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Kikirikí / Número 24
TEATRALIZANDO [27-07-2006]
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  Domenico Canciani
 
El negro en nues­tra cultura es el color del luto, de la muerte. El gris viene a significar la uni­formidad, está para indi­car cualquier cosa morte­cina, monótona.

El opuesto reclama el conflicto, la inconcilia­bilidad.

Era como partir de bajo cero, tener un handi­cap para superar todavía antes de comenzar.

Quizás por esto los niños abandonan con rapi­dez el juego de sombras: terminados los descubri­mientos que sobre ellas se producen, los posibles lu­gares de procedencia de luces y sombras; mueven también los juegos hacia investigaciones relacionadas, como el sobreponer recíprocamente la sombra, el reproducir, con la sombra de las simples manos, animales más o menos deformes. Queda una sustancial indife­rencia para nuestra fiel compañía.

Proponer usar la sombra como medio de expresión y de comunica­ción no era pues fácil, tampoco lo es para los adultos. Para enseñar, se en­frentan a los ejercicios con la esperan­za de aprender cualquier cosa útil.

Pero Florian Soll y Gerd Haeh­nel (del movimiento Freinet alemán) se presentan en San Lorenzo de Vene­cia. En la Semana Santa de 1985, nos habían devuelto una antigua atracción que habíamos perdido.

Proponiéndonos una pizarra lu­minosa como medio técnico junto al proyector de diapositivas, nos resti­tuían sombras magníficamente colo­readas de rojos y amarillos intensos, negros más negros que el negro, suti­les matices de grises, arco iris produ­cido al traspasar una sola pompa de jabón por un haz luminoso

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