensar la dinámica cultural de nuestras sociedades, la búsqueda y defensa de la autonomía regional se halla de una manera u otra vinculada a la crisis de lo nacional. Crisis no sólo de una identidad simbólica, sino de la nación como sujeto capaz de hacer real aquella unidad que articularía las demandas y repre­sentaría los intereses de las diferentes partes que cobija su idea. Crisis a la vez operante y aplazada en América Latina desde el tiempo en que las naciones se hicieron "a costa" de las re­giones, esto es, no haciendo converger las dife­rencias, sino subordinándolas, poniéndolas al servicio de un Estado que más que integrar supo centralizar.

¿Qué ha llegado a ser lo nacional en cuanto estructura de representación y participación en las decisiones? Ahí apunta sin duda la dimen­sión política de que se carga hoy la cuestión re­gional: ya no podemos pensar la diferencia sin pensar la desigualdad. De manera que hablar de identidad cultural implica hablar no sólo de acentos y costumbres, de músicas y artes, sino también de marginación social, de expoliación económica y de exclusión en las decisiones po­líticas. Que una región está hecha tanto de ex­presiones culturales como de situaciones socia­les a través de las cuales se hace visible el "de­sarrollo desigual" de que está hecho el país. La región resultará además expresión de una parti­cular desigualdad: aquella que afecta a las et­nias y culturas que, como los negros y los indí­genas, y otros también, son objeto de peculia­res procesos de des‑conocimiento y desvalori­zación. Nos referimos a identidades culturales no reconocidas pero utilizadas ideológicamente para descargar sobre ellas el resentimiento na­cional, para echarles la culpa del atraso y ejercer sobre ellas un racismo que la retórica popu­lista no alcanza nunca a disfrazar del todo.
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