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Estás aquí:  Inicio >>  Sociedad >>  Un día de fiesta y tristeza por Reinaldo Edmundo Marchant desde Chile
 
Un día de fiesta y tristeza por Reinaldo Edmundo Marchant desde Chile
 

El escritor chileno Reinaldo Marchant escribe acerca de la muerte del General Pinochet ocurrida en Chile el 10 de diciembre de 2006

(Santiago de Chile-10 de diciembre de 2006) Reinaldo Edmundo Marchant

Acaba de morir uno de los mayores asesinos y traidores de la humanidad, Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. Al recibir la noticia, miles de imágenes se entrecruzan en la memoria: cárcel, exilio precoz, tortura, lucha, desaparecidos y muerte. Llegan a la memoria los nombres de muchos que no están. Ya no deberá ocultarse la derecha dura y aquellos "heroicos" militantes de izquierda que, en el gobierno del Presidente Salvador Allende, llamaban a tomar las armas y hoy son unos advenedizos millonarios, que reniegan el dudoso pasado de sus vidas. ¡Cuánta gente murió siguiendo sus consignas! Hoy deben estar tristes, como la poderosa y conservadora derecha. Posiblemente influyan para un sepelio de Estado.

La felicidad que genera la muerte del general traidor y déspota sólo es comparable a la muerte que generó su homólogo de Nicaragua, Anastasio Somoza. Sin embargo, también embarga una profunda tristeza: el mayor criminal del continente se llevó a la tumba una valiosa información sobre detenidos desaparecidos, sobre asesinos que están en libertad y un cúmulo de cuentas pendientes con procesos penales.

Para aquellos que teníamos 16 años para el Golpe del 73, y que nos quitó una vida normal, no hay ni habrá una alegría verdadera con el deceso de Pinochet: las marcas quedarán para siempre en el cuerpo. La derecha es la más feliz con su muerte, aunque se vistan de negro. Costaba demasiado cargar las atrocidades que realizó, con la misma frialdad de un Hitler.

Sólo en un país como Chile pudo nacer una asesino como Augusto Pinochet. Un país donde existe la derecha más terrible y lapidaria del continente. Un penoso orgullo nacional.

 

Uno puede mantener la esperanza de que personas como estas jamás puedan repetirse. Error. Desde este minuto se multiplicarán calles, avenidas, parques, etc, que llevarán su nombre. El lúgubre legado del dictador continuaremos viéndolo hasta que nosotros mismos alguna vez dejemos calladamente este extraño país. Dicho en otras palabras, el general que robó y asesinó nunca abandonará la patria. Su nombre ya está impregnado, a la manera de hongo, en los más ínfimos rincones de la nación.

 

Tenemos una deuda pendiente con nuestros hijos: no haberlo tumbado como se lo merecía Pinochet. Murió a lo rico, rodeado de médicos y en un hospital militar. Infarto al miocardio. Una enfermedad casi maricona. ¡Así no fallecen los héroes!

Quienes verdaderamente lucharon, perdieron la vida en cárceles, pozos, parrillas, mares, volcanes, ríos, con golpes y a balazos. A ellos debemos evocar por siempre.

Mientras se debate cómo serán sus funerales, uno se pregunta:¿cómo hubiera sido nuestras vidas sin aquellos infinitos y siniestros 17 años de dictadura?

Hoy ha muerto un cobarde, por sobre todo.

Un cobarde que eludió la justicia, que no enfrentó a las familias de detenidos desaparecidos, que mandó a degollar a compatriotas y se mofó del dolor de las víctimas.

Durante la tiranía de este "valiente soldado", cayeron niños, centenares de mujeres dieron a luz en cautiverio, se experimentó una práctica de tortura nazi, sistema abominable jamás visto en Sudamérica.

Hoy es momento para recordar a los caídos, a los que lucharon en los años más negros de la dictadura. Particularmente, en este día no puede faltar el mensaje, la moral y valentía del Presidente Salvador Allende. ¡Él sí murió como héroe! ¿Dónde están los parques, los hospitales, las ciudades que llevan su nombre?

Hoy, en este día 10 de diciembre del año 2006, correspondería que el supremo gobierno exprese sus condolencias a los miles de fusilados y asesinados por el sombrío general Augusto Pinochet.

El principal criminal de sus familias ha muerto, y no puede continuar existiendo el perdón y el olvido.

(c) Reinaldo Edmundo Marchant

Escritor

 

 

 

 

 
 
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